La fusión entre la música y el cine es algo que siempre me va a emocionar profundamente, ya que son dos de las manifestaciones artísticas que más me apasionan. Por eso, cuando el cine logra acoplarse a la música y nos da la posibilidad de escuchar grandes canciones en pantalla grande, la experiencia se vuelve inmediatamente especial por el impacto de las imágenes acompañadas de tan excelentes melodías. En esos momentos, la música deja de ser simplemente algo que escuchamos para convertirse también en algo que vemos, que sentimos físicamente, como si las imágenes terminaran aplastándonos con su potencia visual.
Es justamente en esa alianza entre estas dos formas de interpretar la vida donde aparecen los famosos concert films, documentales que registran presentaciones musicales y que permiten experimentar la música de una manera distinta. Ya no se trata únicamente de escuchar canciones como parte de una banda sonora. A eso se le añade el hecho de sentirlas más vivas al verlas interpretadas por artistas que admiramos. En ese terreno existen ejemplos absolutamente icónicos, como The Last Waltz (1978), de Martin Scorsese, o Stop Making Sense (1984), de Jonathan Demme. En esos casos, vemos a bandas como The Band y Talking Heads, respectivamente, entregándose por completo en el escenario, interpretando sus más grandes éxitos bajo el lente de cineastas extraordinarios que comprenden perfectamente cómo traducir la energía musical al lenguaje cinematográfico.

Sin embargo, aparece una pregunta interesante cuando el punto de partida no es un registro filmado específicamente para una película, sino material que ya existía previamente. ¿Qué ocurre cuando un director toma imágenes registradas por otros cineastas y decide reinterpretarlas bajo su propia mirada? En ese punto ya no hablamos necesariamente de un concert film tradicional, más bien de un documental construido a partir de material de archivo. Un ejemplo reciente muy claro fue The Beatles: Get Back (2021), serie documental donde Peter Jackson tomó las filmaciones realizadas por Michael Lindsay-Hogg durante los ensayos y sesiones de grabación de The Beatles en su última etapa. En lugar de limitarse al material que había dado origen a Let It Be (1970), Jackson recuperó enormes cantidades de imágenes inéditas, restaurándolas mediante un proceso tecnológico sofisticado que permitió devolverles una claridad sorprendente. El resultado fue una nueva forma de acercarse al cuarteto de Liverpool, mucho más íntima y reveladora.
Algo similar es lo que ahora propone el director australiano Baz Luhrmann, y no deja de ser una elección lógica si pensamos en su trayectoria. Luhrmann siempre ha sido un cineasta profundamente devoto del espectáculo, con películas que apuestan por imágenes exuberantes, montaje frenético y personajes excéntricos que habitan mundos donde el artificio visual se convierte en una forma de expresión. En su cine existe una fascinación constante por lo grandilocuente, por aquello que puede parecer excesivo o incluso estridente, pero que al mismo tiempo posee una identidad estética muy clara.
No sorprende, entonces, que después de haber realizado su biopic sobre Elvis Presley el año 2022, el australiano vuelva a la figura del músico en este nuevo largometraje, EPiC: Elvis Presley in Concert. Lo interesante es que no se trata simplemente de otro retrato biográfico, ni tampoco de un concert film convencional. El material que vemos no es nuevo, ya que proviene de registros realizados durante la última etapa de su vida en los años setenta. En particular, la película se construye a partir de dos piezas fundamentales de esta etapa: Elvis: That’s the Way It Is (1970) y Elvis on Tour (1972).

