¡Dios mío, qué bajo he caído! (1974)

dios-mioMio Dio come sono caduta in basso!
Dir. Luigi Comencini | 110 min | Italia

Intérpretes: Laura Antonelli ( Eugenia di Maqueda), Alberto Lionello (Raimondo Corrao, marqués di Maqueda), Michele Placido (Silvanno Pennacchini, el autista), Jean Rochefort (Barón Henri de Sarcey), Ugo Pagliai (Ruggero di Maqueda), Rosemary Dexter (Floidia di Maqueda), Karin Schubert (Evelyn), Michele Abruzzo (Monseñor Pacifico)

Para hablar de esta película– que en Lima se tituló ¡Dios mío, he pecado!– hay que remontarse a los años 70 del siglo pasado y, para contextualizarla, se me permitirá un recuerdo personal de aquella época. Pero no sólo sobre este filme, sino también sobre otro llamado Los caballeros de la cama redonda, protagonizada por dos famosos cómicos argentinos de entonces: el gordo (Jorge) Porcel y (Alberto) Olmedo). Esta cinta comparte con las de Porcel y Olmedo el mostrar algunos desnudos, trabajar mucho con los prolegómenos del acto sexual, pero sin mostrar luego, en ningún momento, la realización de tal acto; todo ello, claro, en clave cómica. Y es que esta película estaba protagonizada por Laura Antonelli, una bomba sexy de la época, acompañada por algunos actores notables como Alberto Lionello y Jean Rochefort; pero, sobre todo, era una simpática sátira a la moral católica.

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Para hablar de esta película– que en Lima se tituló ¡Dios mío, he pecado!– hay que remontarse a los años 70 del siglo pasado y, para contextualizarla, se me permitirá un recuerdo personal de aquella época. Pero no sólo sobre este filme, sino también sobre otro llamado Los caballeros de la cama redonda, protagonizada por dos famosos cómicos argentinos de entonces: el gordo (Jorge) Porcel y (Alberto) Olmedo.

Quizás en 1976 o 77, un domingo en que habían unas horas libres en medio de accidentados trajines políticos propios de esos años, un par de amigos me propusieron ver esta película en el cine Tauro, en Lima; a lo que inicialmente me negué en redondo, por considerarla una basura. Lo que más me asombraba era que, como yo, ellos también eran jóvenes cultos imbuidos de retórica marxista y cultura burguesa; e insistían tenazmente en ver ese bodrio argentino. Dado que no habían en ese momento otras opciones, acepté a regañadientes; sin embargo, en mi mente un pensamiento aparecía una y otra vez: ¡Dios mío, qué bajo he caído! Y no me refería al título de la película que comentaré más adelante.

La sala se llenó completamente, pese a que la cinta era un refrito: había sido proyectada en varias oportunidades desde de su estreno en Lima años antes. Pues bien, creo que nunca me he reído tanto en una película, lo que también ocurrió con el público. El filme era una chabacanada total, con desnudos casi nunca totales y escenas eróticas iluminadas a plena luz, sin el menor atisbo de sutileza. Las situaciones eran vulgares y hasta grotescas, pero –por lo mismo– muy divertidas; y estaban hiladas a la manera televisiva, es decir, como sketchs que apenas componían un argumento.

Nunca he vuelto a ver una película de Porcel y Olmedo, en parte porque no se volvió a presentar la ocasión y también, obviamente, porque escogí ver cine más sustancial. Sin embargo, ya en aquellas tempranas épocas, cuando aún ni siquiera escribía sobre cine, aprendí una gran lección: la de que era posible disfrutar no sólo con mis ídolos de entonces (Fellini, Visconti, Bergman), sino también con obras de mero entretenimiento y populacheras. Sin complejos, ni con una mirada condescendiente. Así, he podido apreciar y divertirme ocasionalmente con diversas astracanadas televisivas (y no) como Matrimonio con hijos, Benny Hill o MadTV, entre otras menos notables.

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Lo cual me permitió, a su vez, entender el valor de obras cinematográficas menores y medianas, pero logradas (¡y disfrutarlas!); algunas de las cuales se acercan o nutren de aquel cine chabacano y populachero, pero que recoge un mínimo de códigos y sentidos de la cultura popular o universal (ya que, de otra manera, no tendrían tanto éxito de público). Ese el es caso de Dios mío, qué bajo he caído, de Luigi Comencini, la que vi justamente por esos mismo años, pero en un cine club. No recuerdo si se estrenó comercialmente en Lima, lo que sería comprensible dada la censura que regía durante el gobierno militar de entonces. Y es que esta película estaba protagonizada por Laura Antonelli, una bomba sexy de la época, acompañada por algunos actores notables como Alberto Lionello y Jean Rochefort; pero, sobre todo, era una simpática sátira a la moral católica.

