Si existe un interés genuino por el cine, resulta fundamental ir más allá de lo que dicten la cartelera local o los algoritmos de las plataformas de streaming. Abrirse a cinematografías menos exploradas por cuenta propia debería ser la norma, sobre todo porque hacerlo implica descubrir propuestas que probablemente nunca habríamos encontrado de otra manera. También supone entrar en contacto con nuevas influencias, alejadas de aquello que solemos asociar al cine de Hollywood o incluso a las tradiciones europeas más conocidas. Es precisamente en esa búsqueda donde aparecen países como Armenia, una cinematografía sobre la que generalmente se sabe poco, salvo por referencias muy puntuales que puedan haber alcanzado cierta notoriedad internacional. Quizá, dentro de la cultura popular, uno de los nombres más conocidos vinculados al país sea el grupo System of a Down. Sin embargo, como ocurre con cualquier nación, Armenia posee una historia que también puede conocerse a través de sus expresiones artísticas, y particularmente a través del cine.
Es justamente ese acercamiento al cine armenio lo que Tamara Stepanyan intenta construir en Mis fantasmas armenios (Mes fantômes arméniens, 2025). La cineasta franco-armenia, proveniente de una familia vinculada al arte, toma como punto de partida la figura de su padre, Vigen Stepanyan, quien en su momento fue un actor importante dentro del cine de su país. A partir de los recuerdos que conserva de él y de las películas en las que participó, la directora propone un recorrido por distintos hitos de la cinematografía armenia, mezclando la historia nacional con la memoria personal. El documental se construye así como un viaje a través de las imágenes, donde el pasado cinematográfico de Armenia se entrelaza con la propia historia familiar de la cineasta.

Un primer aspecto a destacar es la capacidad que la cinta tiene para acercarnos a una cinematografía que probablemente resulte desconocida para buena parte del público. Evidentemente, hay espacio para figuras ampliamente reconocidas, como Sergei Parajanov, responsable de obras tan importantes para el cine mundial como El color de las granadas (Tsvet granata, 1969), pero Stepanyan también se preocupa por rescatar otros nombres que ocuparon lugares relevantes en distintos momentos de la historia del cine armenio. Lo que busca, en el fondo, es contar parte de la historia de su país a través de las películas que produjo, entendiendo que estas también sirvieron para registrar conflictos, guerras y transformaciones sociales. Desde esa perspectiva, el documental funciona muy bien como una introducción a un universo cinematográfico que rara vez ocupa espacios de discusión fuera de círculos especializados.
Es precisamente ahí donde también comienza a cobrar sentido el título de la película. La idea de los fantasmas no aparece únicamente como una referencia poética, sino como una manera de pensar la relación entre el cine, la memoria y el paso del tiempo. En ese sentido, resulta inevitable establecer cierta conexión con Retratos fantasmas (2023), de Kleber Mendonça Filho. Allí el cineasta brasileño utilizaba los cines de Recife, su historia personal y la memoria de la ciudad para hablar de los espectros que habitan las imágenes y los espacios donde estas alguna vez fueron proyectadas. Stepanyan se aproxima a una idea similar, aunque desde una perspectiva diferente. Mientras utiliza el archivo cinematográfico armenio, también nos muestra a una figura que podría ser ella misma recorriendo pasillos oscuros, como si estuviera internándose en ese territorio poblado por imágenes del pasado. La cineasta parece utilizar el cine de Armenia como una puerta de acceso a esos fantasmas, intentando reencontrarse no solo con la historia de una cinematografía, sino también con las huellas dejadas por su propio padre dentro de ella.

Lamentablemente, es cuando la película intenta equilibrar esas dos dimensiones que comienzan a aparecer sus principales problemas. En esencia, el documental descansa sobre dos pilares muy claros. Por un lado, la historia del cine armenio. Por otro lado, la historia de Vigen Stepanyan y la influencia que tuvo en la vida de su hija y en la construcción de su propia identidad artística. Y aunque el primer pilar funciona con bastante solidez, el segundo nunca termina de alcanzar el mismo nivel.
De hecho, tengo la sensación de que si el documental hubiera estado dedicado exclusivamente a ofrecer un recorrido por la historia del cine armenio, el resultado habría sido mucho más consistente. Como introducción a esa tradición cinematográfica cumple muy bien su objetivo y consigue despertar curiosidad por muchas de las películas y realizadores que menciona. El problema surge cuando intenta desplazarse hacia el terreno más íntimo y personal. Es ahí donde comienza a sentirse un choque bastante evidente, como si dos películas distintas estuvieran intentando coexistir dentro de una misma obra sin llegar a integrarse completamente.

Esa sensación se vuelve todavía más evidente si tenemos en cuenta la imagen que el propio documental transmite de Vigen Stepanyan. Por los fragmentos que vemos de él, da la impresión de haber sido una persona llena de vida, carismática y profundamente vinculada al arte. Sin embargo, esa energía apenas logra trasladarse a la película. El tono excesivamente solemne que domina el conjunto termina dificultando la construcción de una cercanía emocional con él. Y si el objetivo era precisamente generar una conexión entre el espectador y la figura del padre, siento que el documental no termina de conseguirlo. La nostalgia que debería emerger de ese vínculo nunca adquiere la fuerza necesaria para trascender una realidad que, para muchos espectadores, será inevitablemente ajena.
Por eso, al final, Mis fantasmas armenios me deja la sensación de ser una obra que se queda a medio camino. Funciona mejor cuando se convierte en un ejercicio de memoria colectiva y cuando utiliza las imágenes para reconstruir fragmentos de la historia cultural de todo un país. Ahí encuentra sus momentos más estimulantes y sus hallazgos más interesantes. Pero cuando intenta transformarse en un homenaje íntimo a un ser querido, la película pierde parte de esa claridad y el retrato de Vigen Stepanyan termina diluyéndose entre las mismas imágenes que buscan preservarlo.
Es una lástima, porque ambas dimensiones poseen un enorme potencial por separado. Lo que termina faltando es ese equilibrio capaz de unirlas plenamente. Quizá, de haber encontrado una integración más armoniosa entre la historia del cine armenio y la historia personal de su padre, el resultado habría sido mucho más poderoso. Tal como está, el documental ofrece una valiosa aproximación a la memoria cinematográfica de Armenia, mas no acaba de sentirse como un homenaje personal que parecía buscar. En suma, resulta una experiencia tan interesante como frustrante por igual, debido a lo que promete y no termina de desarrollar por completo.



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