Archivo de Octubre 2005

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Nicole Kidman en el nuevo film de Oliver Hirschbiegel

The Visiting es el título del nuevo film del director alemán Oliver Hirschbiegel -cuyo anterior trabajo La caída (2004) aún espera fecha de estreno en el Perú. La conferencia de prensa donde se presentó el film se realizó hace unos días, junto con el director estuvieron los protagonistas Nicole Kidman y Daniel Craig. Cuando se le preguntó que podría decir sobre el film, Hirschbiegel respondió lo siguiente:

Bueno, eso es fácil de responder, lo tengo aquí mismo. Creo que es una buena descripción de lo que estamos haciendo. Se los voy a leer:

“The Visiting cuenta la historia de una misteriosa epidemia que altera el comportamiento humano. Cuando una siquiatra de Washington, DC (Kidman) descubre que el origen de esta epidemia es extraterrestre, se ve obligada a proteger su hijo, quien podría tener la clave para detener una inminente invasión”

Eso es en resumen. Va a ser muy aterradora.

Aqui pueden leer la conferencia de prensa completa, y una foto de alta resolución.

El luchador (2005)

Cinderella Man

La historia de James J. Braddock es lo suficientemente improbable como para no creerla, en caso de haberse presentado en la forma de una nueva película de Rocky. Braddock (Russell Crowe) fue un exitoso pugilista en los años 20, década de la Gran Depresión Norteamericana. Él tuvo la chance de pelear por el título y perdió, tanto la fama como la profesión. Venido a menos, tuvo que trabajar como obrero para poder mantener a su esposa y tres hijos. Más tarde, se encontraría con una oportunidad única, para pelear en un preliminar por el título. Contra todo pronóstico, Braddock gana, encontrándose ahora cara a cara con el campeón de los pesos pesados.

Ron Howard se encuentra con esta historia, y la utiliza a su favor, después de todo es un ‘hecho de la vida real’. Si fuera una ficción tendríamos suficiente material para seguir pensando que éste es el Howard de siempre. Y lo es, sólo que cuenta con el buen trabajo de Crowe que lo ayuda a salir bien librado –contrariamente a lo que sucedió en A Beautiful Mind, pero esa ya es otra historia.

En este trabajo de actores destaca la dupla que forman Russell Crowe con Paul Giamatti (Sideways), que hace el papel de su entrenador. Giamatti deja de lado lo que es ya su sello característico: el gruñón pesimista y cínico. Acá lo tenemos como un noble y leal compañero, un entrenador que se la juega por el púgil, dándole una última oportunidad ahí donde nadie se arriesgaría.

Pero como no todo es perfecto, siempre está la sobrevalorada Renée Zellweger para balancear las cosas. Ella hace el papel de la sufrida esposa, quien trata de remarcar su pesar con tantas muecas y disfuerzos en cada escena imposible de soportar, llegando a tener frases desafortunadas como: “You’re the champion of my heart”. Pura melcocha.

Los puntos altos de la película llegan sin duda con las peleas. Cada vez que la historia palidece y se torna predecible, es cuando llega una nueva dosis de golpes y sangre. El ritmo comienza a acelerar con Giamatti vociferando indicaciones y peleando en su propio rincón, hasta Crowe quien sufre y golpea, siempre pensando que cada golpe asestado lo aleja más de la pobreza y mantiene unida a su familia. Así, hasta llegar al rival final, un duelo con la muerte es como nos lo pintan, en la forma del campeón Max Baer (Craig Bierko), quien casualmente tiene cierto parecido físico a Jake LaMotta (De Niro en Raging Bull). La pelea se presta ideas del film de Scorsese pero sobretodo de la serie de Rocky, basta recordar los flashbacks manipuladores que subrayan los momentos claves durante los combates. Y logra su cometido, mantiene en vilo a la audiencia metiéndola de cabeza en el ring.

En corto, esta película es una muestra más de la típica historia que el cine americano gusta de contar, que seguramente ya han visto antes, algunas totalmente olvidables, otras del calibre de Million Dollar Baby. Cinderella Man tendría un cómodo lugar entre esos dos extremos.

