The Artist

Primer encuentro entre George Valentin (Jean Dujardin) y Peppy Miller (Bérénice Bejo).

Me pasó algo muy curioso cuando empecé a redactar esta crítica. Simplemente, no recordaba nada de esta tan comentada película, que había visto hacía apenas un par de semanas; a diferencia de otras, vistas antes y después, que dejaron una huella que ha seguido (y sigue) en mi mente desde entonces. Forzando la memoria, lo primero que apareció fueron los pensamientos negativos que había tenido luego de verla, aunque estaba seguro de haber disfrutado enormemente esta cinta. Solo entonces recordé aquellos puntos que me gustaron, así que empezaré por ahí.

“El artista” es un filme delicioso, encantador, ingenioso y técnicamente impecable. Se trata de una película en blanco y negro, 99% muda, aunque con una banda musical constante casi toda su duración. Pero lo que más destaca es la reconstrucción –pero no calco– del cine mudo de Hollywood, ya que la expresividad del trabajo actoral nunca llega a ser tan marcada ni exagerada como en las cintas originales de la época; sin embargo, se le acerca bastante.

Jean Dujardin, como la superestrella de cine George Valentin que no logra adaptarse al cine hablado, y Bérénice Bejo, como Peppy Miller, la joven actriz en ascenso que lo pretende y triunfa en el nuevo salto tecnológico, tienen un desempeño asombroso. No sólo por la expresividad de sus actuaciones, sino también por la belleza y perfección de su trabajo físico y de las coreografías que llevan a cabo, las que constituyen uno de los inesperados atractivos del filme. El argumento es bastante sencillo y se desarrolla con frescura y fluidez, al ritmo trepidante de la música, e incluye escenas irónicas y autoirónicas, así como dramáticas, además de un inevitable “rescate de último minuto”.

The Artist - Penelope Ann Miller

Doris (Penelope Ann Miller), la esposa celosa.

Esta película puede ser disfrutada por cualquier persona, le guste o no el cine, conozca o no el cine clásico que El artista homenajea. Así lo demuestra el enorme éxito de público y taquilla que consigue en todas partes. Y es que no se trata de un feliz experimento de anticuario, sino de una película que se basa en una característica importante de la cultura posmoderna contemporánea: el de un arte ligero, leve, volátil, fugaz, autorreferencial y autocomplaciente.

La cinta es de una perfección formal que encanta, asombra y entretiene; pero carece de sustancia, de referencia con el mundo o la vida: es un homenaje al cine de pura evasión y entretenimiento en un momento específico de su historia: la transición de cine silente al hablado durante los años 30 del siglo pasado en los Estados Unidos.

En tal sentido, no se intenta una recuperación de enfoques críticos o cuestionadores procedentes del cine mudo clásico. Por ejemplo, no hay el tipo de reflexión sobre los valores trascendentes o el desencanto que presiden varias de las obras maestras de Charles Chaplin. Ni tampoco la más mínima alusión a las motivaciones del productor Al Zimmer (interpretado por John Goodman), encuadradas en la naturaleza industrial del cine y guiadas por requerimientos del mercado.

La diferencia generacional que acompaña el cambio tecnológico en el argumento no es un tema que se explote, ni tampoco la competitividad impuesta por el sistema industrial ni los celos artísticos implícitos en el conflicto central de la obra. Y ni siquiera se exploran las razones por las que el protagonista no logra adecuarse al cine hablado, pese a sus evidentes locuacidad y carisma personales. Todo esto se da por sobre entendido o es eludido.

Cualquier referencia a motivaciones más profundas de los personajes o a su mundo interior ha sido reducida o ignorada. Más que por esas causas, el director se preocupa por los efectos –algunos emocionalmente fuertes, como el alcoholismo, la depresión o el suicidio– y en base a ello diseña una estructura dramática que funciona encerrada en sí misma y festeja sus propios logros, como lo hacen también Valentin y Peppy en buena parte de la película. Es más, los conflictos que padece el protagonista son resueltos y absorbidos en el esquema de la comedia romántica convencional.

The Artist - Berenice Bejo

Peppy (Bérénice Bejo) vigilando a un deprimido George.

Dado que la película es autorreferencial –es decir, trata sobre el cine y nos refiere a un determinado concepto del cine (extraordinario el comienzo, durante una función al interior de un cine)– es inevitable que asociemos sus indudables valores audiovisuales con el mundo que nos propone. Un mundo poco menos que perfecto, alegre, idílico, charming y en cual los conflictos existen pero se resuelven a velocidad de cine mudo, con música, baile y –en este caso– buen gusto francés. De esta forma, el mismo sistema que expectora a Valentin puede luego reciclarlo, gracias al amor que le profesa Peppy. Queda así a buen recaudo ese mundo de fantasía, desconectado de la vida, superficial, fugaz. Y eso explica que uno olvide la película tan pronto sale, satisfecho, de la sala de cine.

Naturalmente ello no ocurre con la crítica, que la ha galardonado por doquier (Cannes y ahora las nominaciones al Oscar). A los críticos e historiadores del cine, así como a los cinéfilos fanáticos del cine clásico norteamericano, esta cinta los encandila. Y no les falta razón.

