Viendo esta película, recordaba el epíteto despreciativo que algunos usan contra los puneños y, en general, contra pobladores andinos, sobre todo cuando protestan: resentidos. Sin embargo, el resentimiento (real o figurado) es uno de los grandes motores del cambio social, lo sabemos desde los antiguos relatos mitológicos.
Por ello, no es bueno alimentarlo ni avivarlo porque esos cambios pueden involucrar motivos equivocados y resultados contraproducentes o indeseados. Además, es contagioso, es decir, que quienes discriminan con esta expresión muchas veces también están resentidos, por sus propios motivos.
Lo que mantiene el resentimiento, a veces generación tras generación, es la impunidad. Por ello, es fundamental el logro de la justicia en el momento, así como reconocer a las víctimas, reparar a las familias y afectados, y encontrar nuevas formas para mitigarlo y reducirlo al mínimo; ya que en ocasiones es la antesala del odio.
El resentimiento no es lo mejor, pero es lo que hay cuando al crimen se suma la impunidad, o cuando las acciones de justicia o reparación son insuficientes o tardías; en cuyo caso, siempre habrá un costo social adicional por no actuar a tiempo. La actitud deseable es el perdón, pero antes debe haber justicia y reparación; lo que es indispensable, aunque sea muy difícil de entender o aceptar ara algunos.

Testimonios de una tragedia
Uyariy (Escuchar, 2025), documental de Javier Corcuera, no trata propiamente del resentimiento, aunque está implícito a lo largo de todo el filme y, sobre todo, está presente en la realidad que se muestra. La obra se centra en los testimonios de los familiares de los 18 muertos por la represión a la protesta ocurrida en Juliaca el 9 de enero de 2023, así como los de algunos de las decenas de heridos.
Corcuera estuvo a las dos semanas de sucedida la masacre por lo que logró recoger las reacciones casi iniciales frente a lo ocurrido. Los entrevistados exhiben una mezcla de dolor, asombro, impotencia y hasta un cierto trasfondo (aún) de incredulidad por la pérdida de sus seres queridos; algunos –como el médico asesinado mientras atendía a un manifestante– son recordados por su sacrificado compromiso con la salud y vida de los ciudadanos baleados.
Otros, como los sobrevivientes y heridos (incluido un niño), aún están sobrecogidos por la tensión y el miedo resultado de la violencia que se observa en las imágenes de la represión, tanto en tierra como desde el aire. A ello se suman las marchas y protestas en Lima, donde también se percibe el clima de zozobra causado por el lanzamiento de bombas lacrimógenas contra los puneños llegados a la capital y testimonios de los brigadistas de salud sobre una persona muerta en aquella ocasión.
La gran mayoría de testimonios se refieren a los sentimientos que los embargan durante el duelo y el recuerdo de las circunstancias en que fallecieron sus familiares. Igualmente, los de los brigadistas en salud y otros colectivos que estuvieron durante la protesta, tanto en Juliaca como en Lima; rememorando el sufrimiento de las víctimas y el propio.

El director Corcuera destaca en la gran mayoría de casos lo puramente humano. Mientras que las reacciones sobre la masacre en sí enfatizan el reclamo de los juliaqueños y de otras localidades cercanas por ser escuchados (de ahí el nombre de la película). El componente político se limita a algunas pocas declaraciones en favor de la convocatoria a una asamblea constituyente y críticas hacia la presidenta de entonces, lo no se desarrolla.
Un ciclo de represión recurrente
Sin embargo, el (para mí) gran “hallazgo” de esta película es haber ubicado esta masacre en una línea de tiempo que se remonta al menos hasta un siglo atrás, ya que se recuerda también cómo esa represión indiscriminada ocurrió en el pasado en la zona. Una en 1965, ante un paro de 11 días por agua y otros servicios básicos, con un saldo de cinco muertos y otra en 1923, la rebelión campesina de Huancho Lima, contra el gamonalismo, por tierra y educación, la que acabó en una matanza, durante el gobierno autoritario de Leguía.
Resalta especialmente esta última, ya que tuvo como antecedente la organización de escuelas para alfabetizar a las mujeres de la comunidades indígenas, dirigida por Rita Poma, en Aña Aña-Huancho; a lo que se oponían firmemente los gamonales. Luego siguió el intento indígena de recuperación de tierras y creación de una capital indígena, lo que condujo a una sangrienta represión con destrucción de las viviendas y escuelas, así como el asesinato de Poma y muchos dirigentes y campesinos.
Es aquí donde despunta el tema del resentimiento ya que los familiares asocian esas (y otras) luchas populares con la cruenta represión de 2023. Para colmo, se estaba cumpliendo el centenario de Huancho Lima y el documental presenta el testimonio de una sobreviviente. Son testimonios que demuestran cómo la memoria de esa violencia (y de varias otras) sigue viva a pesar de haber transcurrido un siglo o más.
Esto es relevante porque los crímenes y la impunidad nunca caerán en el olvido. Los esfuerzos por silenciar mediante la censura y/o las amnistías a las personas responsables al final resultan inútiles porque –como se muestra en esta obra– esos hechos están presentes en la mente de las familias y poblaciones afectadas. Y allí permanecerán a través de los años, siendo transmitidos y asumidos incluso por sus descendientes que nunca los vivieron. Así se mantiene e incrementa el resentimiento, de allí la importancia de atender los procesos de memoria, con justicia y reparación.

