La Biznaga de Oro del 29 Festival de Málaga ha recaído en manos de la debutante Marta Matute (Madrid, 1988) por un drama íntimo que aborda el desafío de intentar cuidar a una madre con Alzheimer en plena adolescencia. Su actriz protagonista, Júlia Mascort, también ha sido galardonada por un rol complejo que puede despertar empatía pero también antipatía en el espectador con actitudes contradictorias propias de la Generación Z. De entrada parece una representante del cine de autor español más modesto, con un elenco sin estrellas y los interiores opacos de un piso de clase media, pero la película logra destacar por una protagonista poco convencional y una trama contundente en torno al desmedido esfuerzo que implica cuidar de un familiar enfermo.
Desde un inicio seguimos de cerca a Claudia (Júlia Mascort), una joven estudiante de arte dramático que se muestra simpática con sus amigos y su novia pero que se transforma en una hija apática y tosca al regresar a casa. El diagnóstico de Alzheimer de su madre Julia (Sonia Almarcha) en un inicio no parece cambiar la actitud de Claudia. Por el contrario, la lleva a refugiarse más en su círculo social, priorizando su salud emocional antes que el cuidado de su madre cuyo deterioro mental se agudiza año tras año. Esto provoca choques constantes con su hermana mayor Inés (Laura Weissmar) quién eventualmente regresa de Barcelona para imponer sus reglas y evitar así el traslado de la madre a una residencia para enfermos mentales.

El inquietante contraste de Claudia dentro y fuera de casa desafía la simpatía inmediata o constante del espectador. No es casualidad que el guion la dé a conocer en un entorno romántico junto a su novia y solo después la veamos dentro de una dinámica tóxica familiar iniciada por comentarios pasivo-agresivos de la propia madre cuando todavía está lúcida. Hasta aquí queda claro que a la protagonista no le queda otra que adoptar un actitud defensiva en casa y escapar de ella en cuanto pueda. Pero a medida que el Alzheimer de la madre se incrementa y sus reproches se desvanecen, las actitudes rebeldes de Claudia dejan de ser comprensibles y se vuelven más bien ofensivas. El guion de Matute afortunadamente evita que la protagonista se reduzca a un caso de bipolaridad adolescente, y Mascort contribuye una interpretación matizada que le permiten pasar de la euforia a la angustia con naturalidad y sin necesidad de histrionismos.
El otro logro de Matute es el de retratar el impacto del Alzheimer en el círculo familiar. La dinámica tóxica que Julia ejerce al inicio es reemplazada por la carga física de su cuidado que parece más insoportable, especialmente para las dos hijas. Aunque sus intervenciones son intermitentes, la Inés de Laura Weissmar se erige como digna sucesora de su madre en el maltrato psicológico a Claudia, aunque también demuestra sus propias cicatrices. Las discusiones entre Weissmar y Mascort en ese sentido se sienten como las de auténticas hermanas a punto de estrangular una a la otra pero que en el fondo solo buscan abrazarse. El rol del padre (Tomás del Estal) sí que resulta extrañamente irrelevante. Su pasividad frente a las faltas de Claudia se siente poco creíble, sobre todo tratándose de un militar en retiro.

Sin mayores pretensiones que las de un drama familiar sólido, la clave del éxito de Yo no moriré de amor radica en una protagonista disonante que intenta acercarnos a la maraña emocional de una Generación Z impredecible. Pudo ser más ambiciosa en su puesta en escena y en su estilo, pero lo importante es que Matute no pierde de vista la dureza física y emocional que implica la convivencia con un familiar que padece de Alzheimer u otra enfermedad mental. Es un filme que pone en valor la sacrificada labor de los cuidadores profesionales, y que sirve de motivación para exigir un servicio de salud mental digno y funcional para todos, y es que nadie está libre de vivir un drama así en carne propia.

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