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La peregrinación y el camino como medio de redención es la manera más básica que el ser humano ha demostrado al momento de querer expiar sus miedos, dolores y tristezas. Los viajes y el constante andar vuelven tangible lo imposible de expresar en momentos de profunda desolación. Es por eso que el dolor de partir no se compara al momento de encontrar el final del recorrido. ¿Qué sigue después? Se gana el consuelo buscado o simplemente uno se estrella frente a una pared que siempre estuvo ahí y que solamente se movía con nosotros.

Esa es, para mí, la base central de Altiplano, que se cuelga de un tema de aparente denuncia social como lo es la contaminación por mercurio de parte de una mina en lo alto de un olvidado pueblo serrano. Una contaminación física y mental, que va oscureciendo no sólo la vista de sus habitantes, si no también su sensatez.

Tal vez el punto de quiebre en las opiniones de los espectadores viene sobre cual es la real dimensión del filme. Personalmente no creo que el tema de la contaminación, del olvido y la injusticia social se desarrolle de manera homogénea en la película. Muy por el contrario, éste va perdiendo relevancia a medida que vamos interiorizándonos con los personajes, los descubrimos y entendemos el paralelismo entre sus principales, una convincente Jasmin Tabatabai, como Grace y nuestra popular, y cada vez más versátil, Magaly Solier como Saturnina, ambas como centros de fortaleza pero sobretodo, como mujeres. Como mujeres que se ven solas frente a la pérdida y la muerte del hombre querido y que tienen la necesidad de encontrar una salida que les permita comprender el porqué y sobre todo calmar el dolor. Es así que la película empieza a cargarse de alegorías que nos ayudan seguir el viaje de introspección de las protagonistas, orquestado con una ostentosa banda sonora. Pomposo, dirían algunos. Efectivo, diría yo.

Completando el círculo de sensaciones tenemos la imagen y los colores que en cada momento nos recuerdan la naturaleza esencial con la que conviven los habitantes de Turubamba y que me hacen pensar cómo se ha ido transformando el contacto con nuestro entorno en ciudades tan numerosas como la nuestra. Entonces la peregrinación termina cuando uno logra encontrar contacto entre el motivo de la partida y la realidad, que resulta fatal para una pero redentora para la otra. Nuevamente nos encontramos frente al hombre, su espiritualidad y su medio, cualquiera sea el contexto: contaminación, injusticia, intolerancia o simplemente desamor, Altiplano nos muestra esas accidentadas geografías que componen nuestro espíritu.