“Toy Story” (1995): las primeras lecciones


Supongo que debe ser porque la vi mil veces de niño, pero me sigue sorprendiendo lo bien hecha que está a nivel narrativo, sin faltarle ni sobrarle nada. Todo se presenta de manera rápida y efectiva, tanto el conflicto como las ideas que busca plantear, que con el paso de cada película evolucionan e intentan expandirse. En esta primera entrega todavía están en un estado más básico, aunque posteriormente encuentran distintas formas de contarse, sobre todo a través de nuevos personajes y de los antagonistas.

Pero aquí hay una cuestión central: la figura paterna. Andy es un niño con un padre ausente y se percibe claramente cómo Woody termina ocupando ese rol protector. No es solamente su juguete favorito, sino también aquel que siempre vela por su bienestar, incluso cuando eso lo lleva a tomar decisiones que no son las más acertadas, impulsadas por los celos que siente ante la llegada de Buzz Lightyear. 

Este último representa, además, un primer acercamiento a lo que luego será uno de los grandes temas de la saga: el crecimiento y la manera en que los niños van descubriendo cosas nuevas que los deslumbran, que puede confundirse fácilmente con una forma de olvido, cuando en realidad no lo es. Por eso, esta figura paterna que encarna Woody también debe aprender a convivir con esos nuevos intereses y esas nuevas presencias para alcanzar nuevamente la armonía.

Todo esto, a su vez, se desarrolla desde un conflicto mucho más contenido. Se nota el interés por explorar la interacción entre los juguetes y construir, a partir de ella, situaciones muy cómicas. A eso se suma la presencia de Sid, quien representa el extremo opuesto a Andy. Él también desarrolla intereses alrededor de los juguetes, con la diferencia de que lo hace desde una mirada completamente trastocada, encontrando placer únicamente en destruirlos. No existe en él ese sentido de cuidado ni de armonía que sí caracteriza a Andy. Por eso, los juguetes de Sid, al no contar con una figura que los proteja o los lidere, terminan dependiendo únicamente de ellos mismos. La llegada temporal de Woody les permite encontrar justamente esa guía para rebelarse.

Y creo que eso es lo que hace tan especial a esta primera entrega. Sin necesidad de alcanzar los momentos profundamente emotivos que caracterizarían a las secuelas, la película ya entendía perfectamente qué quería contar y nunca se complicaba más de la cuenta para conseguirlo.


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