La música como testimonio espiritual
Pero Uyariy tiene al menos dos capas más de sentido que sostienen este enfoque. El primero es la música, lo que no sorprende ya que Corcuera realizó Sigo siendo, un extraordinario documental sobre el arte musical peruano. Por lo que no podía pasar por alto que la música estaba presente en las calles y durante las protestas de los deudos. De allí que varios testimonios estén hilvanados con canciones locales y tradicionales, seleccionadas y producidas bajo la supervisión de Edith Ramos, con el apoyo de Pedro Rodríguez.
Más importante aún es el hecho de que los propios familiares expresan sus sentimientos y, algunos, presentan su testimonio en forma de canto. De esta manera, se evidencia el íntimo nexo del la música con la realidad social que le da origen (varias canciones de autoría colectiva o anónima, y algunas compuestas para las circunstancias narradas) y contextualiza. Asimismo, el arte refuerza la permanencia del duelo y el reclamo de justicia, más allá del recuerdo de los deudos, y lo disemina no solo a nivel local sino también –en gran medida por este mismo documental– a nivel general.
En consecuencia, la música aquí no es un puro elemento de “color local” sino un importante soporte emocional y artístico. Si ya era revelador para muchos (me incluyo) fuera de Puno el episodio histórico de Huancho Lima, las canciones son también todo un descubrimiento (de nuevo, mi caso); algunas de ellas, como la que precede a la escena final de los deudos despidiendo la barca con las velas y fotos de sus familiares en el lago Titicaca, son de una belleza muy conmovedora.
Mientras que ese mismo ritual de partida constituye también un soporte narrativo visual, pues utiliza imágenes del viaje de la barca y el barquero como transiciones entre secuencias. Son planos con una trabajada fotografía que funcionan como respiros de la tensión acumulada por los testimonios, hasta que en el tramo final entendemos su sentido. Sugiere la tradición de las velaciones en el lago como un símbolo del “viaje” del alma de los fallecidos por las aguas sagradas.
Este componente religioso empalma –ya en un ámbito puramente narrativo– con el testimonio de Luis Zambrano, el párroco de Juliaca, el cual se va intercalando entre los bloques de secuencias “guiando” la narración de los hechos, así como el contexto histórico arriba referido. De esta forma, Zambrano actúa también como un testigo-participante de lo sucedido y un vocero del reclamo de los juliaqueños por hacerse escuchar. Importante que la Iglesia acompañe el dolor de los afectados y se involucre en su demanda histórica por justicia.

Omisiones relevantes
Ahora bien, al igual que en el caso de la película Chavín de Huántar, Uyariy también presenta omisiones varias sobre el contexto político. Así, mientras que en la cinta de Diego de León no aparecen Fujimori, ni Montesinos, en la de Corcuera tampoco conocemos la versión de la ex presidenta Dina Boluarte (mencionada o, más bien, abucheada, aunque muy acotadamente), mientras que la figura del ex presidente Pedro Castillo no aparece en ningún momento.
Aunque la idea principal del documental es el reclamo de los juliaqueños por ser escuchados, no se mencionan los intentos o iniciativas del gobierno de entonces por dialogar. Intentos fallidos, en parte, por las 49 muertes absolutamente innecesarias e impunes a nivel nacional (en política hay límites que no deben traspasarse y de los que ya no se regresa por la pérdida total de legitimidad) y, por otra parte, tampoco se explica la propia organización de las protestas: sin líderes, ni voceros formales, ni instancias de dirección reconocibles (¡no había con quien “dialogar”!), lo que expresa tanto su fuerza y amplitud en el corto plazo como su debilidad estratégica.
A ello se suma, como lo mencioné antes, los reclamos políticos por una asamblea constituyente, lo que se enuncia en dos o tres ocasiones, evidenciando la presencia de partidos políticos en la manifestación. No hablemos ya del racismo en Lima y el acoso a los familiares y sus organizaciones por parte del Estado, que dura hasta el presente; entre otros temas. Todos elementos muy significativos para entender las protestas y la lucha por justicia.
Estas omisiones se explican por el objetivo del documental. El propio Corcuera lo advierte: “en toda obra documental tú ruedas una cantidad de material que luego no está en la película. No sé cuántas horas tendría yo de testimonio, pero hay que construir un relato: un relato de hora y media. Entonces la construcción de ese relato condiciona lo que eliges. Hubo mucho material importante que se quedó fuera, pero así es el cine: hay como una vida interna en las películas que te dice lo que encaja y lo que no”.

