Perfume: The Story of a MurdererPerfume: The Story of a Murderer
Dir. Tom Tykwer | 147 min. | Alemania – Francia – España

Intérpretes:
Ben Whishaw (Jean-Baptiste Grenouille), Alan Rickman (Antoine Richis), Rachel Hurd-Wood (Laura Richis), Dustin Hoffman (Giuseppe Baldini), Simon Chandler (mayor de Grasse), Jessica Schwarz (Natalie), Sian Thomas (madame Gaillard), Sam Douglas (Grimal), Corinna Harfouch (madame Arnulfi)

Estreno en Perú: 5 de abril de 2007

Tratar de conseguir trasladar toda la profundidad de una novela al cine nunca ha sido tarea fácil, de ahí que en muchos casos se haya hecho una escisión entre libro y guión. ¿Cómo encarar en el cine, entonces, una obra literaria?, tal vez la clave del éxito esté en trazar otra historia, paralela a la esencia del libro, pero con entidad propia. Puede que ahí radique el pero de esta cinta. La gran equivocación de Tykwer ha tenido lugar cerca ya de la bajada del telón. Película que a pesar de esto, merece disfrutarse para olerla.

Perfume: The Story of a Murderer

Surge la duda, después de visionar Perfume, de si la realización de una película de tanta envergadura debió ser reservada para las manos de un director de esos considerados dinosaurios, uno de los grandes. En todo caso no sabremos con seguridad si habría facturado algo mejor. El experimental Tom Tykwer ha encarado la adaptación de una obra literaria de tanto peso con aplomo y brillantez, pero…(¡Ay! ¿por qué siempre surge un pero dirán?), no desestimemos, sin embargo, lo bueno que haberlo lo hay.

Y lo sorprendente de esta película es que penetra, a través de todas las vías, en el espectador haciéndolo desentumecer todos sus sentidos, especialmente el del olfato, que tan perdido anda en la era tecnológica que vivimos. No cabe duda, a su vez, que oído, gusto y tacto, también se hacen sentir, unos más directamente y otros de manera subconsciente, transportados por los otros. Tal es de grandiosa la escenificación y atmósfera recreadas, cuyas luces y sombras, colores, siluetas, vestuario, y podredumbre (el siglo XVIII en su plena ausencia de toda higiene), en el que todos nuestros sentidos bailan invocados en una perfecta orgía visual, y nos encierra en otro mundo durante dos horas.

Hacer de la portentosa nariz de Jean-Baptiste Grenouille (el actor Ben Whishaw es una elección muy apropiada para el extraño personaje, cuya relectura del libro de Süskind nos trasladará automáticamente a su aspecto) el universo de la película es todo un logro, ayudado por los diálogos justos, junto a la potencia y expresión de una mirada traspasadora de pantallas. Simbiosis entre festín de sensaciones visuales y minimalismo discursivo. Esos primeros planos de la napia del protagonista desplegando su superdotado sentido olfativo junto a los malabarismos luminosos del filme dan como resultado un verdadero disfrute cinéfilo: especial mención merece el comienzo, el alumbramiento en el mercado, con parada y fonda en los detalles.

Perfume: The Story of a MurdererTratar de conseguir trasladar toda la profundidad de una novela al cine nunca ha sido tarea fácil, de ahí que en muchos casos se haya hecho una escisión entre libro y guión. Y ello es bastante acertado desde el punto base de que la lectura de un libro constituye un acto muy singular e individual, un mundo absolutamente propio. ¿Cómo encarar en el cine, entonces, una obra literaria?, tal vez la clave del éxito esté en trazar otra historia, paralela a la esencia del libro, pero con entidad propia. Puede que ahí radique el pero de esta cinta, que antes mencionaba. La gran equivocación de Tykwer ha tenido lugar cerca ya de la bajada del telón.

Apoyarse en los brazos de La Fura dels Baus para el cierre de la historia ha roto violentamente con el resto de la línea narrativa, y lo ha transformado en puro teatro del exceso, en obra de La Fura. Una pena, porque la cinta sigue un camino de perfección… hasta la desembocadura final.

Dustin Hoffman nos recuerda su grandeza en la piel de un famoso perfumista de la época, una gran nariz, momentos escénicos de gran preciosismo en el filme, que hubieran requerido una mayor extensión. El retrato del asesino Grenouille se plasma muy acertado, imbuido de un halo romántico, cuyo olfato es su pura y única razón de ser. Resulta de ello esa ansiosa búsqueda del aroma: el único, el definitivo. Búsqueda que le conduce a una eterna insatisfacción. Película que a pesar de su pero, merece disfrutarse para olerla.