Festival de Málaga: «Calle Málaga» (2025), de Maryam Touzani


El cuarto largometraje de la guionista y directora marroquí Maryam Touzani se antoja como una carta de amor a su Tánger natal, a su abuela de origen español y a toda una generación de exiliados españoles que eligieron quedarse al otro lado del Mediterráneo. Calle Málaga es un filme amable que comienza con un argumento sencillo que gradualmente se hace impredecible, desembocando en una acertada reivindicación del amor y la sexualidad femenina en la tercera edad. Carmen Maura, eterna chica Almodóvar, nos recuerda su gracia, picardía y energía con una protagonista tan memorable como las que la madrileña ha interpretado en su juventud. Juntas, Touzani y Maura construyen una película reconfortante y honesta que parece extraída de una época donde los cortes eran menos intrusivos, las composiciones menos rígidas, y donde incluso las escenas más triviales podían ser entrañables.

La historia gira en torno a María Ángeles, una viuda española que creció en Tánger y que reside en un barrio acogedor y en un piso lleno de muebles y recuerdos valiosos. Un día recibe con ilusión a su hija Clara (Marta Etura), una enfermera agobiada por un empleo precario y por una separación conyugal que intenta convencerla de vivir con ella y sus hijos en Madrid. Ante su negativa, Clara le confiesa descaradamente que tiene pensado vender el piso de Tánger por estar a su nombre, y que a María solo le queda mudarse a Madrid o a una residencia para españoles. Tras probar la segunda opción, María intentará regresar a su verdadero hogar y recuperar sus muebles de Abslam (Ahmed Boulane), un vendedor de antigüedades con el que forjará una inesperada relación.

Detrás de la apariencia de vulnerabilidad física de María yace un espíritu rebelde y travieso que en manos de Maura se hace irresistible. La protagonista nunca se muestra como víctima pese a que tiene motivos para indignarse por ser obligada a abandonar su hogar, y a la hora de ejecutar su “venganza” más bien adopta la actitud de una niña astuta que no teme ser pillada en su viejo hogar. Su osadía inevitablemente evoca la de personajes icónicos de Maura como la heroína celosa de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) o la villana neurótica de La comunidad (2000) pero, a diferencia de aquellas, María no necesita recurrir al histrionismo o la vulgaridad para ser graciosa y provocadora. En ese sentido es más representativa del humor sutil de Touzani que surge de diálogos pícaros como los que la protagonista comparte con su amiga monja, y de situaciones jocosas como las de las reuniones futbolísticas clandestinas que María empieza a organizar en su piso. 

El verdadero encanto de la película radica en su representación de la pasión y el amor que puede surgir entre dos adultos mayores, un tema que hasta hoy sigue siendo perplejamente escaso en el cine. Touzani aborda el romance entre María y Abslam con delicadeza y empatía pero sin dejar de mostrarlos como adultos capaces de consentir intimidad emocional y física. Que Carmen Maura haya decidido ofrecer su primer desnudo íntegro para este filme a sus 80 años puede sonar a un componente morboso de publicidad, pero quién esté familiarizado con la trayectoria de la madrileña y la filmografía de Touzani comprenderá que esto es una garantía de la madurez con la que se asume el tema. El marroquí Ahmed Boulane resulta ser un complemento de lujo para Maura, ofreciendo un personaje que pasa de ser un secundario estereotípico a un amante formidable. El único aspecto problemático de esta relación es la ausencia absoluta del árabe en los diálogos de pareja teniendo en cuenta que María lo usa brevemente con otros vecinos.

La predominancia del castellano a lo largo del filme en realidad es el aspecto más inverosímil y problemático de un filme que parece ignorar el nexo colonial entre España y Marruecos. En ese sentido la obra podría ser criticada como un vehículo de promoción turística destinado a jubilados españoles deseosos de aventuras románticas. Aunque se trata de una coproducción española, Touzani pudo equilibrar mejor la presencia de la cultura marroquí haciendo que su protagonista, supuestamente criada en Tánger, tuviese más diálogos en árabe y demostrase una hibridez cultural realista. Felizmente los roles secundarios como los vecinos de María Ángeles y el propio Abslam sí se sienten como habitantes auténticos de un barrio marroquí. Las secuencias de las reuniones futbolísticas también resultan convincentes como representaciones de la cultura local. Hubiera sido constructivo que el guion ahonde un poco en la vida de alguno de los vecinos y que no sean simples pasajeros en la ruta de la protagonista. 

La experiencia de Calle Málaga es mayoritariamente gratificante incluso a nivel audiovisual pues no recurre a los aburridos encuadres fijos que proliferan en el cine español actual. La fotógrafa belga-polaca Virgine Surdej (quien también trabajó en Fuga, de la peruana Mary Jiménez) recupera la gracia de una cámara ligeramente móvil que recorre los espacios interiores con delicadeza y no se limita en obtener primeros planos de los personajes. El montaje de Teresa Font, colaboradora recurrente de Almodóvar, genera cortes y transiciones casi imperceptibles y un ritmo narrativo pausado que resulta consistente con el tono amable de la película. Ambos elementos componen un estilo que invita al espectador a contemplar el filme relajadamente y dejarse llevar por un hilo narrativo imprevisible. Con un final abierto que niega la catarsis convencional, el filme de Maryam Touzani expone al espectador de cualquier generación a un cine que, sin dejar de lado la comedia y el romance, desafía los prejuicios sobre las relaciones sentimentales en la vejez pero también las fórmulas narrativas y estilísticas comerciales.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *