En el famoso libro de Mark Fisher, Realismo capitalista (2009), el punto de partida del primer capítulo es la revisión de una escena de Children of Men (2006). Fisher nota como un acierto de la película de Cuarón el mostrar que la normalización de la destrucción capitalista impide que crezca cualquier voluntad de cambio en el sistema: existe “la idea muy difundida de que el capitalismo no solo es el único sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa” (p.13). Esto resuena con No Other Choice (La única opción, en Latinoamérica), nueva película de Park Chan-Wook. Man-su (un fantástico Lee Byun-hun) ha sido despedido de la empresa papelera en la que trabajó por 25 años y no sabe cómo lidiar con la búsqueda de un nuevo empleo. Lo comentado por Fisher es el suelo sobre el que Man-su construye su plan de eliminación —literal— de los otros postulantes al puesto de trabajo que él desea, en pos de una promesa de felicidad que en realidad es un engaño que Park sabe narrar cinematográficamente con maestría.
Al principio, todo es luz. En casa, Man-su conversa con su familia sobre las costosas anguilas que Solar Paper, su empresa empleadora, le ha enviado como regalo sin motivo aparente, pues no están en días festivos. “Debes de gustarles mucho”, asumen, mientras bromean sobre el vigor que la anguila proporciona a los hombres que la consumen. El protagonista se toma un momento para rodear a los tres miembros de su familia en un abrazo y decir en voz alta: “¿Sabes qué siento ahora? Que lo tengo todo”. En plena golden hour, la cámara se aleja y aparece un elemento imponente. Man-su no es el más alto del grupo familiar: ese lugar le corresponde a la casa. Ella es un personaje crucial, un ente de inmenso poder simbólico sobre la mente de Man-su. Esta es la casa en la que creció y que volvió a comprar y acondicionar a su gusto. Aquí es que pudo establecer la familia que él ama, que además encaja perfectamente en el sueño tradicional de adulto establecido. En ella, se hizo posible la promesa de una vida en la que dan ganas de vivir. La hora dorada es un espacio temporal liminal preciso para este momento narrativo: en un instante aislado de la realidad, Man-su cree haber llegado al punto culminante (de apogeo, y no de final) de su vida profesional y personal —con la segunda en situación de dependencia de la primera—. Él abraza a la familia, y la casa lo abraza a él, o tal vez, descubrimos después, lo domina. En el capitalismo, las implicancias del culmen son diferentes para cada individuo según los privilegios en los cuales se apoye.

Cuando Sara Ahmed en La promesa de la felicidad (2010) escribe sobre lo mucho que se investiga la tristeza pero lo poco que se hace lo mismo con la felicidad, la autora recuerda al psicoanalista Jonathan Lear describiendo a la felicidad como aquello que hace que la vida resulte deseable. A su vez, Sara agrega que “la promesa de la felicidad es la promesa de que los lineamientos que seguimos habrán de llevarnos hasta allí” (p.78): los lineamientos son los que Man-su ha seguido toda su vida, los que aparentemente lo mantuvieron 25 años trabajando y cumpliendo con la función atribuida a la masculinidad de ser proveedor del hogar. Luego de este despido, al trasladar la expresión ‘eliminar la competencia’ de lo figurativo a una realidad asesina, Man-su no entrará en un arrebato momentáneo que podría haberlo hecho abrir fuego sobre una fila de postulantes el día de las entrevistas para el empleo nuevo. Él elegirá con meticulosidad a sus víctimas, bajo cálculos aparentemente indudables que determinan quiénes son sus verdaderos únicos obstáculos para el éxito al llegar a la entrevista que le regresará el empleo que le dio la prosperidad soñada.
Park maneja hábilmente los códigos de humor y sátira con usos de grandes angulares. Man-su asiste a una terapia grupal (mayormente integrada por hombres) que, como ejercicio, le invita a repetir afirmaciones para sí mismo, tales como “perder mi trabajo no fue mi elección”. Esta es una interesante adición que se distingue de la novela original El hacha (The Ax, 1997) de Donald E. Westlake y la adaptación homónima al cine del 2005 por Costa-Gavras (dos miembros de la familia Gavras, Michèle Ray-Gavras, su viuda, y Alexandre Gavras, su hijo, son productores de No Other Choice). Incluso los espacios diseñados para el alivio están mecanizados. Man-su no verbaliza su dolor emocional y la sesión terapéutica tampoco propicia a que lo haga: son las palabras de la guía las que tiene que repetir, unas que no lo representan y no le dan lugar a soltar las suyas. El protagonista se da toques en la cabeza compulsivamente. Un dolor de muelas lo aqueja pero lo omite reiteradamente. Existe un proverbio coreano que declara que ‘es como si se me hubiera caído una muela’ cuando te liberas de algo que causaba silenciosamente un gran pesar. El padecimiento médico de Man-su es un síntoma que va en paralelo a su proceso interno tras el despido. Hacia el final de la película, el hombre se extirpará él mismo el diente afectado de manera artesanal, violenta, casi visceral, al mismo tiempo que comete el último asesinato: se liberó de ambos dolores por mano propia.