Laslo Rojas

Culmina el rodaje de Mariposa Negra

francisco_lombardiMariposa negra, el decimotercer largometraje del reconocido cineasta peruano Francisco Lombardi, ha terminado de rodarse el miércoles 28 de setiembre. La película, escrita por Giovanna Pollarolo, está basada en la novela de Alonso Cueto, Grandes miradas.

La protagonista del filme es Melania Urbina quien encarna a Gabriela, una joven maestra próxima a casarse. En otros roles principales actúan Magdyel Ugaz, Ivonne Frayssinet, Wendy Vásquez y Gustavo Bueno.

Mariposa negra es una producción de Inca Cine (Gustavo Sánchez, productor general), beneficiada por un subsidio otorgado por Ibermedia, y con el aporte de Malvarrosa Media y Fausto Producciones (empresas españolas).

El rodaje se inició el 15 de agosto y, durante seis semanas y media, la ciudad de Lima se convirtió en el escenario del filme, que fue fotografiado, en Alta Definición, por el español Paco Belda. La película entra ahora a la etapa de edición y postproducción, muy pronto les tendremos más información y fotografías del rodaje.

Nueva película de Darren Aronofsky, “The Fountain”

Luego de las celebradas PI y Requiem for a Dream, el director neoyorkino Darren Aronofsky adapta una novela gráfica, una historia que tiene de ciencia ficción, romance y drama. The Fountain transcurre a lo largo de 1,000 años, en la historia de un hombre que intenta salvar la vida de la mujer que ama.

En una entrevista, el director y guionista, nos cuenta como fue el cambio de casting, de Brad Pitt a Hugh Jackman, quien hará pareja con Rachel Weisz.

La película tiene como fecha tentativa de estreno a inicios del 2006.

Con ánimo de amar (2000)

In the Mood for LoveFa yeung nin wa
Dir. Wong Kar-wai | 98 min. | Hong Kong - Francia - Tailandia

Intérpretes:
Tony Leung Chiu Wai (Chow Mo-wan)
Maggie Cheung (Su Li-zhen Chan)
Ping Lam Siu (Ah Ping)
Rebecca Pan (Sra. Suen)

Estreno en Perú: 6 de octubre del 2005

Hong Kong, 1962, asistimos a una desordenada mudanza en un edificio de departamentos. Una joven pareja se instala, ella carga sola con todo, su marido no está. Al mismo tiempo él también se está mudando con su esposa al apartamento contiguo. Ambos se conocen y se cruzan en los espacios comunes de la residencia e inevitablemente, ante la ausencia de sus parejas, se acercan, pero a medida que pasa el tiempo se dan cuenta que algo extraño sucede. ¿Qué harán ahora para remediar la soledad creciente que sufren?

In the Mood for Love

Hong Kong, 1962, asistimos a una desordenada mudanza en un edificio de departamentos. Una joven pareja se instala, ella (Su Li-zhen Chan, secretaria en una empresa de exportaciones) carga sola con todo, su marido no está (nunca está). Al mismo tiempo él (Chow Mo-wan, periodista en un diario local) también se está mudando con su esposa al apartamento contiguo (igualmente hace la tarea solo, su mujer no aparece). Ambos se conocen y se cruzan en los espacios comunes de la residencia e inevitablemente, ante la ausencia de sus parejas, se acercan, pero a medida que pasa el tiempo se dan cuenta que algo extraño sucede, van encontrando indicios de que ambos están siendo engañados. ¿Qué harán ahora para remediar la soledad creciente que sufren?

Así planteadas las cosas estamos ante un melodrama, la convivencia forzada de la señora Chan y el señor Chow los empuja a vivir un probable romance pero ellos se resisten a caer (no seremos iguales a ellos, dice en cierto momento ella) a partir de aquí, ambos inician una búsqueda de las razones que llevaron a sus parejas a liarse, es una búsqueda que los acerca cada vez más y antes que procurarles refugio los sumerge en el dolor.