Esto se aplica tanto a Uyariy como a cualquier otra película, sea documental o no; como también en el caso de Chavín de Huántar. La obra que comentamos se ciñe a los testimonios y el duelo por los fallecidos por una represión indiscriminada y desproporcionada, centrada en lo humano, antes que en lo político o lo jurídico. Mientras que la cinta de De León se ciñe al aspecto puramente militar del rescate de los rehenes del MRTA en la casa del embajador japonés en Lima y rinde un homenaje a los comandos que lo ejecutaron; omitiendo igualmente consideraciones políticas o legales.
En ambos filmes, como dice Corcuera, “hubo mucho material importante que se quedó fuera” porque son decisiones guiadas por esa “vida interna en las películas que te dice lo que encaja y lo que no” (en realidad, pueden haber también otros motivos, en los que no me voy a detener). Y, como consecuencia, las dos cintas buscan permanencia y proyección en el tiempo, enfocándose en lo humano (Uyariy) y en la importancia de lo militar (Chavín de Huántar), y dejando de lado factores políticos coyunturales que algunos cuestionan (posiblemente, parte del “mucho material importante” que “no encaja”, mencionado por Corcuera).
En ese sentido, el documental que comentamos es una película muy lograda. No obstante, presenta algunas debilidades menores, como el desbalance visual y testimonial entre los episodios de Huancho Lima en 1923 y el de 1965, o un cierto desorden entre los propios testimonios, ya que no sigue una secuencia cronológica, pero sin que quede muy claro su criterio de ordenamiento.
Aun así, cabe reconocer que –desde el punto de vista de sus objetivos– Uyariy está un escalón por encima de Chavín de Huántar ya que proyecta el hecho como un símbolo del profundo quiebre social e institucional (justicia) del país a partir de un género estrictamente testimonial (el documental), caracterizado por su autenticidad. A diferencia de la película de De León, que reivindica legítimamente la unidad nacional contra el terrorismo de entonces, encarnada en los comandos de las Fuerzas Armadas, pero mediante el recurso de un género comercial, convencional y más ficcionado, aunque eficaz en sus propios términos.
El uso (i)legítimo de las armas

Ciertamente, esto no ha impedido que ambas cintas sean utilizadas políticamente. En el debate en redes muchos las han contrapuesto. Sin embargo, en lo personal, las encuentro aleccionadores (y, en cierto sentido, complementarias), ya que una muestra el uso legítimo y eficaz de las armas (Chavín de Huántar) mientras que Uyariy exhibe justamente lo contrario, o sea, el uso totalmente equivocado de las armas para controlar o reprimir protestas sociales.
En esa línea, otro gran punto fuerte de la cinta que comentamos es que nunca, pero nunca deben utilizarse las Fuerzas Armadas para controlar el orden interno, como se hizo en Puno y Ayacucho. Porque los militares han sido formados para la guerra, o sea, para matar o morir, usando sus armas con este fin y –en el contexto de una protesta social o política– matando (junto con la policía) personas inocentes, personal médico y hasta menores de edad; como ocurrió en Juliaca, de acuerdo con la evidencia (videos y testimonios varios) mostrada en el filme.
No se pueden utilizar armas de fuego para liquidar a personas provistas de piedras, hondas o ladrillos. Ni tampoco, por parte de la policía, disparar perdigones a la cara o bombas lacrimógenas al cuerpo, asesinando en algunos casos a gente inocente. Eso no solo es cobardía y barbarie, sino un comportamiento no profesional ya que produce muertes innecesarias, ajusticiamientos extrajudiciales y –como en este caso– manteniendo y profundizando un resentimiento social y étnico que se incrementa cíclicamente por la repetición de estos actos de violencia extrema por parte de agentes estatales.
La evidencia de que estas muertes fueron innecesarias ocurrió posteriormente, durante las manifestación de los pobladores de Puno y otras regiones del país en Lima. En la capital, el orden interno fue controlado casi exclusivamente por la policía y sin necesidad alguna de producir masacres. Aun así, ocurrieron algunas muertes y numerosos heridos causados por la violencia policial desproporcionada.
Mientras que llama la atención que la represión masiva y demostradamente innecesaria se produzca en ciudades del interior del país y no tanto en Lima, sugiriendo un patrón de racismo y exclusión de la población andina por parte del Estado, en el marco de su monopolio de la violencia.
Si bien muchas imágenes de esa violencia en Juliaca se difundieron ampliamente en su momento, Uyariy aporta testimonios vívidos y dolorosos, que van más allá de lo político para internarse en el ámbito de lo humano-universal, del arte musical y de la cultura aimara. Asimismo, es una obra de descubrimiento (para muchos) de hechos históricos similares que simbolizan el profundo quiebre social en el país. Además del testimonio de vida de personajes como Luis Zambrano, que ofrecen una mirada más lúcida de la religión, conectada sutilmente con la espiritualidad andina local.
En suma, una película que debe verse y divulgarse lo más ampliamente posible.

![[Disney Plus] “Ella McCay” (2025), de James L. Brooks: desordenada a más no poder](https://cdn.cinencuentro.com/wp-content/uploads/2026/02/Ella-McCay-1-950x533.jpeg)

Deja una respuesta