En la sucesión de asesinatos de Man-su, el estilo visual propio de Park Chan-wook se despliega en el énfasis en los contrastes del color, especialmente en los tonos azules, y un interés particular en los detalles de cada sutileza o grandeza del lenguaje corporal. Cuando la cámara es subjetiva, recoge la ansiedad del protagonista en sus agitaciones. También puede observarlo con una cámara ágil en sus movimientos, que en sus planos generales dinámicos sostiene el ritmo narrativo y muestra a cada personaje como una pieza que, si vemos desde lejos, son todos igualmente pequeños, piezas pares en un sistema que los pone en rivalidad para encontrar cuál de ellos es el que debe ser usado. Esto entra en balance con las escenas de comedia física pura y bien ejecutada. El director mencionaba en una entrevista para Letterboxd que esto nos pone en contacto con el humor más inocente, el que conocimos de niños viendo a los Looney Tunes (hace una mención especial al Correcaminos) y también dialoga con Chaplin. Los paralelismos al ver No Other Choice también nos llevan a pensar en Parasite (2019), de Bong Joon-Ho, ambas críticas con el sistema socioeconómico en sus consecuencias a nivel familiar y psicológico, usando los recursos propios de diversos géneros cinematográficos, con una fuerte presencia del humor en la primera mitad de la película, y las dos además provenientes de un país tan potente en la cinematografía como Corea del Sur.
“Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”: esta frase atribuida tanto a Slavoj Zizek como a Fredric Jameson es también el título con el que empieza el primer capítulo de Realismo capitalista de Fisher. Y esto es lo mismo que sucede en la mente de Man-su: no tener un trabajo no solo es inviable para él económicamente, sino también emocionalmente. El título del filme adquiere una dimensión amplísima. Es la justificación que Man-su interioriza para sus ataques mortales, pero también es la imposibilidad de sostener su vida familiar ideal sin un salario alto, y la autoimposición de un sentido de pertenencia directamente ligado a la actividad laboral. En El hacha de Westlake, Burke (el protagonista) se encuentra en una sesión de consejería emocional, hastiado de tener que darle palabras a lo que siente, hasta estallar diciendo que era posible pretender por años, mientras tenía el empleo, que sus compañeros eran sus amigos, pero que tras el despido, quedó expuesta la mentira al volverse competencia el uno del otro, al punto que él siente que realmente no puede contar con nadie. Su esposa, presente en la sala, le dice que ella puede apoyarlo. Burke le esboza una sonrisa para preguntarle “¿Tienes un trabajo para mí?”. Mientras observa el dolor que no deseó provocarle a su esposa con esa respuesta suya, Burke se reafirma en que solo le queda competir y en sus pensamientos aparece el título de la película de Park: “At this moment, in this condition, in this situation, we have to see it clearly, there’s no other choice” (p.182).

Cuando dijimos líneas atrás que al principio todo era luz, es porque la iluminación en la película va progresivamente haciéndose cada vez más oscura, conforme desciende el estado de espíritu de Man-su hasta cruzar un límite irreversible a la par que las estaciones cambian y se llega hacia las temporadas frías. Libre de sospechas ante la policía, recontratado por la empresa papelera, Man-su ya no tiene compañeros humanos sino máquinas automatizadas con inteligencia artificial. No se necesita ni siquiera luz para trabajar en Solar Paper, empresa que produce un soporte como el papel, que a veces parece desfasado para la actualidad tecnológica. Tampoco se necesita conexión humana, cosa que Man-su perdió cuando emprendió el camino del ataque hacia sujetos en igual condición a la suya, intentando satisfacer a los líderes de la industria. Su hija, quien no había podido tocar el violonchelo ante su familia, lo puede hacer finalmente con el regreso de los perros a casa, pero Man-su no podrá escucharlo porque la vida se consume en su espacio laboral. El sonido del cello en off se corta cuando Man-su se pone los auriculares y queda solo el sonido de la maquinaria operada con IA. Se intercalan tomas de árboles arrancados y cortados, a una velocidad que se une al dramatismo de la música pero también a la tragedia expuesta. Sin personas, los trabajos que ya se realizaban con agresividad son aún más siniestros de ver con solo máquinas. Man-su hizo todo en nombre de una casa que él no podrá habitar con calma. La novela de Westlake termina con el asesino libre de culpa, pero aún a punto de pasar la entrevista que le dé sentido a su viaje criminal. La adaptación del 2005 cierra con suspenso con un encuentro extraño entre el protagonista recién recontratado y una mujer desconocida. En 2025, Park Chan-wook dedica en los créditos esta película a Costa-Gavras, y actualiza la novela de 1997 con una poética demoledora sobre los tiempos actuales unida a una espléndida muestra de sus cualidades como cineasta de autor.



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