In the Mood for Love

Wong Kar-wai (Shangai, 1958) es el inspirado creador de esta historia, a él le debemos filmes de la talla de Chungking Express (1994), Fallen Angels (1995) y Happy Together (1997) (es simplemente imposible quedarse con una película en particular, aquí se da el caso de que la última película vista es la mejor, tan parejo es el nivel del maestro chino). La complejidad de las tramas que urde va a la par con la estilización visual y la composición de escenarios que presenta (entramado que debemos en gran medida a dos colaboradores habituales, Christopher Doyle en la fotografía y William Chang en el diseño de producción, vestuario y edición). Y justamente es en Con ánimo de amar que se dan cita algunos elementos claves de su cine: espacios cerrados y llenos de detalles, abundante color, largos tiempos, en apariencia muertos y una marcada predilección para valerse de los gestos y movimientos corporales mas que de las palabras.

In the Mood for LoveLa actuación de Maggie Cheung (una diosa oriental en el cenit de su interpretación) es formidable, la cadencia de sus movimientos -acentuados por las insistentes cámaras lentas- y el cambio constante de vestidos (hasta 19 distintos cheongsams) absorbe nuestra ferviente mirada, por otro lado Tony Leung no se queda atrás (mejor actor en Cannes 2000) ambos se complementan a la perfección y entregan memorables momentos de pura sensualidad.

Un punto aparte es la música (aquí se revela también otro de los puntos altos del director afincado en Honk Kong) el tema recurrente (Yumeji’s theme) pertenece a Shigeru Umebayashi y fue compuesto originalmente para el film Yumeji de Seijun Suzuki, el tema marca los encuentros de Chow y Chan que parecen danzar por escaleras y pasillos buscando encontrarse y tocarse sin lograrlo plenamente. Así mismo son significativas las canciones de Nat “King” Cole (Aquellos ojos verdes, Quizás, quizas, quizás) que como las volutas de humo de los infinitos cigarros de Chow, van y vienen entrelazándose con la historia, las letras de las canciones parecen decir aquello que los protagonistas no pueden expresar.

Esta película, como pocas, apela a los sentidos más que a la razón, juega con el peso de lo que no vemos, de lo que no está en pantalla. El peso de lo intangible: los sentimientos y las pasiones. La poesía que precede y cierra la película resume lo que hemos visto (y más que eso).

Es un momento agitado.
Ella baja la cabeza,
para darle una ocasión de acercarse.
Pero él no puede pues le falta valor.
Ella da la vuelta y se aleja.

Esa era ha pasado.
Nada de lo que perteneció a ella existe más.

Él recuerda esos años desvanecidos.
Como si observase a través de un cristal polvoriento,
el pasado es algo que puede ver, pero no puede tocar.
Y todo que ve es borroso e indistinto.

Luis Ramos

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Convocatoria para el Primer Festival Audiovisual Estudiantil

Como una manera de fomentar la cultura cinematográfica y de brindar un espacio de difusión y competencia para los estudiantes de las diversas universidades e institutos superiores del país, se realizará el Primer Festival Audiovisual Estudiantil organizado por Cine Arte de San Marcos.

El Festival se llevará a cabo del lunes 24 al sábado 29 de Octubre y consta de dos actividades principales: el Concurso de Cortometrajes, con la finalidad de difundir y reconocer la producción audiovisual de los estudiantes, que premiará las categorías de ficción, documental, animación, vídeo arte y/o vídeo experimental, vídeo clip, vídeo publicitario y reportaje, y los Concursos de Crítica y Ensayo que buscan estimular la reflexión, la investigación y la producción de trabajos sobre el arte cinematográfico.

Los trabajos para el Concurso de Cortometrajes deben ser realizados por estudiantes peruanos y residentes de pre–grado o aquellos que hayan culminado su formación en el último semestre del 2004 o el primero del 2005, deberán estar registrados en la Asamblea Nacional de Rectores y Ministerio de Educación, respectivamente. No podrán participar trabajos que hayan sido elaborados para exhibición comercial con fines de lucro.

