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[Crítica] «Amistad sin fronteras» (Green Book)

Siempre he tenido un cierto prejuicio contra esas películas que buscan demostrar algo, llámese películas de tesis o simplemente que quieren dejar un “mensaje” o moraleja. Me molesta que se nos entregue todo “digerido”, orientado (muchas veces manipuladoramente) hacia una sola idea y generalmente con un diseño maniqueísta. Peor aún, cuando estoy de acuerdo con esa idea. He preferido, en cambio, aquellos productos artísticos que reflejan la complejidad y riqueza de lo humano; especialmente si lo hacen trabajando con el lenguaje cinematográfico y valores estéticos. Puestas en escenas donde la idea a demostrar deba competir con otras de igual o parecida fuerza dramática.

Sin embargo, con los años de consumo audiovisual, he comprendido que existen películas necesarias; es decir, hechas para suplir una necesidad social de visibilización, denuncia, reconocimiento y/o aceptación de hechos, grupos o ideas (derechos) por parte de la sociedad. Películas que buscan no solo el entretenimiento sino que este ayude también a entender (y haga reflexionar y pensar) al espectador sobre problemáticas específicas, por lo general, injusticias sociales. Obras, a veces, sin pretensiones artísticas, más allá de la aplicación de recetas eficaces y una dirección (que ocasionalmente supera lo) artesanal, y que cumplen satisfactoriamente su objetivo.

Una película necesaria… y más

“Una amistad sin fronteras” pertenece a este tipo de películas necesarias y que, ciertamente, van un poco más allá de lo artesanal gracias, primero, a un guion muy bien armado –en base a humor y drama– para explotar con éxito los ángulos más agudos del nacimiento de una amistad entre dos personajes con personalidades y características socioculturales opuestas: Tony “Lip” Vallelonga (Viggo Mortensen) y el Dr. Don Shirley (Mahershala Ali). Las sobresalientes actuaciones de estos dos grandes actores constituyen el segundo pilar que eleva esta cinta más allá de la artesanía.

Tony es un matón italoamericano, blanco, vulgar, inculto, eficaz en su oficio (sabe cómo saltarse la ley, cuándo y cómo ser rudo, y cuándo no serlo; y, en tal caso, sabe también cuándo y cómo negociar, e incluso arriesgarse y manipular a los poderosos). Además de amante de su familia pero con prejuicios racistas hacia los afroamericanos. Mortensen lo interpreta con un variado registro que va desde la frialdad profesional y la brutalidad matizada de inteligencia emocional hasta el afectuoso paternalismo hogareño, la glotonería extrema y el mal gusto.

Inesperadamente, y un poco por necesidad, Tony se ve obligado a trabajar como chofer para un destacado y algo extravagante pianista negro: el Dr. Shirley. Este reivindica a sus ancestros africanos, es un cultor virtuoso del jazz y la música clásica, refinado en extremo, bebedor, soberbio, culto, solitario, distante y respetuoso de la ley. Ali lo representa con pétreo hieratismo, el cual se va quebrando sutilmente en situaciones en que se ve obligado a exhibir sus vulnerabilidades emocionales.

A partir de este planteamiento inicial, se desarrolla una eficaz contraposición de caracteres que se apoya en el racismo concebido como un combo de discriminaciones (por raza, nivel socioeconómico, grado de instrucción, género), solo que con los roles intercambiados. Es decir, algunos estereotipos comúnmente atribuidos al hombre blanco los tiene en gran medida el personaje negro, y viceversa. A lo que se suma –merced al esquema de una road movie– que tan peculiar pareja se traslade desde Nueva York a una gira artística por los estados sureños de los Estados Unidos durante 1962, con la segregación racial socialmente vigente. De esta forma, los cruces de personalidad, raza, nivel socioeconómico y género se intensifican y complejizan por el contraste entre el Norte, relativamente tolerante, y el Sur, donde la segregación es abierta.

Desde el punto de vista narrativo, conocemos primero cómo es Tony y, luego, desde el inicio de la gira vamos descubriendo las características del músico afroamericano. Al comienzo, el juego de contrastes es muy divertido, con algunos momentos hilarantes, pero gradualmente van emergiendo las situaciones más dramáticas; aunque el filme nunca abandona del todo su tono rumboso. El director Farrelly realiza un juego virtuoso en el cual utiliza los estereotipos para destruirlos, mostrando la racionalidad social de la diversidad, la tolerancia, el respeto a la dignidad de las personas y la necesidad de igualdad ante la ley; frente a la irracionalidad e injusticia de los prejuicios raciales (y, específicamente, la segregación), además de los socioeconómicos o de cualquier tipo.