Esta cinta comparte con las de Porcel y Olmedo el mostrar algunos desnudos, trabajar mucho con los prolegómenos del acto sexual, pero sin mostrar luego, en ningún momento, la realización de tal acto; todo ello, claro, en clave cómica. En otras palabras, toma el esquema de una película “calentona”, pero para elevarlo de nivel –tanto dramática como ideológicamente– y convertirla en una comedia ligera; aunque, definitivamente, menos “divertida” que Los caballeros de la cama redonda. En alguna medida porque su humor es más elaborado e ingenioso, antes que chocante o crudo.

Para empezar, el filme de Comencini tiene un argumento, aunque sencillo, bien estructurado; y que justifica las situaciones absurdas a las que se ve expuesta la pareja protagonista tras su matrimonio. Pero su gran punto es el constante ataque a la moral decimonónica, ejemplificado por la cómica lucha interior de la protagonista, entre su formación católica y la exhuberancia y voluptuosidad de su reprimido deseo sexual; así como la culpa que la seguirá hasta el mismo final de la cinta. Pero el motor humorístico de la cinta es la crítica a la represión sexual de la Iglesia, así como una burla de los melodramas sentimentales de la época.

Junto a estos puntos hay también numerosos datos del contexto histórico. Así, se muestra cómo esa moral católica es contrapesada por la prédica literaria de Gabriele D’Annunzio, cuyas obras denuncian tal represión y proponen una mayor libertad sexual; lo que da pie también para un pequeño episodio lésbico. Además, se presenta –en el marco de huelgas y conflictos sociales– el surgimiento de los primeros antecedentes de lo que luego sería la base social del fascismo en el campo; así como la relación de los políticos con la población, las diferencias sociales entre esta dama de alta alcurnia con su chofer, que procede de un sector campesino y cómo estos aspectos de clase influyen en el desarrollo de la acción.

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En consecuencia, y sin dejar de ser una película “calentona”, esta obra incluye una serie de elementos que la elevan por encima de los filmes semi pornos o eróticos; pero también, todo hay que decirlo, reducen el humor. Así, por ejemplo, una de las escenas más sabrosas es donde vemos al chofer tratando de desnudar a la ansiosa marquesa, donde el efecto cómico se pierde un poco por la tensión erótica de la situación; lo que contrastará, la siguiente vez, con la destreza adquirida por la propia protagonista en estos menesteres. Es decir, que el filme de Comencini sacrifica un poco el humor ya sea a favor del erotismo como de los demás elementos ideológicos, sociopolíticos e históricos; no sin cierta dosis de refinamiento y un toque de crítica social. En todo sentido lo opuesto que en la cinta de Porcel y Olmedo, donde el humor elimina toda excitación sexual.

El resultado es que, como comedia, la obra hace reír poco y como película “calentona” también se queda un poco corta (aunque –a este nivel– finalmente llega a cumplir su cometido). Por tanto, estamos ante una cinta con componentes dispares, pero en mi opinión, dramáticamente lograda, interesante, ingeniosa y en la que –antes que lanzar risotadas– se logra mantener casi siempre la sonrisa. No es de las mejores películas de este director, se trata de una obra menor o mediana, pero con un conjunto coherente de elementos que la hacen entretenida.

Quienes hayan seguido el debate a propósito de El premio, la cinta de Alberto Durant, ya habrán adivinado a santo de qué viene esta comparación entre el Gordo Porcel y Olmedo, de un lado y Comencini, del otro. Aquí estamos ante un filme que, como el del peruano, toma un elemento del esquema de las películas eróticas (y a la correspondiente actriz) convencionales e intenta hacer una película no tan convencional. Así, el director italiano ubica el componente “calentón” en el marco de la comedia satírica anticlerical y, además, la sazona con ingredientes políticos, sociales, etc. Y el resultado es una cinta interesante, ingeniosa y entretenida; más o menos como lo es –salvando las distancias de tiempo, lugar y género– El premio, cuya gracia es tomar el melodrama urbano informal y combinarlo con una intriga semipolicial rematando todo con finales abiertos. Es decir, como preparar un risotto al dente (o sea, un poco crudo) en los restaurantes de la azotea de Polvos Azules. Quizás no el lugar más apropiado para tal receta (pero ¿quien sabe? Quizás nos falta probar el arroz con mango para formarnos una opinión, como lo sugirió un comentario sobre El premio).

