En medio de la frontera entre Azerbaiyán y Armenia, montados en la carretera, distintos pasajeros a bordo de una minivan empiezan a cantar una canción, una suerte de hip hop melódico con tonos folclóricos. Es una escena larga, filmada en primeros planos, en la que los personajes, quizás sin quererlo, se involucran en una suerte de ritual colectivo, una forma de evocar su pasado conjunto. La canción, a su manera, insiste en los rastros de la guerra en sus vidas: Armenia, país concebido desde el conflicto, de heridas sin cerrar; Armenia, país en el que muchos muertos siguen sin ser descubiertos y muchos cuerpos todavía no son enterrados; Armenia, todavía en guerra, a tal punto que el servicio militar se instaura obligatoriamente. Esa es la Armenia que Céline, ciudadana francesa, recorre por primera vez. Armenia, tan distante y cercana a la vez, es el país de su esposo, Arto, y, luego de su muerte, se vuelve el único lugar en el que puede darle sentido a su historia.
Esta es la trama de En el país de Arto (Le pays d’Arto, 2025) , la película de Tamara Stepanyan que vincula el drama interpersonal, el conflicto político y el thriller, una suerte de excusa narrativa para indagar los efectos de la guerra (y el éxodo) en la sociedad armenia contemporánea. El guion de Stepanyan, coescrito con Jean Christophe y Ferrari Jean Breschand, sigue de cerca a Céline, madre parisina de dos hijos, y quien, hace seis meses ha enviudado, luego de su marido, Arto, un ingeniero armenio, se suicidara en su oficina. Céline quiere que sus hijos obtengan la nacionalidad armenia y espera que, al obtener la partida de nacimiento de su esposo, ellos puedan concretarlo. En el registro, sin embargo, le dicen que el Arto que ella conocía no existe, y que se trata de una identidad ficticia que construyó en su exilio a Francia.

El resto de la película sigue a Céline recopilando fragmentos de la biografía de Arto, al parecer un militar encargado de un pelotón de seis soldados en plena ofensiva contra Azerbaiyán en 1993. Debido a un error de comando de Arto, todo el resto del pelotón murió y sus cuerpos nunca se encontraron. Céline, por supuesto, está devastada, y, quizás como una forma de soportar la incertidumbre de la figura de su esposo, decide visitar el lugar en el que perdió a su pelotón. El problema es que este punto, cruzando la frontera, es zona militar custodiada, y, por tanto, solo puede ir acompañada por disidentes armenios con control en la zona.
De esta manera, la película de Stepanyan busca seguir una suerte de thriller político y, a su vez, con el viaje de Céline como excusa, indagar en los efectos de la guerra en la vida social armenia, la forma en que los rastros de la violencia han seguido por generaciones y se impregnan en los objetos, los lugares y las personas. La cámara de Stepanyan sigue de cerca a numerosos personajes secundarios, desde los disidentes militares hasta una guía turística que se hace amiga de Céline y la lleva hasta la frontera, cada uno con su propio infierno personal a partir de los efectos del conflicto. Mientras más se entromete Céline en los enclaves rurales armenios, más parece que el país vive en una suerte de duelo colectivo, una suerte de limbo fúnebre ante la potencial presencia de violencia, la latente aparición de la guerra, y los efectos de años de opresión y vida militarizada.

El problema principal de un film así es que, al buscar que una historia individual alegorice el conflicto latente en un país, es necesario un balance adecuado entre la trama y el subtexto, y es la falta de balance de lo que más adolece la película de Stepanyan. La historia se llena de pequeñas referencias, secuencias inesperadas y personajes secundarios que no terminan por desarrollarse, lo que implica, al final, que las escenas parezcan postales costumbristas antes que secuencias completas, arquetipos reducidos en lugar de personajes redondos. Las historias de los personajes con los que se encuentra Céline son mucho más interesantes que el drama de la protagonista y el misterio de Arto, pero el guion nunca se atreve a dejar de lado el dilema principal e insistir en lo que sucede en los márgenes.
La propia cámara de Stepanyan adolece de esta falta de balance: escenas que se alargan demasiado o que se filman en un rígido punto de vista, una fotografía por momentos demasiado blanda y sin tanta creatividad, secuencias que mejorarían si las viéramos desde otros ojos que no fueran los de Céline. Este es posiblemente el mayor problema del film, y es que, al depender demasiado de Céline y su dilema, Stepanyan presiona a su protagonista a darnos el motor dramático que necesitamos, pero que nunca llega a suplir. Sin pocas referencias a su pasado y pocos detalles sobre sus preferencias, Céline es un personaje limitado, que se siente esquemático, previsible, una suerte de dispositivo dramático para que Stepanyan nos guíe por una Armenia cada vez más herida. Las escenas con sus hijos en llamada nunca dicen nada fuera de lo esperado, sus reacciones a las atrocidades de la guerra parecen las de cualquier turista promedio, y la actuación de Camille Cottin nunca hace lo suficiente por convencernos de que este no es un personaje que hemos visto antes.
Es frustrante ver En el país de Arto y darse cuenta de que aquí hay el potencial para distintas películas inteligentes y conmovedoras sobre la tragedia del pueblo armenio, pero que resultan reducidas a pequeñas ideas y comentarios de fondo dentro de la enésima historia del extraño privilegiado que descubre el post conflicto al otro lado del globo. Incluso una historia así podría funcionar, por supuesto, si es que la directora y sus guionistas tuviesen un poco más confianza en ella y se atrevieran a usarla para decir algo diferente. Cada cosa positiva de este film (y sí hay varias secuencias destacables), suceden a pesar de su misterio principal y no por él. ¿No hubiese sido mejor asistir a una versión documental de esta historia, con la cámara de la directora enfocada en las numerosas historias de los personajes armenios intentando reconstruir sus memorias de la guerra? No sé. Tengo claro que el país de Arto es un lugar fascinante y que merece la atención del cine, pero sería mejor que Arto fuese protagonista.


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