En el séptimo cielo (2008)

Wolke Neun posterWolke Neun
Dir. Andreas Dresen | 98 min. | Alemania

Intérpretes: Ursula Werner (Inge), Horst Rehberg (Werner), Horst Westphal ( Karl), Steffi Kühnert (Petra)

Estreno en España 18 de marzo de 2009

Cine de Festivales, dirán. Ese que no consigue enormes sumas de taquilla, necesario, no obstante, colocarlo entre los numerosos estrenos de consumo palomitero e imágenes hipnóticas. Ponemos velitas a la virgen del cinematógrafo para que la filosofía del beneficio no desboque a las salas de arte, no nos condene a engullir solo ficciones de dentaduras brillantes y arrugas invisibles, de photoshop engañoso y princesas que se vuelven invisibles a partir de los 45 años. En el séptimo cielo se siente Inge, repentinamente y casi sin esperarlo. Inge es una ama de casa, abuela, mujer de sesenta y tantos años, que desde hace treinta vive una apacible y rutinaria vida con su compañero Werner. Como una adolescente, Inge siente una desazón producto del deseo por un hombre que acaba de conocer casualmente gracias a unos arreglos de ropa que realiza.

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A flor de piel curtida

Analizar una película, comentar y descubrir las primeras percepciones e impresiones que nos ha producido es volverla a ver. Mover la película, en cierta forma, insuflarle vida. Mover sus significados, su impacto, el poso en el que el auteur ha dejado su objetividad, realismo y precisión. Despiezar lo que se pretende contar. Cuando la película es rica, el placer de disfrutar analizándola es aún mayor. De-construimos con una disponibilidad intelectual flexible, sin dejar de apuntarnos al placer de dejarse llevar, aprendemos a mirar de manera distinta al espectador común, adoptando cierto distanciamiento, sin por ello dejar de identificarse con el producto. Ah, el cine de auteur! ¿el qué?. Ese cine que se ha independizado de los grilletes de tendencias y escuelas, para ir por libre, ojo!, con un maremagnun de influencias absorbidas de atrás y de alrededor. Sigue brillando en los Festivales con el aplauso de crítica y público, precisamente porque rompe con la servidumbre del cine comercial dominante y sus manidos tópicos, que casi siempre defrauda. Jaime Rosales rompió la servidumbre de los premios Goya en la edición anterior. Fue un refresco.

Con naturalismo y secuencias de planos fijos, encuadres con el objetivo escondido mientras oímos el sonido de sus movimientos, un certain tratamiento de la luz, el diálogo justo y necesario, marcas que se afilian a las de Rosales, pero también y mucho a las influencias de Bergman, con primerísimo primeros planos insistentes, largos planos fijos, desnudez sentimental ante el espectador, y desnudez física, real, natural (como aquella Intimidad de Patrice Chéreau en 2001) sorprendiendo a una audiencia atrapada en la artificiosidad sentimental del cine comercial; con estos labels llega el cineasta alemán Andreas Dresen a nuestras pantallas y trae bajo el brazo En el séptimo cielo (Wolke Neun), otro refresco, una sorpresa necesaria y agradable, un regalo, una realidad invisible en el cine, el amor con sexo en la tercera edad.

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En un festival con tanto glamour y presentaciones estrella como es el de Cannes (2008), llamó la atención este pequeño filme alemán por su atrevimiento, realismo y naturalidad, además de un excelente y arriesgado trabajo de actores, ganando el Premio “Un Certain Regard”. Más aún, la cinta de Dresen causó también sensación en el Festival de cine europeo, y los de Ginebra y Trieste.

Cine de Festivales, dirán. Ese que no consigue enormes sumas de taquilla, necesario, no obstante, colocarlo entre los numerosos estrenos de consumo palomitero e imágenes hipnóticas. Ponemos velitas a la virgen del cinematógrafo para que la filosofía del beneficio no desboque a las salas de arte, no nos condene a engullir solo ficciones de dentaduras brillantes y arrugas invisibles, de photoshop engañoso y princesas que se vuelven invisibles a partir de los 45 años.

En el séptimo cielo se siente Inge, repentinamente y casi sin esperarlo. Inge es una ama de casa, abuela, mujer de sesenta y tantos años, que desde hace treinta vive una apacible y rutinaria vida con su compañero Werner. Como una adolescente, Inge siente una desazón producto del deseo por un hombre que acaba de conocer casualmente gracias a unos arreglos de ropa que realiza. Karl es un hombre de setenta y seis años, vivo y dinámico, saludable y optimista, con una alegría no ingenua, más bien realista. Inge y Karl mantienen una relación amorosa, mostrada en la pantalla con realismo y veracidad, con el mismo atrevimiento que otros directores osan (cada vez menos, todo hay que decirlo) mostrar escenas de sexo entre jóvenes y atractivos personajes. ¿Qué el sexo no se da ya entre viejos?. Bobadas eclesiástoides. Ante las pequeñas dificultadas, digamos físicas, siempre hay alternativas y audacia, y sobre todo risas: “saben aquel que dice… ¿cómo hace el amor un viejo de ochenta años?, pues ella hace el pino mientras él se la mete hacia abajo”.

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Provista de sonido diegético, profusión de primeros planos, un sorprendente trabajo de actores (Ursula Werner, Horst Rehberg, y Horst Westphal), Dresen ha utilizado la luz como mensajero de emociones. Karl/luminoso, Werner/sombrío. Inge confusa, y doliente, como una antorcha que sube y baja su llama, aún el apoyo incondicional de su hija que le aconseja que disfrute el momento. Amor a plena luz con el amante encontrado, huyendo de las sombras de cierta tristeza que invaden el hogar. Inge y Werner no viven el desamor, sino la caducidad de la pasión. Lo malo es que donde hay tres, siempre hay un gran dolor, una tristeza no superada por alguno de los implicados. Arriesgada, verdadera, nuestros ojos tienen que adaptarse a la vista y surcos de la desnudez de los maduros e imperfectos cuerpos. Tal vez sea demasiado vieja para esto; Se interroga, duda Inge.

Andreas Dresen dirigió en 2005 Verano en Berlín que obtuvo el premio del jurado al Mejor Guión en San Sebastián, con la que indagaba en las reflexiones de dos mujeres. Aquí vuelve al personaje femenino, para trabajar las dudas, decisiones y prismas de una mujer que quiere aún vivir la felicidad sensual que le pueda quedar en su último tramo vital. “A las mujeres de esta edad se les permite ese despertar mucho menos que a los hombres y queríamos que en esta historia una mujer tomara una fuerte decisión” aclara el realizador. Tenemos la impresión, no obstante, que Dresen omite muchos datos sobre los personajes, sus vidas, los hijos, es decir sus dossieres vitales, necesario para situar a la audiencia ante una historia. Si bien por otro lado sean esas elipsis oportunas para centrarnos en el objetivo emocional central que nos trae el director.

Háganse socios de este cine reflexivo que nos habla de realidades ignoradas.

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