Al filo de la ley, película peruana dirigida por los hermanos Juan Carlos y Hugo Flores, y protagonizada por Julián Legaspi y Renato Rossini (que además es productor de la misma), es una película lamentable. Trata de ser una película de acción que cuenta la historia de dos ex criminales reclutados por la policía que se infiltran en un cartel del narcotráfico para capturar al líder. Digo trata, porque no va más lejos del intento. Se queda en sólo buenas intenciones.

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El guión es flojísimo y lleno de vacíos, la dirección de actores es mala y la edición pésima. Es un continuo sinsentido de escenas y diálogos intrascendentes, adornado con presencias femeninas como si fuesen pedazos de carne exhibidas en una carnicería. Es triste ver a dos actores que supuestamente tuvieron su “momento de gloria” hace veinte años querer ser lo que ya no son. Ambos se niegan a reinventarse, viviendo estancados en la década de los noventa. Como consecuencia la película deambula entre camisas a cuadros típicas del grunge noventero, casacas de cuero de la época de la miniserie El ángel vengador: Calígula, y ternos propios del Rocky Belmonte de “Fantástico”, de hace más de dos décadas.

Una pena por un actor de la talla de Reynaldo Arenas, quien tiene un papel sobreactuado, absolutamente estereotipado, lleno de lugares comunes y rozando lo caricaturesco. Hay una escena con una explosión que debe estar entre las tres peores escenas de la historia del cine peruano. La cinta tiene errores serios de continuidad y personajes intrascendentes, como el de Karen Dejo, que no aportan nada a la historia. Y así un larguísimo etcétera de yerros. Lo único por rescatar sería la banda sonora con grupos importantes de nuestra escena como La Mente o Por hablar.

La dupla Legaspi – Rossini, a pesar de ser amigos hace muchos años, no transmite esa química que debería mostrar ni da esa cuota de credibilidad que siempre es necesaria. Se limitan a entablar diálogos pobres, que tratan de ser ocurrentes y desenfadados pero que obtienen el resultado contrario.

El cine peruano viene creciendo en cantidad, pero no en calidad, salvo casos puntuales. Ver en la pantalla grande a “actores” como Antonio Pavón o Xoana Gonzáles es preocupante y se ve que es sólo una estrategia de marketing para llevar gente a las salas. Y para terminar es increíble que Al filo de la ley culmine insinuando una posible secuela. Sería un exceso.