“Marty Supremo” (2025): la ilusión del triunfo


Si algo nunca le ha faltado al cine son las historias de superación. Basta con revisar su historia para encontrar, a lo largo de distintas décadas, relatos sobre personajes que comienzan desde muy abajo y tienen un sueño que cumplir. Una vez que lo llevan a cabo, suele instalarse una suerte de mensaje, casi una lección implícita: si él pudo hacerlo, tú también puedes. Esto puede encontrarse tanto en películas de gran calidad cinematográfica, como Rocky (1976), como en otras donde el mensaje es prácticamente lo único importante y el resto de los aspectos queda en segundo plano, como En busca de la felicidad (The Pursuit of Happyness, 2006), protagonizada por Will Smith. Más allá del extremo de calidad en el que, a mi parecer, se encuentran, resulta interesante observar cómo estos relatos han ido mutando con el tiempo y cómo los discursos que transmiten se acomodan a los contextos en los que se producen.

Con el paso de los años, también hemos visto a cineastas que han torcido deliberadamente esta noción, cuestionando no solo la superación como promesa, sino el precio real que implica cumplir un sueño y los medios empleados para alcanzarlo. Ahí aparecen ejemplos notables como Caracortada (Scarface, 1983), el remake de Brian De Palma, o El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), dirigida por Martin Scorsese. Ambas películas suelen ser malinterpretadas, ya que, mientras para muchos las trayectorias de Tony Montana y Jordan Belfort funcionan como modelos aspiracionales, lo que sus autores buscan mostrar es el costado más tóxico y vicioso de esa llamada “tierra de las oportunidades” que es Estados Unidos.

Esa contradicción conduce inevitablemente a preguntarse por el origen del sueño americano. ¿Desde cuándo se instala esta promesa de que soñar en grande garantiza conseguir cualquier cosa? Un punto clave puede ubicarse en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando, tras salir victorioso, Estados Unidos comienza a construir una imagen utópica de sí mismo, sostenida en la concepción de que cualquiera puede lograr lo que se proponga. La cuestión entonces no es solo qué se promete, sino qué se oculta, invitándonos a cuestionar cuál es esa otra cara de esa gesta heroica y qué implicancias tuvo en la práctica.

Es justamente en ese espacio donde, creo yo, se sitúa Marty Supremo (Marty Supreme, 2025), el más reciente largometraje de Josh Safdie, cuyo recorrido como cineasta conviene revisar brevemente. Durante años fue conocido por trabajar junto a su hermano Benny, formando un dúo que entregó relatos cargados de adrenalina, tensión y estrés, protagonizados por personajes periféricos que viven siempre al límite. Desde sus primeros trabajos, a comienzos del siglo XXI, fueron afinando este estilo hasta alcanzar un reconocimiento mayor con Good Time: viviendo al límite (Good Time, 2017), película que marcó el primer acercamiento de muchos a su cine. Más tarde llevarían esa propuesta un paso más allá con Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019), construyendo dos filmes asfixiantes, protagonizados por actores en registros atípicos como Robert Pattinson y Adam Sandler, inmersos en un mundo callejero y caótico que no concede respiro.

Con el tiempo se anunció la separación creativa de los hermanos, un quiebre además atravesado por una polémica grave que no puede ser pasada por alto. Ya en 2025, cada uno presentó proyectos por separado: Benny con La máquina (The Smashing Machine) y Josh con Marty Supremo, protagonizada por Timothée Chalamet en un rol que, personalmente, considero el mejor de toda su carrera. Con este marco en cuenta, resulta pertinente revisar qué propone la película y qué tiene para decir sobre la forma en que desmonta el imaginario del sueño americano, así como sobre estas figuras de clase obrera que, sin advertirlo, terminan sentando las bases de muchas prácticas que hoy se han maximizado y que explican varios de los males de la sociedad contemporánea.

Desde su primera aparición, Marty se define como un personaje impetuoso, dispuesto a pasar por encima de cualquiera con tal de alcanzar su objetivo, sin importar el daño que pueda causar, por mínimo que parezca. Basta pensar en la escena inicial, en la que vemos cómo engaña a una mujer mayor haciéndole creer que el modelo de zapatos que desea no existe en su talla, convenciéndola de que solo soportando el dolor podrá lucir bien. Esa acción funciona como una declaración de principios y anticipa el tipo de decisiones que Marty tomará a lo largo del metraje. Aquí emerge una constante en el universo Safdie: por más condenables que sean los actos de sus protagonistas, resulta difícil no seguirlos y no sentir cierto grado de empatía hacia ellos.