En cuanto al Concurso de Crítica y Ensayo pueden participar estudiantes peruanos y residentes de pre–grado registrados en la Asamblea Nacional de Rectores y Ministerio de Educación, respectivamente. Los textos deberán ser estrictamente inéditos, las obras premiadas se publicarán en la revista BUTACA, la página web de Cine Arte de San Marcos y los espacios que permitan la difusión del Primer Festival Audiovisual Estudiantil.

Las obras participantes serán evaluadas en base a su originalidad, tratamiento audiovisual y capacidad expresiva y serán exhibidas al público. Los trabajos que resulten ganadores recibirán un premio y mención honrosa. El fallo se dará a conocer en la ceremonia de clausura el sábado 29 de octubre de 2005.

Las inscripciones están abiertas. Los trabajos serán inscritos, sin costo y bajo cargo, para cortometraje hasta el 14 de octubre, y para crítica y ensayo hasta el 17 de octubre del 2005 en las instalaciones de Cine Arte de San Marcos (Jr. Lampa 833 – Centro Histórico de Lima), de lunes a viernes de 10.00 a.m. a 8.00 p.m.

Para más información visite:

www.unmsm.edu.pe/cinearte/festival
o comuníquese a cinearte.ccsm@unmsm.edu.pe

Juanma Bajo Ulloa en FENACO 2005

Juanma Bajo UlloaDe origen vasco, Juanma Bajo Ulloa inició su carrera con cortometrajes en Súper 8 milímetros y video, hasta que en 1989 produce en 35mm el mediometraje El Reino de Víctor trabajo por el que obtiene, entre otros, 5 premios en el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, y el Goya, que por primera vez otorgaba la Academia de Cine Española en la categoría de Cortometrajes. En 1991 hace su primer largometraje, Alas de mariposa, que obtuvo varios premios Goya y otros premios en festivales y eventos de cine internacionales. Luego ha realizado La madre muerta, la conocida y taquillera Airbag y Frágil, que es a la fecha su última película estrenada en 2004.
Su presencia en el Cusco del 17 al 19 de noviembre en el marco del 2º Festival Nacional de Cortometrajes, es posible gracias al apoyo del Centro Cultural de España.

Postmodernismo: entonces y ahora

Por Ricardo Bedoya

En su artículo El cine posmoderno, publicado en el número 1 de El Refugio, Irela Núñez hace un ejercicio de lectura de tan discutido tema. El texto es interesante, pero insuficiente. Describe parcialmente el fenómeno, pero no lo interpreta. Detecta rasgos, pero no los explica. La autora actúa como el distraído estudiante de medicina que pretende explicar el infarto a partir de la palidez del paciente.
En efecto, Irela Núñez percibe como elementos definitorios del cine postmoderno su vocación por trabajar la “tersura de la imagen, los ritmos del montaje y la violencia del color”. Cita como ejemplos paradigmáticos a Blade Runner de Ridley Scott, Brazil de Terry Gilliam, Birdy de Alan Parker, las cintas de John Waters, las de Almodóvar, las de Leos Carax, las de Beineix. En la lustrosa imaginería de algunas de ellas cree encontrar la índole del síndrome postmoderno, producto de la fusión heterogénea de motivos genéricos y de ambientación; resemantización (sic) de objetos culturales, efectos de montaje que fagocitan los modos de expresión de la publicidad y de los clips televisivos. La autora oficia, entonces, como notaria o fedataria de la opulencia visual y la iconografía infatuada que, según postula, identifican al postmodernismo fílmico.