A partir de esas imágenes, Luhrmann construye una nueva estructura centrada en los shows que Elvis realizó en Las Vegas durante los últimos años de su carrera. Estamos hablando de más de mil presentaciones que marcaron profundamente esa etapa de su vida artística. Sin embargo, el director no se limita a mostrar únicamente los conciertos. El material musical se mezcla con una gran cantidad de registros audiovisuales vinculados a su vida cotidiana: entrevistas, imágenes tras bambalinas, ensayos con los músicos y diversas declaraciones que permiten entender el momento en el que Elvis se encontraba.
Lo fascinante es observar cómo una figura histórica encaja perfectamente dentro del universo estético de Luhrmann, que en este caso resulta completamente compatible. Al ver estas imágenes restauradas, con Elvis vestido con sus trajes brillantes y moviéndose con una energía desbordante sobre el escenario, resulta evidente por qué el director se sintió tan atraído por su figura. Ese glamour, esa teatralidad y esa forma casi exagerada de habitar el espectáculo se alinean naturalmente con el tipo de cine que Luhrmann ha desarrollado a lo largo de su carrera.
De alguna manera, este documental también permite entender mejor las decisiones que tomó en su biopic. Aquella película fue muy discutida, sobre todo por su tono caricaturesco o por la sensación de saturación que provocaba su estilo visual. Pero si algo me pareció interesante en ese filme fue precisamente el intento del director por diseccionar la espectacularidad de Elvis, por comprender más al mito que a la persona.

Ese mismo enfoque aparece aquí, aunque ahora reforzado por el hecho de que no vemos a un actor interpretándolo, sino al verdadero Elvis Presley en pantalla, prescindiendo de un Austin Butler imitando su voz o sus gestos. Lo que tenemos es al artista real, filmado en su época, hablándole directamente a su público, expresando el cariño que sentía por la audiencia y esa necesidad casi desesperada de ofrecer siempre las mejores interpretaciones posibles.
Escuchar canciones como “Suspicious Minds” o “Burning Love” en este contexto se vuelve una experiencia distinta. Son temas que probablemente hemos oído innumerables veces, pero al verlos interpretados por Elvis en lo que podría considerarse una de sus mejores formas escénicas, adquieren una nueva intensidad. Durante mucho tiempo se ha dicho que los shows en Las Vegas terminaron sellando su destino como un artista decadente. Sin embargo, lo que vemos aquí contradice en gran medida esa percepción, mostrando una vitalidad impresionante sobre el escenario. Se lo ve interactuando con los músicos, jugando con la audiencia, disfrutando cada momento del espectáculo, y como espectador uno termina sintiéndose parte de esa experiencia.
Mientras las canciones se presentan casi siempre completas, con algunas excepciones, la película intercala fragmentos de material de archivo que ayudan a contextualizar ese momento de su vida. Vemos a Elvis en el backstage, escuchamos sus reflexiones en entrevistas, observamos momentos con su esposa o con su círculo cercano. También aparece, por supuesto, la figura del infame Coronel Tom Parker, a quien Luhrmann no pierde la oportunidad de retratar con cierta ironía a través del montaje y el uso de la música.

Es precisamente ahí donde EPiC: Elvis Presley in Concert se revela como uno de los trabajos más interesantes de Baz Luhrmann, colocándose a la altura de algunos de sus grandes filmes, como Moulin Rouge! (2001) o Romeo + Juliet (1996). En aquellas películas ya se percibía su fascinación por el artificio y por la creación de mundos visuales que parecen existir únicamente dentro de la ficción. Aquí, en cambio, lo vemos moverse dentro del terreno del documental, y sorprende descubrir que también se siente completamente cómodo allí. Su talento para el montaje se vuelve clave, con la cinta saltando entre distintos momentos de la vida de Elvis sin que perdamos de vista lo esencial: el espectáculo.
Es cierto que algunos aspectos pasan demasiado rápido. A veces uno quisiera que el documental se detuviera más en ciertos detalles o que explorara con mayor profundidad algunos momentos menos conocidos de la vida del músico. De hecho, el espectáculo termina pasando tan velozmente que deja una sensación curiosa: la de querer seguir viendo más, de querer que la experiencia dure un poco más.
Pero incluso con esas limitaciones, Luhrmann logra algo que siempre ha caracterizado su cine, y es que resulta imposible quedar indiferente ante lo que aparece en pantalla. En este caso, la experiencia va más allá de qué tan fan pueda ser uno de Elvis Presley. En el fondo, la película funciona también como una celebración de la música misma. No se trata únicamente del artista, sino de la sensación de escuchar esas melodías tan reconocibles a todo volumen, acompañadas por imágenes restauradas con enorme cuidado y una viveza extraordinaria. Y es justamente esa combinación —la potencia de la música, la fuerza de las imágenes y la experiencia colectiva del cine— la que convierte ver esta película en pantalla grande en el deleite que finalmente termina siendo.



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