De todas las películas dirigidas por Christopher Nolan, probablemente Insomnia sea una de las menos recordadas. Esto puede deberse a dos razones que, para muchos, podrían convertirla en una obra menor. La primera es que se trata de un remake de la película noruega homónima estrenada en 1997, lo que inevitablemente despierta esa idea de que, al existir una versión previa, solo el original merece verdadera atención, más aún cuando la nueva adaptación proviene de Hollywood. La segunda razón, que me parece la más importante, es que, junto con la trilogía del Caballero de la noche, estamos ante una de las pocas películas de su filmografía que, a diferencia de títulos como El origen (Inception, 2010), Interestellar (2014) o Dunkerque (Dunkirk, 2017), no recurre a una compleja estructura narrativa basada en el tiempo ni construye grandilocuentes giros narrativos destinados a sorprender al espectador. Habiendo dicho esto, al no haber tenido la oportunidad de ver la versión de 1997, quisiera que el enfoque de este texto se centre en la segunda razón, porque es ahí donde la película suele ser más subestimada.
Aunque Insomnia renuncie a las estructuras temporales fragmentadas que suelen asociarse al cine de Nolan, eso no significa que abandone una de las preocupaciones centrales que atraviesa toda su filmografía: el tiempo. Solo que aquí no lo convierte en un mecanismo narrativo, sino en una experiencia física y psicológica que afecta progresivamente a su protagonista. La historia sigue a Will Dormer (Al Pacino), un prestigioso detective de Los Ángeles que viaja junto a su compañero Hap Eckhart (Martin Donovan) hasta un remoto pueblo de Alaska para investigar el asesinato de una joven. Desde el primer momento se establece la principal particularidad de ese lugar: al transcurrir la historia durante el verano, nunca anochece. El día parece prolongarse indefinidamente y la sensación es la de un tiempo detenido, como si nada avanzara realmente. Ese escenario provoca un desequilibrio creciente en Dormer y altera la manera en que afronta la investigación, haciendo que el objetivo inicial de capturar al asesino sea cada vez más difícil de sostener.

Nolan construye esta transformación de manera muy inteligente. En lugar de esconder información para generar misterio, decide que el interés recaiga sobre el propio Dormer. Su reputación lo precede constantemente. Tanto las conversaciones que mantiene con Hap acerca de casos anteriores como la admiración que Ellie Burr (Hilary Swank) siente por él dejan claro que estamos frente a un policía cuya trayectoria inspira respeto y confianza. El filme comienza entonces preguntándose qué significa realmente convertirse en una figura de referencia cuando se trata de impartir justicia y cuánto pesa esa imagen pública sobre quien la sostiene. Resulta interesante pensar que, apenas unos años antes de dirigir Batman inicia (Batman Begins, 2005), Nolan pareciera ensayar aquí una versión mucho más terrenal de ese mismo héroe. Dormer se asemeja a un Batman envejecido, alguien que lleva años resolviendo casos y que confía plenamente en la experiencia acumulada durante toda su carrera. Sin embargo, esa seguridad pronto se verá puesta a prueba.
Porque, así como Dormer recuerda inevitablemente a un Batman veterano, Walter Finch (Robin Williams) funciona casi como el equivalente de un Joker todavía contenido, aunque igual de perturbador. En un primer momento apenas aparece como una figura encapuchada que se mueve entre la niebla, convirtiéndose en una presencia casi fantasmal. Pero es precisamente él quien desencadena el primer gran dilema moral del protagonista, uno que conviene no revelar. A partir de ese momento, todo comienza a desmoronarse. Dormer empieza a cuestionar su propia capacidad para ejercer justicia y, sobre todo, la honestidad con la que ha construido la carrera que le dio prestigio. El caso deja entonces de consistir únicamente en descubrir al culpable de un crimen para convertirse también en una confrontación con sus propias decisiones. La pregunta pasa a ser qué es realmente lo que convierte a alguien en un buen policía y cuál debería ser la manera correcta de ejercer justicia.

Es en ese punto donde el tiempo vuelve a adquirir un papel fundamental. Como los días parecen no avanzar y la noche nunca llega, la percepción temporal de Dormer comienza a desintegrarse. Finch aprovecha constantemente esa vulnerabilidad y siembra en él la duda, llevándolo a experimentar pequeños destellos que podrían pertenecer tanto a un pasado que lo persigue como a un futuro que amenaza con repetirse. Todo ello funciona como la primera gota de algo que progresivamente comienza a contaminarlo por completo. No parece casual que una de las primeras imágenes del filme sea una gota de sangre cayendo sobre una tela y extendiéndose lentamente. Esa imagen anticipa cómo una única decisión puede acabar manchándolo todo.
Ahí se encuentra aquello que más le interesa explorar a Nolan al rehacer Insomnia. El director observa lo fácil que resulta quebrar el sentido de la justicia cuando aquello que ocurre dentro de la propia mente deja de estar en orden. Poco a poco, Dormer empieza a descubrir que sus propios pecados no se encuentran tan alejados de los del hombre al que persigue. De hecho, la película lo expresa de forma bastante clara cuando sugiere que ambos no son tan diferentes entre sí. Resulta inevitable pensar entonces en la célebre escena del interrogatorio entre Batman y el Joker en El caballero de la boche (The Dark Knight, 2008), donde Nolan desarrollaría esa misma idea de manera mucho más frontal. El origen de eso ya puede encontrarse aquí, en la manera en que Finch obliga constantemente a Dormer a enfrentarse consigo mismo.

La cinta también encuentra un espacio muy interesante para reflexionar sobre el engaño y la construcción de la verdad. En distintos momentos aparece la importancia de redactar correctamente un informe, de elaborar una versión convincente de los hechos, como si la realidad pudiera alterarse dependiendo de cómo fuera narrada. Esa preocupación dialoga perfectamente con el estado mental del protagonista. La falta de sueño se convierte también en una falta de lucidez. Las imágenes dejan de percibirse con claridad y comienzan a presentarse como fragmentos, como destellos o apariciones que recuerdan a esos sueños que apenas logramos reconstruir al despertar. Es en ese terreno donde emergen los fantasmas que sacan a la superficie aquello que Dormer había mantenido oculto durante tanto tiempo.
En conclusión, Insomnia es una película que no debería pasar desapercibida dentro de la filmografía de Christopher Nolan. Incluso me parece superior a varias de sus obras más celebradas, porque aquí los habituales trucos narrativos y la aparente complejidad estructural no se interponen entre el espectador y las ideas que quiere desarrollar. Al contar la historia de una forma mucho más directa, los dilemas morales adquieren una presencia mucho más evidente y las preocupaciones del director emergen con una precisión admirable, sin necesidad de recurrir a artificios destinados únicamente a impresionar y sin resultar complaciente. El filme demuestra, además, que Nolan no necesita elaboradas estructuras temporales para construir una película profundamente preocupada por el tiempo y por la manera en que este puede alterar nuestra percepción, nuestra moral y nuestra propia idea de justicia.


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