“Cumbres borrascosas” (2026): una adaptación inmadura


La clásica novela Cumbres borrascosas (1847), de la inglesa Emily Brontë, es una historia de racismo, clasismo, venganza y abuso doméstico. La adaptación cinematográfica de la directora británica Emerald Fennell (Una joven prometedora, Saltburn) es una historia de romance tóxico entre dos personajes bastante desesperantes, que abandona la mayoría de los temas de la novela para sentirse como un producto estéticamente estimulante, pero emocionalmente vacío. Impresionante, pues, lo que Fennell ha hecho con su más reciente filme; en vez de respetar el espíritu del libro, lo ha modificado para apelar a su adolescente interior (razón, me imagino, por la que se ha estrenado tan cerca del Día de San Valentín).

Cumbres borrascosas, el film, comienza de forma prometedora, con una escena de ahorcamiento público en un pueblo en la Inglaterra de mediados del siglo XIX, que parece querer transmitir un fuerte vínculo entre la violencia y el sexo. Es el tipo de inicio que intenta decirle al público: “lo que se viene será transgresor, cachondo e incómodo”. Pues el único adjetivo apropiado para la película es el último, aunque valgan verdades, la sección en la que vemos a una joven Cathy Earnshaw (Charlotte Mellington) desarrollar un fuerte vínculo con el joven Heathcliff (Owen Cooper, de Adolescencia), quien fue rescatado de la calle por el padre de la primera (Martin Clunes), funciona bastante bien.

Es cuando los vemos de adultos, más bien, que las cosas se van yendo gradualmente al diablo (tanto para los personajes como para el público). Consciente de que su padre se está quedando sin dinero, Cathy (ahora interpretada por Margot Robbie) decide seducir a su nuevo vecino, el adinerado Edgar (Shazad Latif), por más que todavía sienta algo por Heathcliff (ahora interpretado por Jacob Elordi), quien se ha convertido en un sirviente más de la hacienda (venida a menos) de su padre, apropiadamente llamada «Cumbres Borrascosas». 

Pero Cathy sabe que su relación con Heathcliff no puede ser, por lo que, cuando Edgar le propone matrimonio, le dice que sí —incluso luego de hablar con su sirviente y confidente, Nelly (Hong Chau), quien obviamente sabe de lo mucho que la chica ama a su amigo de la infancia. Sintiéndose traicionado, este último huye de la casa de los Earnshaw, y sintiéndose totalmente rendida, Cathy se va a vivir a la hacienda y mansión de Edgar, llevándose a Nelly y dejando a su padre prácticamente solo. Pero cinco años después y contra todo pronóstico, Heathcliff regresa, ahora con dinero y al parecer mucha más educación, lo cual complica la vida cómoda ya establecida de una sorprendida Cathy.

Comencemos con lo que ha generado más controversia, incluso desde antes de que el filme se estrene: en la novela, Heathcliff es descrito como un “gitano de ojos oscuros”, lo cual evidentemente ha hecho que la mayoría de lectores entienda que no se trata de un hombre blanco. De hecho, muchas de las adaptaciones previas del libro al cine (como la de Andrea Arnold, del 2011) presentan a un Heathcliff de piel oscura, lo cual no hace más que enfatizar los temas de discriminación y sistemas de clase de la obra original de Brontë. La película de Fennell, por supuesto, no hace nada de eso, haciendo que un aspecto sumamente importante de la historia simplemente… no esté presente.

Esto ya de por sí demuestra lo poco que la directora-guionista entendió del libro, y no se trata del único ejemplo de las decisiones de adaptación cuestionables que ha tomado. Consideren, si no, que la Isabella de Alison Oliver (quien en realidad es la MVP de la película, otorgándonos una interpretación francamente fascinante), la pupila de Edgar que luego se convierte en la esposa de Heathcliff, es presentada acá como alguien moralmente ambiguo, protagonista de una escena de cuasi-BDSM que parece querer decirle al público que el personaje disfruta de la violencia sexual realizada por su marido. En contraste, el personaje del libro es una víctima de abuso doméstico. No resulta difícil entender por qué mucha gente se ha quejado de esta interpretación de Isabella.

