¿Hoy en día una película tiene que ser impredecible para ser buena? Es una pregunta que cada cierto tiempo me surge, sobre todo cuando pienso en el cine de género, un terreno donde muchas veces se dice que ya todo está dicho. No es extraño que, cada vez que se estrena una película de acción, de terror o incluso una comedia, aparezca la crítica de que es muy cliché o de que ya se sabe exactamente lo que va a pasar. No voy a negar que yo mismo, en más de una ocasión, también he caído en ese tipo de observaciones, porque es evidente que puede suceder: hay casos en los que el director de un largometraje realmente no trae nada nuevo a la mesa.
El problema aparece cuando, además de no aportar algo distinto, la película carece de un toque personal que la distinga, aunque sea mínimamente, frente a otras propuestas acusadas de hacer lo mismo. Ejemplos sobran. Ahí están casos muy conocidos como las películas de Avatar o la saga de Misión imposible, a las que muchos invalidan únicamente por moverse en territorios ya explorados de géneros como la acción o la ciencia ficción. Sin embargo, creo que el cine, y sobre todo el buen cine hecho por autores que tienen claro lo que quieren filmar, todavía puede encontrar algo que decir incluso dentro de esos lugares comunes.

Justamente uno de los directores a los que se les podría hacer esa acusación, y a quien de hecho se le ha hecho con la película que ahora comento, es Sam Raimi. A mi parecer, se trata de una voz autoral reconocible y muy interesante. Es normal que se le tenga una estima particular por sus trabajos más celebrados y memorables, como la trilogía de Evil Dead o la trilogía de Spider-Man. Pero así como ha tenido grandes triunfos, también ha atravesado tropiezos y obras menos logradas, como Oz, el poderoso (Oz the Great and Powerful, 2013), que para mí, al menos de lo que he visto, es su peor película. También es evidente que, cuando no tiene total libertad creativa y debe ceñirse a parámetros comerciales estrictos, se produce un choque entre su propuesta personal y las imposiciones externas, como ocurrió con Doctor Strange en el multiverso de la locura (Doctor Strange in the Multiverse of Madness, 2022), que, aun estando lejos de sus mejores trabajos, sigue siendo de lo más interesante que Marvel ha ofrecido en tiempos recientes.
Dentro de ese recorrido, Raimi regresa ahora al terreno del terror, algo que no hacía desde Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, 2009), una película completamente delirante en la que se percibe con claridad su mano para asustar y divertir al mismo tiempo, sin perder de vista sus preocupaciones como director. Al revisar su filmografía, esas constantes se hacen evidentes. Sus protagonistas suelen ser personajes que, en un primer momento, parecen secundarios en su propia vida, pero que, tras un suceso extraordinario, ven su existencia alterada por completo y se ven obligados a encontrar una salida a través de pruebas desopilantes.
En ese camino se manifiesta su gusto por la fisicalidad, por los gestos y por los fluidos, donde la sangre ocupa un lugar central. Raimi muestra cuerpos que sudan, sangran y se deterioran, mientras el espectador observa si finalmente logran su cometido. Esa es una constante en su cine. Y si volvemos a Arrástrame al infierno, aparece otro punto de contacto claro con lo que plantea ahora en ¡Ayuda! (Send Help, 2026), porque en ambos casos tenemos protagonistas femeninas que deben atravesar una serie de pruebas en las que su propia humanidad está en juego, llevándose al límite para poder salir adelante.

