Festival de Lima 2009: “Altiplano”, el poder de la imagen

El Altiplano andino es una extensa planicie de América del Sur ubicada a una altitud media de 3.600 msnm que abarca la parte occidental de Bolivia, el norte de Chile, el sur del Perú y el noroeste de Argentina.

Altiplano

El filme de ficción de los esposos Peter Brosens y Jessica Woodworth se desarrolla en mayor parte en un remoto poblado llamado Turubamba, (re)utilizando toda la colorida y vistosa imaginería propia de los nativos de la región del Valle del Colca, en Arequipa, al suroeste del Perú. Otras secuencias transcurren en agradables ambientes belgas y en el campo de batalla en territorio iraquí.

A lo largo de la cinta, Altiplano intenta transitar entre distintos registros, mostrando por momentos visos de un filme de denuncia social, con énfasis en el estilo documental, cubierto por la tragedia sentimental que ambas protagonistas deben sobrellevar, mostrada esta vez mediante representaciones simbólicas. Las imágenes aparecen en gran medida de una manera hiperestilizada, con alegorías sobresaturadas de colores y sonidos, elementos que probablemente sean de mayor atractivo pensando en un espectador europeo, pero que para ojos de un local pueden llegar a sentirse como postales bellas y a la vez vacías, perdiendo el significado que los realizadores hayan querido darle.

El poder de la imagen es el gran hilo que parece unir los cabos de Altiplano, tanto como producto fílmico y como historia narrativa. La trágica foto final tomada por Grace (Jasmin Tabatabai) en impecable blanco y negro, conversa con el video, también final, de Saturnina (una Solier rozando la sobreactuación) despidiéndose de la manera más postmoderna y mediática que me pueda imaginar para una típica pobladora del ande. Sumemos a eso, las imágenes, de nuevo en blanco y negro, de los familiares víctimas de la contaminación por mercurio (fotografías que vemos navegar por un río), y por supuesto el propio trabajo del director de fotografía del filme. Todo eso parece decirnos lo que luego se repite y subraya en algunos díalogos de la cinta: “Sin imagen no hay historia”, “Una foto nunca ha parado una guerra”, “No moriré en silencio ni siendo invisible”. (Ahora también recuerdo aquella otra frase, “Tienes que leer más historia, Max”, en respuesta a la ¿inocente? pregunta del doctor belga en estas tierras extrañas).

Me resisto a pensar que las impresionantes imágenes logradas por Francisco Gózon (director de fotografía venezolano radicado en Hungría) merezcan exhibirse en una galería o un museo, pues de hacerlo, la película pasaría a formar parte de ese panteón del que habla el crítico chileno Héctor Soto, cuando se refiere a las artes muertas que terminan colgadas en salas visitadas solo por conocedores y entendidos.

Una pregunta final que me queda en la cabeza: Los pobladores de Turubamba se refieren a los doctores extranjeros como “pishtacos”, aquellos personajes del ande peruano que extraen la grasa del cuerpo de sus víctimas para beneficio propio. ¿Llamarían a los directores estadounidense y belga “pishtacos de la imagen”?

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1 comentario

  1. Coco 2
    14 de agosto de 2009 at 16:38 — Responder

    Lazlo, aun te falta para ser crítico, mas bien pareces ser cítrico…

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