Pero, ¿son esas las características esenciales de la sensibilidad postmoderna? ¿Ellas explican acaso la naturaleza, amplitud o pertenencia de aquello que la revista -ver el editorial de ese número- reivindica como el “aire del tiempo” que infunde a la publicación actualidad y vigor?. La respuesta es, claro, negativa.
Umberto Eco, en sus Apostillas a El nombre de la rosa, afirma que “el postmodernismo no es una tendencia que pueda circunscribirse cronológicamente, sino una categoría espiritual, mejor dicho, un Kuntswollen, una manera de hacer”. Hay dos percepciones que informan el espíritu y la sensibilidad postmodernas. La primera se origina al constatar que los grandes discursos de la modernidad están agotados y no dan más. La segunda, que es, más bien, continuación o conclusión de la primera, indica la necesidad de orientar la mirada al pasado para encontrar allí elementos dramáticos, narrativos, formales, que pueden ser objeto de una apropiación distinta a aquella que llevaron a cabo las sensibilidades clásicas, barrocas o modernas. Despojadas de su vigor, su inocencia y de la capacidad para interpelar o conmover que tuvieron en el momento de su formulación, las “formas artísticas” se convierten, en la actitud postmoderna, en objetos que dan lugar a discursos construidos sobre la alusión y la paradoja.
Pero -y nuevamente de acuerdo con Eco- esta “forma de hacer” se rastrea una y otra vez en el curso del desarrollo de las formas artísticas. No es privativa de ésta o aquella época, de peste o aquel período histórico. Ni es, por cierto, patrimonio de la era del clip, el video y alta definición.
Y ello se puede probar echando un vistazo a la evolución de los géneros, movimientos, temperamentos, obras de autor, realizadas en el período que va desde el primer Meliés hasta aquí.

Pero, antes, es preciso exponer algunas características de las categorías opuestas de clasicismo y modernismo. Clásico es, para los efectos de esta exposición, aquel proyecto fílmico de raigambre industrial, con Hollywood como epicentro y los cines nacionales europeos como puntos de reflejo, que podríamos situar en el período que abarca desde el nacimiento de la ficción narrativa hasta 1945 (acaso 1941, año de Ciudadano Kane). Es el momento en el que la retórica de la luz impone un estilo atmosférico, feérico y dramático (allí están los ejemplos de las divas fotografiadas con los tules y filtros del cine silente; del ortocromatismo expresionista; del brumoso y fatalista realismo poético francés; de la “clave baja” y los contrastes luminosos de las cintas del género criminal de la Warner, entre otros); en el que predomina la estilización en el juego de los actores (los gestos acendrados de Valentino y la Swanson; las siluetas de Iván el Terrible); en el que se impone la pretensión de recrear la temperatura de la luz de una época o un lugar reconstruido en el “estudio”: de allí la importancia del “estudio” y sus máximos artífices, William Cameron Menzies o Lee Garmes.
Lo moderno, en cambio, se opone a lo anterior. Es Orson Welles filmando la profundidad de los espacios para darnos la libertad de recorrerlos con la mirada; es Rossellini filmando la aparente trivialidad del mundo y elaborando sus epifanías de la realidad; es Bresson con su luz “insignificante” y sus diálogos escuetos, rehuyendo la ilusión, el artificio y la teatralidad. Los modernos -desde Viaje a Italia hasta Los 400 golpes- pretenden captar, como al desgaire, sin proponérselo, los signos del mundo, sin importar cuán opacos luzcan ante la cámara.
Si los clásicos construyen y edifican; los modernos salen a las calles para registrar entornos y atmósferas, y encuentran. Si Bette Davis, la Garbo o Marlene Dietrich, íconos clásicos, opacaban los decorados con sus miradas y el arqueo de sus cejas, la Ingrid Bergman de Rossellini, la Monica Vitti de Antonioni o la Jean Seberg de Godard, son presencias desnudas, que deambulan por el paisaje o son devoradas por él, como ocurre en Stromboli, El eclipse o Sin aliento.

Dicho esto, y a riesgo de parecer arbitrario y restrictivo, paso a enumerar algunos “momentos” de la historia de los géneros, estilos o autores, en los que la “categoría espiritual” postmoderna se manifestó de una u otra manera. Lucieron postmodernas, por ejemplo, las pretensiones neoclásicas de musicales de la RKO como Top Hat, pletóricos de suelos lustrosos para el tap dance, iluminación de acuario y otros artificios que buscaban, a través del efecto trompe l’oeil, aludir, por la ironía, a las corrientes más conservadoras, coreográficas y externas del musical tradicional. La postmodernidad fue, entonces, pura hipertrofia de los coeficientes de verosimilitud del género.