El director Michel Hazanavicius ha apostado por recrear la especificidad del arte cinematográfico en el marco de una determinada propuesta estilística. No se ha limitado a reutilizar los códigos del cine mudo sino que ha intentado mostrar cómo el cine es un lenguaje que no requiere necesariamente de la palabra hablada; que la pura imagen en movimiento, apoyada por la música, pueden crear sensaciones por sí mismas. Sin embargo, su enfoque autorreferencial limita el potencial que subyace en la propuesta.

Ahora que lo recuerdo, un momento mágico [SPOILER ALERT] –por ejemplo– es cuando Valentin sueña con la llegada del cine hablado ¡y su pesadilla ha sido filmada con el audio completo, o sea, incluyendo el hablado! Y ese contraste emocional creado en el plano más básico del lenguaje audiovisual, que abre un abanico enorme de significaciones, se limita a cumplir solo una función, aunque ingeniosa, de carácter premonitorio; al igual que otros detalles ingeniosos de menor entidad que adornan la cinta. Se presenta, pues, “la magia del cine”, pero estrictamente restringida a esa visión del cine clásico de entretenimiento y evasión.

Esta es la gran diferencia entre “El artista” y El invento de Hugo Cabret, de Martin Scorsese, la cual también hace un homenaje al cine clásico (aunque no solo al casi omnipresente cine mudo), en la figura de uno de sus tempranos exponentes; sino que, además, conecta este arte con algunas de sus fuentes principales, como la magia, el maquinismo desarrollado con las revoluciones industriales y la modernidad. Es decir, conecta esta maravillosa cinta y a la vez el arte cinematográfico con el mundo, a través de referentes culturales, tecnológicos e históricos; vale decir, “Hugo” va más allá de donde “El artista” se detuvo, pese a que también sigue un tratamiento clásico y una dramaturgia convencional, aunque más desarrollada.

The Artist - George Valentin y Uggie

George Valentin (Jean Dujardin) sin trabajo, pero con su mejor amigo, Uggie.

Con esto llego a la primera idea que se me vino a la mente mientras veía The Artist, lo primero que recordé tras superar ese extraño olvido señalado al comienzo de este texto: esta es una película hecha para el Oscar. Ya era una gran audacia de Hazanavicius el haberse planteado una película muda que reviva el cine clásico estadounidense, por lo que a continuación ha efectuado todas las acciones necesarias para al menos conseguir un éxito de público.

Siempre me ha parecido fascinante, en el cine industrial, cómo el marketing debe compatibilizarse con (y no contraponerse a) los resultados artísticos buscados por los cineastas. Este es un caso. El realizador francés necesita llegar a la mayor cantidad de espectadores y, especialmente, al enorme mercado norteamericano. De allí que, aunque su obra es muda, las pocas palabras que se escuchan –así como aquellas que se “hablan” con el movimiento de los labios– están en inglés. Y aunque sus protagonistas principales no son estadounidenses, los ha rodeado –en roles secundarios– de conocidos actores hollywoodenses: John Goodman, el experimentado James Cromwell (como Clifton) y Penelope Ann Miller (como la esposa de Valentin).

Además, dentro de sus esfuerzos por llegar a los críticos y la Academia, “El artista” recrea un estilo de hacer cine arriba definido, a la manera de un homenaje europeo al cine yanqui, eliminando cualquier componente que pudiera salirse de ese enfoque apologético del mismo y del star system hollywoodense de la época; de allí el carácter autorreferencial y autocomplaciente de la obra, de allí la ausencia de aristas críticas o cuestionadoras. De allí las numerosas nominaciones al Oscar.

Concluyo, antes de olvidar lo que voy a escribir, advirtiendo a quienes sientan que estoy siendo demasiado exigente con esta bella película, que no soy muy afecto al cine clásico, aunque lo disfruto cuando veo buenas películas, como esta (o como la mencionada “Hugo” de Scorsese). Lo que me fascina en este caso es esa tendencia a engolosinarse con obras técnica o formalmente impecables, pero carentes de contenido; lo que implica, en traducción más elaborada, un arte cinematográfico desconectado del mundo, ignorante de sus propias raíces en una realidad y efectos sobre el público, con una puesta en escena afincada en una tradición fosilizada. A tal punto que sus efectos se vuelven tan etéreos y fugaces que uno termina por olvidarlos.

La paradoja mayor es el enorme esfuerzo y talento invertidos para lograr prácticamente nada, en términos estéticos (que no monetarios). Es más, incluso es posible que yo esté totalmente equivocado y que el futuro del arte cinematográfico se dirija hacia la producción de reciclados del pasado que nos sirvan para ocupar nuestro tiempo libre con esmerados ejercicios audiovisuales que se difuminen rápidamente de nuestras ocupadas mentes. Pero eso no lo podremos saber ya que entonces ejercitaríamos una sola función espiritual en esta materia, la del olvido.

The Artist - posterThe Artist. Dir. Michel Hazanavicius | 101 min. | Francia, Bélgica.
Guión: Michel Hazanavicius.

Intérpretes: Jean Dujardin (George Valentin), Bérénice Bejo (Peppy Miller), John Goodman (Al Zimmer), James Cromwell (Clifton), Penelope Ann Miller (Doris), Ed Lauter, Malcolm McDowell (conserjes), Missi Pyle (Constance).
Música: Ludovic Bource.

Estreno en Perú: 23 de febrero de 2012
Estreno en España: 16 de diciembre de 2011.