En ¡Ayuda!, esto se articula a través de Linda (Rachel McAdams), una mujer que trabaja en una empresa donde, pese al esfuerzo que pone, siempre es vista como menos. La situación se agrava cuando Bradley (Dylan O’Brien), el hijo del jefe, toma el control y decide emprender un viaje con ella, viaje que termina en un accidente del cual ambos son los únicos sobrevivientes. A partir de ese momento, quedan varados en una isla desierta y deben encontrar la forma de sobrevivir. Antes de que esto ocurra, Raimi va dejando pistas claras sobre lo que veremos más adelante: Linda muestra un interés marcado por la supervivencia a través de realities donde personas enfrentan la naturaleza para salir vencedoras, y también se la presenta como alguien atrapada en un mundo al que no pertenece, pero en el que se vio obligada a quedarse para subsistir.
Esa sensación se refuerza incluso en su apariencia física, mostrada de forma más descuidada, con especial atención a su rostro y a la manera en que los demás reaccionan frente a ella. Desde ese primer momento queda claro que Linda ya se encontraba en un terreno hostil, incluso antes de llegar a la isla y enfrentarse a los peligros que la rodearán. Una vez aislados, recién ahí comienza a verse con mayor claridad cómo intenta hacer frente a la adversidad.
Ese vínculo permite observar un intercambio jerárquico interesante entre la dinámica de la oficina y la que se desarrolla luego en la isla. No sorprende que muchos hayan señalado similitudes con El triángulo de la tristeza (Triangle of Sadness, 2022) de Ruben Östlund, cuya segunda parte también transcurre en una isla tras un accidente que reúne a pasajeros acomodados y empleados. Sin embargo, mientras Östlund utiliza ese recurso para reiterar una misma idea de forma cansina y ruidosa, Raimi opta por una aproximación más sutil, soltando poco a poco detalles sobre la vida de Linda y Bradley que permiten conocerlos mejor. Gracias a ello, el enfrentamiento que uno podría esperar desde su primer cruce se vuelve más satisfactorio, marcado por los altibajos que atraviesan con el paso del tiempo.

Más que ver cómo alguien subordinado intenta imponerse sobre su jefe, lo que presenciamos es una verdadera batalla por demostrar quién merece ocupar el lugar más alto en la cadena de mando. Ese conflicto se refuerza a través del contraste entre los dos grandes espacios de la película: la oficina y la isla, concebidos como opuestos. Mientras Linda, que en la oficina era mostrada de manera más grotesca, encuentra en la isla una versión más auténtica de sí misma, libre de ese mundo opresivo, Bradley vive el proceso inverso. Al verse despojado de las herramientas que le permitían ejercer su autoridad, queda indefenso, reducido a un lugar bajo en la cadena alimenticia, temeroso y recurriendo constantemente al juego sucio para salirse con la suya.
Este planteamiento remite también a otro de los grandes trabajos de Raimi, como Spider-Man. Así como Peter Parker debe comprender la responsabilidad que conlleva su poder, personajes como Norman Osborn, al convertirse en el Duende Verde, evidencian que poseer habilidades sin la voluntad adecuada conduce inevitablemente a la caída. Algo similar ocurre aquí: Linda cuenta con las capacidades necesarias para sobrevivir, mientras que Bradley intenta adaptarse a ese entorno. Sin embargo, su propia maldad termina por volverlo incapaz de desenvolverse con eficacia.
Ahí es donde la película encuentra buena parte de su fuerza. A lo ya expuesto se suman otros elementos característicos del director: su gusto por los excesos dentro del terror, los juegos de cámara y el uso del punto de vista. Aunque estos recursos no aparecen con la frecuencia que uno podría desear, cuando lo hacen están aplicados con precisión y demuestran un control muy claro sobre cuándo y cómo utilizarlos.

No obstante, tampoco se trata de una obra perfecta. Existe un interés evidente por confrontar visiones del mundo y distintas formas de enfrentar la adversidad, pero llega un momento en que la situación se estira más de lo debido y coquetea con la redundancia. Ese problema resulta más significativo que la simple acusación de previsibilidad. La repetición afecta el ritmo y facilita que el espectador comience a intuir hacia dónde se dirige el relato, algo que prefiero no detallar. En ese tramo, el concepto parece perder algo de solidez y el avance se vuelve menos firme.
Aun así, para quienes seguimos con entusiasmo la filmografía de Sam Raimi, el balance final es positivo en ¡Ayuda! Puede que no lo veamos aquí en su mejor forma, sobre todo por los problemas de ritmo ya mencionados, pero en sus momentos más inspirados la película ofrece un visionado genuinamente disfrutable, con sobresaltos efectivos y ese inconfundible gusto por lo retorcido que define su cine. Incluso cuando transita por lugares comunes, sigue siendo atractivo observar cómo se mueve dentro de ellos.



Deja una respuesta