the clock

Postmoderna fue la sensibilidad de Vicente Minnelli al dirigir Yolanda y el Ladrón luego de The Clock. Es decir, acudió a las formas del pasado para amplificar los detalles más extravagantes del musical feérico y oponerlo al modernismo de tintes neorrealistas y testimoniales de The Clock, cuento de gentes como uno que se pasean y se enamoran en Nueva York. El postmodernismo fue allí la exacerbación de una tradición.
Postmoderno fue el Welles que trajinó por las rutas del cine negro (La Dama de Shangai, Touch of Evil), enganchándose a un universo genérico codificado y sentado, luego de haber tentado la modernidad fílmica en cada plano secuencia, en cada imagen lograda con profundidad de campo de Ciudadano Kane. El postmodernismo fue entonces la exacerbación formal de una opción moderna.

Die PuppePostmoderno fue el gesto de Von Sternberg en Blonde Venus aludiendo a los modos de la tradición clásica (el melodrama de madre acongojada) para trazar las volutas de su imaginación barroca. El postmodernismo como lectura estilizada de un género ingenuo.
Postmoderno fue el método de Albert Lewin, revisando los manierismos del cine clásico, para revivir la mitología de Pandora y el holandés errante. El postmodernismo como ejercicio dispendioso de memoria fílmica.
Postmoderna fue La Muñeca de Lubitsch, interpolación de las texturas y fondos expresionistas en el ámbito de la comedia fantasista. El postmodernismo como alusión cultural o pastiche.

Los ejemplos propuestos pertenecen a un período que se clausuró hacia fines de los años cincuenta, cuando se hicieron visibles los rasgos de una radicalidad modernista heredada de la austeridad de Alemania, Año Cero y el ascetismo de Europa 51. Pero también estuvieron los cineastas proclives a los modos postmodernos, como Jean Pierre Melville, con sus símiles del policial clásico, que apeló al postmodernismo como fetiche y duplicación del pasado.
Y es entonces que empieza un vaivén permanente entre actitudes clásicas y modernas. Algunos ilustres representantes de la “dramatización” y el recargamiento de efectos visuales giran hacia el despojamiento esencial. El mejor ejemplo es el de Ingmar Bergman, que trocó los efectos “teatrales” y deformantes de Las Fresas Salvajes o El rostro por la desnudez absoluta de La Pasión de Ana y, más aún, de Escenas de la Vida Conyugal. El camino inverso fue seguido por “modernos” como Oshima o Fassbinder. Insertos ambos en el proyecto de las Nuevas Olas, sus cintas fueron orientándose hacia la proliferación de rasgos marcadamente expresivos, de gestos postmodernos. Retornaron a una tradición clásica para recargarla, hipertrofiarla. Les caracterizó la cerrazón de sus rodajes en estudio (un largo segmento de la obra de Fassbinder es impensable sin los decorados de la Bavaria Atelier) o en locaciones elegidas por su capacidad para sugerir cierta ambientación escenográfica evidente (como en Furyo, rodar en una isla); los diseños sicológicos de sus personajes, presos de la obsesión, la neurosis o la paranoia (Petra Von Kant, Querelle, El Imperio de los Sentidos, Max Mon Amour); la apelación evidente a los géneros (el biopic en Lili Marleen, la comedia sofisticada en Max Mon Amour, el melodrama en tantos Fassbinder). Antes y ahora, aquí y allá, la “categoría espiritual” postmoderna se actualiza y reformula.
Soslayar esta dimensión conceptual, reduciendo la expresión de la sensibilidad postmoderna a un asunto de imágenes agitadas y de cromatismo intenso, a un problema de fisonomía, lleva a la autora a confundir postmodernismo con manierismo. Es sintomático que los títulos y nombres que cita para ilustrar su explicación sean aquellos en los que la “manera” prima sobre la sustancia. Dejando a un lado las diferencias expresivas entre una y otra película, las de Alan Parker, Terry Gilliam, Scott (Ridley y Tony) o Leos Carax, a los que podrían agregarse Adrian Lyne y Peter Greenaway, no se afilian a la ética moderna por su afición casi fetichista a la técnica sofisticada, por la fijación de una idea del cine que se entiende como el bombardeo visual y el “saqueo” de diversos modos de expresión. “Los manieristas no son inventores de formas, sino distorsionadores de las formas existentes” afirma Patrick Mauriés, estudioso del manierismo pictórico. Distorsión que se torna retórica; es círculo vicioso y síntoma de agotamiento precoz.

