Cuando a la pequeña I-Jing, de apenas 5 años, le dicen que la mano izquierda “viene con una maldición”, ella reacciona como probablemente reaccionaría cualquier niño: como un juego, una oportunidad para conocer el mundo. Poco tiempo después de escuchar esas palabras de su abuelo, la niña, caminando por las ruidosas calles color neón de Taipéi, se dirige a un supermercado local para llevarse productos con la mano izquierda; total, si esa es la mano del diablo, nada peor le puede suceder si la usa para robar de vez en cuando. Esta secuencia, filmada con naturalidad por Shih-Ching Tsou, más allá de resaltar los límites de la inocencia infantil, sugiere algo mucho más interesante: las distintas formas en que los mandatos culturales —un ritual, una creencia, un símbolo— se tuercen y se adaptan para beneficio personal, y, sobre todo, el peso que estos siguen teniendo en el día a día de las personas. Taipéi puede ser ahora un epicentro de la globalización y sitio clave de las cadenas globales de suministros, pero, en sus calles y en sus hogares, las personas configuran un sistema de creencias complejo, miran al pasado, a la tradición, y lo filtran en el presente.
La tesis principal de La chica zurda (Left-Handed Girl, 2025), film que Tsou estrenó en Cannes el año pasado y hoy un producto original de Netflix, es que estas formas de torcer la tradición (sobre todo aquellas relacionadas a las redes familiares y los mandatos morales) son una forma crucial de subsistencia. En el Taiwán que filma Tsou, ruidoso, caótico, incierto y abrumador, sobran las oportunidades, pero también las condenas: las deudas se acumulan, los gastos se disparan y la débil economía familiar parece estar constantemente contra las cuerdas. En este caso, aquellos mandatos tradicionales —lo que le debemos a nuestros padres y parejas, el valor de nuestro cuerpo, las maldiciones que despiertan nuestros malos comportamientos— pueden suponer el horizonte que guía y valida decisiones controversiales, actos impulsivos, disputas en torno a los recursos y su escasez. Una y otra vez, las mujeres que protagonizan el film de Tsou encuentran sentido en lo que creen, aún si nadie más está dispuesto a hacerlo.

La chica zurda es el primer crédito de Shih-Ching Tsou como directora en solitario, luego de años de fungir como la dupla creativa de Sean Baker: Tsou codirigió con Baker Takeout (2004), una película sobre una inmigrante china en EE UU, actúo en algunos de sus filmes y ha estado en la producción de otros; en este este caso, el propio Baker, en su primer proyecto después de Anora (2024), comparte el crédito de guionista con Tsou. Uno puede notar el sello creativo del dúo en numerosas secuencias de La chica zurda, desde las sensuales tomas de los barrios de clase trabajadora de Taipéi, la luz y los sonidos naturales y la estética refinada y pulcra del iPhone con el que la dirigieron, hasta la vocación por incluir referencias eróticas y de cuentos de hadas en su historia, optando por la perspectiva infantil en su punto de vista. Y, así como otras películas de Baker y Tsou, el dueto se opone a reducir a sus protagonistas a víctimas: a pesar de los evidentes conflictos que resalta su guion y la afinada mirada a las luchas de la clase trabajadora taiwanesa, La chica zurda destaca especialmente por su mirada inspiradora, sorpresivamente optimista, su sentido de espectáculo y su sentido del humor.
Como mencioné un par de párrafos atrás, el film de Tsou está especialmente preocupado por relatar los conflictos intergeneracionales entre mujeres, pero con suficiente ligereza y empatía, especial atención a su mundo cotidiano, sus sueños, excesos, manías. A la cabeza del clan familiar está Shu-Fen, una madre soltera que se ha mudado con sus dos hijas a Taipéi con la intención de abrir un puesto de fideos en una de las bulliciosas calles de la ciudad. Junto a ella están I-Jing, generalmente risueña y curiosa, e I-Ann, hija adolescente, de unos 18 ó 19 años, que decidió no seguir con la universidad por causas que la audiencia desconoce. I-Ann es de lejos el personaje más complejo del film, una adolescente rebelde y conflictiva, pero sin muchos motivos para serlo; una buena hermana, pero una hija distante; una chica astuta, pero que rechaza cualquier oportunidad de salir adelante. Aun así, I-Ann consigue un empleo como dependienta de una tienda de dulces y nueces, y pronto inicia una tórrida relación sexual con su jefe, un hombre unos veinte años mayor que ella y con esposa e hijos.