Esa empatía se sostiene también en el sacrificio que Marty está dispuesto a asumir para cumplir su objetivo, asumido con absoluta seriedad: convertirse en el mejor jugador de tenis de mesa. Para él, competir y ganar lo es todo. Incluso el modo en que nombra el deporte, evitando llamarlo ping pong y refiriéndose siempre a este como tenis de mesa, subraya la dimensión casi obsesiva que ocupa en su vida. Además, la pelota funge como objeto central en la cinta, apareciendo recurrentemente como un elemento disperso en los distintos espacios que recorre, reforzando esa lógica. Sin embargo, su accionar, poco basado en la empatía o en la consideración del otro, hace que nada termine saliendo como lo planea.

Ese recorrido errático lo lleva a desplazarse constantemente, permitiéndonos conocer a una serie de personajes pintorescos, algunos de los cuales adquieren mayor relevancia con el avance del relato. Entre ellos están su amigo taxista Wally (Tyler The Creator), Rachel (Odessa A’zion), su amiga de la infancia, con quien queda ligado a una responsabilidad mayor tras un evento clave que ocurre al inicio del film, e incluso un mafioso llamado Ezra (interpretado por el veterano director Abel Ferrara), que busca desesperadamente a su perro. No obstante, dentro de este universo de figuras que no están ahí para hacer el bien, sino simplemente para sobrevivir, el personaje que articula con mayor claridad el sentido del film es el del multimillonario Milton Rockwell (Kevin O’Leary).

Tras la insistencia de Marty, Rockwell se fija en él y, en un primer momento, busca convertirlo en parte de su aparato promocional. El protagonista, que aspira a ser un verdadero profesional y el mejor en lo que hace, entiende que aceptar ese lugar no lo dejará bien parado. Ahí se instala un dilema central: entregarse a un poder que maneja una visión torcida del entretenimiento y que, en última instancia, es quien mueve el mundo, o seguir luchando por su sueño por cuenta propia, aun sabiendo que esos medios tampoco son los más justos. Safdie construye así un auténtico laberinto sin salida, llevando al espectador a preguntarse si Marty realmente podrá alcanzar aquello que anhela.

Nada parece alinearse a su favor, y esa constante frustración conecta directamente con la mirada del cineasta, sugiriendo que los personajes actúan como actúan porque el entorno los empuja a hacerlo. Esto no los justifica, pero sí permite comprender que muchas de sus decisiones emergen de una sociedad que no ofrece condiciones equitativas. Aquí la crítica al sueño americano se amplía. Safdie ya no se limita a retratar un microcosmos específico, sino que expande el foco para mostrar cómo figuras como Rockwell terminan dictando, queramos o no, el destino de personajes como Marty.

Incluso lo que podría parecer una salida alternativa, como la relación que Marty establece con la esposa de Rockwell, una actriz venida a menos llamada Kay Stone (Gwyneth Paltrow), funciona como una advertencia. Ella le hace ver que ese éxito idealizado no existe realmente, que ese punto máximo al que aspira no es más que una ilusión. Safdie deja claro que lo que en un inicio parece una vía de ascenso es, en realidad, una caída directa en la boca del lobo.

Es en ese punto donde el largometraje alcanza su mayor agudeza. Se nos sugiere que la proliferación de tantos “Martys”, dispuestos a ascender a cualquier costo, terminó fortaleciendo a un grupo reducido que se alimentó de estas trayectorias de héroes fabricados desde abajo. La lógica se expande además a través del personaje de Koto Endo (Koto Kawaguchi), el gran némesis de Marty, quien también es utilizado como herramienta de propaganda por el gobierno japonés. Su duelo final, cuyo resultado no adelantaré, funciona como una versión retorcida del enfrentamiento entre Rocky Balboa e Iván Drago en Rocky IV (1985). De hecho, la película se acerca más a dicha cinta que a la Rocky original, en la medida en que invierte sus premisas. Aquí el enfrentamiento deja claro que ambos personajes son, en el fondo, objetos de entretenimiento para quienes observan desde la tribuna, celebran y consumen el espectáculo sin importar el desenlace.

Esa lectura conduce a una sensación de desolación que marca el cierre del film. Lo que convierte a Marty Supremo en una película magistral es, precisamente, la ambigüedad con la que Safdie construye su relato. Algunos podrán verla como un drama deportivo que deriva en thriller; otros, como una crítica directa al patetismo de estos héroes manufacturados durante décadas. Hay un dejo de optimismo, sí, pero también la impresión de que la realidad suele ser otra.

En ese sentido, incluso podría decirse que la película consigue un golpe de contundencia que quizá le faltó a El brutalista (The Brutalist, 2024), una obra formidable cuyo epílogo no terminaba de ser del todo decisivo frente a las líneas que proponía. Lo logrado por Safdie, dejando espacio a la interpretación, resulta más firme. Por todo ello, no solo se ubica entre lo más interesante del cine reciente, sino también entre lo mejor del cine estadounidense contemporáneo.

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