one from the heartPongamos los ejemplos de dos grandes películas postmodernas. La primera es Golpe al Corazón de Francis Coppola. En ella, el autor reencuentra un género, el musical (que abordó antes en El Camino del Arco Iris), que está ya, y desde hace mucho tiempo, en su etapa de declinación y que no responde, al menos en su modulación clásica, a ninguna de las demandas del gusto actual del público masivo.
Coppola encuentra allí un repertorio de formas y, claro, una colección de rasgos fetiches, como la necesidad del canto y del baile, elementos definitorios del género. Sin embargo, en 1982, cuando se hace Golpe al corazón, Fred Astaire y Cyd Charisse se encontraban ya en el retiro y la memoria del musical estaba marcada por su presencia. La jubilación de los dancers era síntoma de que algo irrecuperable había ocurrido: el paso del tiempo. Coppola optó entonces por la vía más inteligente de hacer un musical en la era posterior a la del esplendor de los bailarines clásicos: renuncio a la pretensión de hacer lucir a sus protagonistas como bailarines expertos y les mantuvo su calidad, casi espectral, de seres extraviados en la gran ciudad que fingen o simulan ser protagonistas de una historia romántica propia del Hollywood de hace cincuenta años. Sus historias se desarrollan en una ciudad de neón, reconstruida en estudio, en la que las sobreimpresiones electrónicas de rostros y objetos se convierten en la cualidad más visible. La falsedad es el tema y estilo de la película. La convención clásica es revisada por el cine electrónico. La actitud del cineasta es la del artista convencido de estar realizando la primera gran película del futuro.

Pero quizás el epítome de la sensibilidad posmoderna fílmica es Paris, Texas de Win Wenders. Luego de constatar la muerte del cine (En el Transcurso del Tiempo), Win, el “moderno” (el cineasta de El Miedo del Guardameta al Momento del Penal o Alicia en las Ciudades) decide ir en busca de sus orígenes. Aquellos que definió como nadie el “moderno” emblemático, Godard: “Soy un cineasta americano en el exilio. Las películas americanas formaron mi sensibilidad”. Sentimiento de filiación que Wender expresó a su modo, como ciudadano de Alemania Federal: “El cine americano colonizó nuestro inconsciente”. Roto el exilio europeo. Wenders, impregnado del recuerdo de un siglo de cine, decide ir en busca del territorio mitológico en el que germinó una sensibilidad: territorio de Texas, espacio de tantos westerns.

paris texas

La película es la metáfora de una búsqueda. Un hombre sin memoria guarda en el bolsillo el vestigio (una foto, hecha de la misma materia con la que están tejidas nuestras evocaciones fílmicas) de su origen. A partir de esa anécdota elemental, el alemán descendiente de Godard y Antonioni, pero también de las mitologías arcaicas que abonaron la modernidad (las imágenes de Monument Valley; de los pueblos fantasmas del Oeste, los hoteles en el desierto y los restaurantes de la carretera; el vaquero que reconstituye la familia y se marcha) busca resolver unos cuantos problemas elementales: ¿cómo referirse al género clásico por excelencia, el western, en la era de las fronteras cerradas y las ciudades deshumanizadas? ¿cómo filmar una ciudad, Houston, después de las visiones urbanas de la modernidad, las de Antonioni, Rivette, Godard? ¿cómo filmar un plano-contraplano, confesional y emocionante (la escena del peep show), luego de las experiencias del montaje al interior del encuadre, el plano secuencia, los encuadres dilatados filmados con la cámara en el hombro o con la steadycam?. La amnesia de Harry Dean Stanton es el sentimiento primario del director que busca reescribir el cine desde la vivencia, preñada de memoria, de una época que está más allá de todas las efervescencias y agitaciones de la modernidad.

(Publicado en El Refugio Nº 2, de octubre de 1991)

Debate sobre la postmodernidad en el cine

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