En paralelo, I-Ann se ata a una relación conflictiva y I-Jing descubre el mundo por la fuerza. En el medio está Shu-Fen, quien decide arriesgar parte de las finanzas de la familia al decidir pagar por los tratamientos médicos de su ex esposo, un hombre con una enfermedad terminal y que decidió abandonar a la familia una década atrás, lo que desata la ira de su hija. Lo fascinante del guion de Baker y Tsou, además de la sinceridad con la que representan a la familia y sus peripecias, está en la manera en que poco a poco se revelan las intenciones y motivaciones de las protagonistas, muchas veces al mismo momento en que ella se dan cuenta. El film va rotando entre estas tres historias buscando que las protagonistas puedan darle sentido a sus impulsos y contradicciones, a fin de encontrar alguna creencia, alguna explicación coherente, que sostenga la manera en que llevan su rutina.
Aún si parte de los giros del guion sugieren el melodrama, incluso la telenovela, Baker y Tsou hacen lo posible por mantener la historia centrada en el muy duro presente y ahora, un Taiwán proletario afectado por las deudas y un sistema desregulado al que toca darle vueltas y hacerle trucos. Esto se refleja bastante bien en el personaje de la abuela, Xue-Mei, mujer reacia, de carácter fuera, lejana a su hija y cercana a sus supersticiones, y, como luego descubre la audiencia, que está involucrada en una operación de migración ilegal con pasaportes en el mercado negro. La hija le pide ayuda a la abuela, pero ella se opone. Su presencia en la historia, aún cuando sirve como una forma de anclar la película en el muy realista y peligroso presente, también es causante de las distintas disputas de los personajes en torno a sus creencias: ¿Es la muerte de un mercader un acto fortuito o producto de una maldición? ¿Y si hay una maldición, acaso I-Jing la porta? ¿Será que el dinero para pagar el puesto de fideos solo se puede alcanzar si es que esta maldición por fin se rompe?
La historia mantiene este frágil balance entre fantasía etnográfica y melodrama realista gracias al delicado trabajo de dirección de Tsou, que usa la cámara de iPhone de formas bastante creativas, desde largas secuencias que siguen a los personajes en su viajes en moto o sus caminatas nocturnas hasta escenas más íntimas filmadas con luz natural. Los colores se saturan en una suerte de visión pop de bajo presupuesto, y la textura de las imágenes realza el carácter vivo de la ciudad que amenaza con engullirse a la familia, un Taipéi sensual y riesgoso, hiperactivo y descolocado, siempre prendido, siempre vivo. Tsou le dedica suficiente tiempo a cada historia y filma cada uno con su propio ritmo. Aunque algunas decisiones de estilo no cuajen tan bien como las otras (hay un uso desmedido de música en las escenas de I-Jing, dotándolas de un excesivo infantilismo), es claro que su mirada tras la cámara es muy original y apasionada, y es la necesaria para contar esta historia.

De igual forma, y siguiendo a los personajes que suelen protagonizar las otras películas de Tsou y Baker, La chica zurda ofrece una mirada bastante astuta y empática del trabajo sexual y el potencial carácter erótico del trabajo, fijándose con detalle en las distintas formas en que I-Ann se erotiza y es erotizada por otros en su propio viaje. De hecho, I-Ann acepta un trabajo como una “belleza de la nuez betel”, un fenómeno bastante interesante en las calles de Taiwán: el consumo de una nuez con ciertos efectos estimulantes (y asociada al riesgo de cáncer) que se da en pequeñas tiendas con escaparates abiertos en las calles taiwanesas, y que es promovido por mujeres jóvenes que usan atuendos provocativos y adoptan una compleja performance sensual determinada por distintas posturas y gestos.
Muchas de las críticas del film se centran en su tercer acto y en una larga escena en un restaurante, seguramente sacado de una telenovela local. No creo que esto sea malo, dado que, por el contrario, demuestra una de las principales virtudes del cine de Tsou y de Baker: apropiarse de dispositivos y arquetipos de la cultura pop (el cuento de hadas, la cultura Disney, los especiales navideños, la telenovela, la comedia de enredos) y darles la vuelta de tuerca para contar historias con conciencia de clase. Esta vez, con Tsou y su talentosa mirada tras la cámara, estos dispositivos se vinculan con otras prácticas, narraciones y rituales culturales, formando un conjunto más o menos coherente de valores y creencias compartidas, que las mujeres adoptan como suyos y que Tsou filma con respeto, genuina curiosidad y mucha gracia.



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