Pero dejando de lado los problemas de adaptación, el mayor problema de Cumbres borrascosas es que es una película tediosa. Nuevamente: comienza de forma prometedora, pero poco a poco se va convirtiendo en una experiencia cansadora, que no nos dice nada muy interesante sobre sus personajes o el contexto en el que viven. Y como Fennell, se supone, está desarrollando una historia de amor trágico, el que ambos sean caracterizados como personas francamente terribles no ayuda para nada. Para cuando llegamos al (supuestamente) emotivo final, uno no ha generado vínculo emocional alguno con los protagonistas, y reacciona con una indiferencia digna de ser estudiada a lo que está sucediendo en pantalla.

Consideren, si no, que la Cathy de Margot Robbie (quien, por supuesto, hace lo que puede con el rol y luce absolutamente espectacular) es desarrollada como una chica inmadura y engreída, que ve a Heathcliff más como una mascota fiel que como un ser humano igual a ella. O que este último sea presentado como un tipo agresivo y vengativo; como alguien a quien le cuesta comunicarse y que reacciona siempre con ira. ¿Cómo conectar con un romance que involucra a personajes de este tipo? ¿Cómo conectar con un hombre que, al enterarse de que no puede ver a su amada, decide casarse con la pupila del esposo de esta última como venganza? Los protagonistas de un romance cinematográfico pueden ser complejos e imperfectos, sí, pero no así de monstruosos.

Ahora bien, algunos argumentarán que estas caracterizaciones vienen, aunque sea parcialmente, de la novela. Y es verdad, pero eso se debe, justamente, a que la novela no estaba tratando de desarrollar un romance trágico. Al extraerle con precisión quirúrgica los temas ya mencionados a la historia, Fennell nos deja únicamente con una narrativa de supuesto amor (que por momentos se siente más de lujuria que otra cosa) que termina siendo increíblemente tóxica y desagradable. Y aunque la cinta ha sido vendida como una experiencia transgresora y cachonda, nada podría estar más alejado de la realidad. Las escenas de sexo son tediosas y repetitivas, y todos los personajes aparecen con la ropa puesta; secuencias más sensuales y explícitas se pueden encontrar en una serie adulta promedio de HBO, por lo que Cumbres borrascosas no se puede disfrutar ni siquiera como un filme de explotación descarada.

Eso sí, todo el tema estético está muy bien, por más que esté al servicio de un guion flácido y superficial. No es suficiente como para salvar la experiencia, pero por lo menos evita que se convierta en un desastre absoluto. La dirección de fotografía de Linus Sandgren es absolutamente hermosa, haciendo uso de sombras marcadas, mucha textura y escenas sorprendentemente expresivas (como cuando Heathcliff monta su caballo frente a un cielo rojo sangre) para tratar de que el público, entumecido frente a la historia y los personajes, sienta algo. Y tanto el diseño de producción de Suzie Davis como el diseño de vestuario de Jacqueline Duran son expresivos, anacrónicos y atractivos. Cumbres borrascosas nunca pretende ser ni realista ni históricamente precisa, y los artistas involucrados en la producción entienden aquel estilo perfectamente.

No puedo evitar sentirme decepcionado por esta adaptación. Por más que hayan dividido tanto al público como a la crítica, debo admitir ser un defensor de las dos producciones anteriores de Fennell, Una joven prometedora y Saltburn (especialmente la primera). Pero Cumbres Borrascosas es indefendible. Los fanáticos de la novela se encontrarán con una adaptación que no parece entender para nada el punto de la historia original, y quienes simplemente busquen una apasionada historia de amor para ver en San Valentín, se encontrarán con un filme narrativamente inerte, emocionalmente vacío y más interesado en la forma que en el fondo. Esta película desperdicia tanto a su talentoso reparto como a todo su equipo detrás de cámaras para entregarnos una experiencia que poco o nada tiene que ver con la obra original de Brontë.

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