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Las reacciones de la crítica ante el filme italiano serán, por consiguiente, también dispares. Hay quienes no la consideran como una buena comedia debido a que no se ríen mucho; otros, argumentando la variedad de componentes relativamente disímiles, dirán que es fallida. No faltarán, tampoco, quienes se sientan defraudados por el sexo insuficiente. El primer grupo se bloqueará con el “poco” humor y dejará de ver el resto de componentes de la propuesta, encontrándola por tanto aburrida. El segundo grupo no verá la coherencia estructural por la variedad de elementos discordantes o, simplemente, no aceptan una comedia un poco seria. Finalmente, a los puritanos nos les hará gracia los desnudos y la crítica religiosa.

Por mi parte, encuentro en esta película otro ejemplo para defender mi punto de vista según el cual hay que disfrutar de todo el cine, juzgar las películas de acuerdo a la propuesta del director (con sus respectivas limitaciones y aspiraciones), así sean películas menores o medianas, y rescatando lo rescatable de películas fallidas o incluso malas. Así como hay público para todo, así también de todo lo que ofrece la pantalla grande se puede aprender. E incluso podemos apreciar, con objetividad, los valores audiovisuales de obras que no nos agradan ya que una función de la crítica debiera ser de índole pedagógica (aunque evitando el didactismo) y promover la cultura cinematográfica teniendo en al mira a un público amplio.

Naturalmente, dedicarse principalmente a películas menores no es una regla general. La crítica tiene que ser selectiva, pero cuando por distintas circunstancias ello no es posible, debe adoptar un enfoque holístico, en el sentido descrito en el párrafo anterior. En parte también por respeto a los realizadores, de cuyas obras nos alimentamos.

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6 comentarios

  1. comencini
    21 de junio de 2009 at 20:39 — Responder

    En Lima se llamó: ¡Dios mío, qué pecado!

  2. Anónimo
    22 de junio de 2009 at 12:39 — Responder

    ¿Dónde se consigue el DVD, Beteta?

  3. Nicolás
    22 de junio de 2009 at 19:37 — Responder

    Me parece poco seria la comparación de la película de Comencini, uno de los mejores realizadores de su generación, con el cine tan banal de Porcel y Olmedo. Lo que debería hacer el señor Beteta, antes de soltar tanta comparación intrascendente y tratar de justificar los diversos o posibles gustos de los espectadores, es introducir un poco al lector en la obra de Comencini, ya que “¡Dios mío, qué pecado!” es una de sus últimas películas luego de una trayectoria bastante importante que, al parecer, el autor de la nota desconoce.

  4. Juan José Beteta
    23 de junio de 2009 at 16:36 — Responder

    Comencini: tienes razón.
    Anónimo: El DVD está en Polvos, pasaje 18.
    Nicolás: Comencini es un director que he disfrutado mucho, junto a Risi y Monicelli. La comparación es en realidad una disquisición sobre la crítica de cine.

  5. Antonio
    24 de octubre de 2009 at 10:13 — Responder

    A mi en el 79 me intereso y mucho la pelicula y sobre todo Laura. Me parecio una pelicula evidentemente caliente o mas bien calenturienta pero muy efectiva y afectiva tambien. Gracias por aquellos momentos yo por lo menos no los olvido. GUAPA!!!

  6. Sepi
    8 de abril de 2010 at 4:27 — Responder

    ¿Lo que más me asombraba era que, como yo, ellos también eran jóvenes cultos imbuidos de retórica marxista y cultura burguesa; e insistían tenazmente en ver ese bodrio argentino. Dado que no habían en ese momento otras opciones, acepté a regañadientes?

    Aprendamos a escribir: “Dado que no HABÍA en ese momento otras opciones…”

    Segundo, no se puede ser culto, marxista y burgués. Esos dos amigos tuyos eran lo que se llama rojeras de boquilla. “Vamos de liberales, todo es de todos, pero eso de ahí es mío”. Basura española, del estilo del mundillo que rodea al séptimo arte.

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