Esta es una de esas ocasiones en las que la palabra decepción no resulta del todo adecuada para describir lo que siento después de ver Train Dreams. Para que exista decepción primero debe haber una expectativa, y en este caso debo admitir que no tenía demasiadas. En parte porque, por algunos fragmentos que había visto y por ciertos comentarios que había leído, ya intuía que se trataba de un tipo de cine con el que rara vez logro conectar: un cine de carácter naturalista, contemplativo, interesado en encontrar una forma particular de belleza a partir de la observación del entorno.
No es que rechace automáticamente ese registro. Siempre pienso, por ejemplo, en una película como Perfect Days (2023), que podría encajar dentro de esa sensibilidad y que, sin embargo, me parece extraordinaria. Allí se percibe con claridad la mano de un director realmente talentoso como Wim Wenders, capaz de convertir la rutina y la calma en una experiencia observacional profundamente orgánica. En ese caso, la contemplación del mundo cotidiano termina revelando algo genuino. Con la película de Clint Bentley, en cambio, no siento lo mismo. Desde el primer momento todo me resulta extremadamente impostado, como si la película intentara reproducir ese tipo de sensibilidad sin que la experiencia realmente brote de manera natural.
Esto se percibe, sobre todo, en el uso constante de la narración en off. Desde el inicio escuchamos esa voz monótona que intenta guiarnos a través de la vida del protagonista, acompañando una serie de reflexiones que se superponen a imágenes de una naturaleza imponente y de hombres trabajando en medio de ese paisaje. En teoría, la intención es que esas palabras funcionen como una especie de marco reflexivo que nos permita comprender quién es Robert Grainer (Joel Edgerton), el protagonista de esta historia, saber de dónde viene, qué lo ha llevado hasta ese punto y qué lugar ocupa su experiencia dentro del paso del tiempo. Sin embargo, el efecto termina siendo el contrario: la película parece depender demasiado de esa voz explicativa para situarnos, como si desconfiara de la capacidad de sus propias imágenes para transmitir esas ideas por sí solas.

Aun así, debo reconocer que en un primer momento intenté entrar en la propuesta. Hay elementos que sugieren la posibilidad de un discurso interesante. Por ejemplo, la manera en que se muestran grupos de hombres trabajando, avanzando como parte de un progreso que podría parecer colectivo pero que, en realidad, termina beneficiando solo a unos pocos. También aparecen símbolos bastante claros, como la presencia constante del tren avanzando sin mirar hacia atrás, o el uso de la naturaleza como fuerza transformadora. El fuego, por ejemplo, funciona como un elemento que destruye pero que también deja cenizas, residuos que eventualmente pueden convertirse en el punto de partida de algo nuevo. Esa idea parece dialogar con la propia vida del protagonista, marcada por pérdidas, cambios y la necesidad de seguir adelante.
Hay, además, una serie de reflexiones que remiten a una tradición cinematográfica muy específica, cercana al estilo de cineastas como Terrence Malick, cuya influencia resulta bastante evidente en la película. En ese sentido, el filme parece querer inscribirse dentro de esa línea de relatos existenciales que observan la vida de un hombre común mientras atraviesa distintos momentos de su existencia. El problema es que, más allá de esa intención, el potencial que se vislumbra al inicio termina diluyéndose conforme avanza la película.

Esto ocurre porque Bentley plantea todo desde una monotonía constante. Y esa monotonía, lejos de convertirse en una forma de contemplación significativa, acaba derivando en una sensación de reiteración. A medida que la narración avanza, la voz en off continúa repitiendo reflexiones similares y la película parece dar vueltas sobre las mismas ideas sin encontrar una forma de profundizarlas. Los distintos encuentros que Robert tiene a lo largo de su vida podrían haber servido para abrir nuevas perspectivas o para aportar matices a su experiencia, pero en la práctica rara vez logran hacerlo.
Incluso cuando aparecen personajes que podrían aportar algo distinto —como los interpretados por William H. Macy o Kerry Condon— la película apenas les concede espacio. A pesar de su presencia breve, ambos logran transmitir algo interesante sin necesidad de esa narración insistente. En esos momentos se vislumbran los cimientos de lo que podría haber sido un retrato más sólido de un hombre común que vivió como pudo, pero sobre todo como quiso. Allí aparece, por instantes, la promesa de un relato capaz de explorar con mayor profundidad esa vida marcada por el paso del tiempo y por las decisiones personales.
Lamentablemente, Train Dreams nunca llega a desarrollar plenamente esa posibilidad. La película se queda en la superficie de lo que plantea. Más que construir un relato con verdadera densidad dramática, parece conformarse con sugerir ideas que nunca terminan de desplegarse por completo. Lo que queda es la sensación de estar frente a una serie de visiones de algo que podría haber sido: un proyecto que ambiciona formular ciertas preguntas sobre la vida, el destino y el paso del tiempo, pero que nunca logra articularlas de manera verdaderamente convincente.

En ese sentido, la película termina quedándose en el boceto. Su apuesta se sostiene principalmente en el preciosismo visual, en la belleza de sus paisajes y en una serie de reflexiones existenciales que intentan darle peso a la experiencia. Pero cuando uno intenta ir más allá de esa superficie estética, cuesta encontrar ese terreno firme que sustente el conjunto. El resultado es una obra que parece apoyarse casi exclusivamente en su apariencia contemplativa, confiando en que esa estética sea suficiente para sostener el relato.
Por eso, aunque en cierto modo la película termina siendo lo que esperaba que fuera, no deja de quedarme un fuerte sinsabor. No porque la propuesta sea completamente fallida, sino porque daba la impresión de que podía haber sido mucho más interesante de lo que finalmente resulta. Hay destellos de algo prometedor, pero nunca llegan a desarrollarse del todo. Y al final lo que permanece es la sensación de haber visto una obra que aspiraba a ser una experiencia trascendental, pero que se queda a medio camino de lograrlo.



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