En otras palabras, la película exhibe una amplia gama de situaciones entre las cuales, por ejemplo, se observa que entre afroamericanos pueden manifestarse (y superarse) prejuicios artísticos y por diferente nivel de instrucción. Y, a la inversa, hombres blancos heterosexuales pueden enfrentarse por defender a varones negros y gays, incluso en el contexto de segregación racial en los 60. El cuestionamiento y ruptura de estereotipos está a la orden del día en esta película, de tal forma que se evita caer en el esquematismo o el maniqueísmo. La discriminación se manifiesta a través de situaciones de conflicto (interno y externo, de los personajes) y no de un rígido (y preconcebido) esquema binario.

De otro lado, conforme avanza la gira, ambos personajes terminan apoyándose mutuamente en sus distintas y hasta opuestas habilidades, y en ámbitos también contrapuestos. Tony –el matón con habilidades blandas– ayudando a Shirley a sobrevivir en un contexto social adverso de inseguridad y violencia; y el músico –solitario y culto– “civilizando” un poco a su guardaespaldas y manteniendo viva su (transitoriamente epistolar) relación de pareja y familiar.

Pero la película va más allá de este hábil diseño dramatúrgico en torno al racismo. Hay al menos dos aspectos adicionales que amplían los espacios de una mera sucesión de situaciones demostrativas.

Uno es la íntima frustración artística de Shirley, cuyos productores lo obligan a tocar un jazz estilizado porque en su visión prejuiciada un negro no podía descollar en el pianismo clásico, para el cual él se había preparado y estaba perfectamente capacitado. El resultado es que su arte se desenvolvía en un ámbito midcult cuando él aspiraba a desarrollarse y ser reconocido en la esfera de la alta cultura; de allí también su mirada prejuiciosa sobre la música popular afroamericana.

Otro es que para superar y vencer los prejuicios racistas (internos y sobre todo externos) los personajes (y especialmente Tony) deben tener un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad. Esto ya de por sí es provocador y, hasta cierto punto, políticamente incorrecto. Las malas artes que Lip conoce gracias a sus trajines en los bajos fondos neoyorquinos resultan eficaces e inevitables en un contexto de segregación racial e inseguridad, ya sea en los ambientes sureños más emperifollados como en los más pobres.

Al mismo tiempo, esa experiencia de Tony en ambientes liminales (en el Norte) le permiten comprender y aceptar transgresiones sociales (en el Sur), como la homosexualidad. Y esa misma liminalidad afecta a Shirley, como personaje que no logra ubicarse del todo ni en el mundo de los blancos ni en el de los negros. Hay aquí un juego de espejos entre ambos personajes, de experiencias similares en sus respectivos ámbitos sociales y culturales que los acercan y cimentarán sus lazos amicales. Más aun, es posible intuir que la misma condición de ítaloamericano de Tony (un personaje de origen “foráneo” y que labora en ambientes marginales), de alguna manera, lo haga solidarizarse –en su fuero interno y quizás sin ser del todo consciente– con el personaje negro, de similares características.

Finalmente, la película sugiere también que en una sociedad racista o discriminadora la corrupción es un mecanismo de supervivencia social inevitable y que funciona tanto en la policía como en la elite blanca dominante. En cambio, y de acuerdo con lo mostrado en el filme, en la sociedad no segregada la corrupción no sería un fenómeno tan generalizado ya que habría igualdad ante la ley y no tanto prejuicios; para lo cual Farrelly incluye escenas con policías en el Sur y en el Norte, con resultados muy distintos.

En suma, si tomamos las sucesivas secuencias de manera aislada, la película podría verse como una colección de episodios demostrativos. Pero lo interesante es que la articulación de estos episodios y sus componentes contrastantes nos conducen –por la vía de la ruptura de los estereotipos y el cuestionamiento de los prejuicios– a explorar la diversidad de lo humano; tanto en términos individuales (conflictos internos de los personajes, especialmente Shirley) como sociales (conflictos externos de los protagonistas y cuya resolución está a cargo principalmente de Tony). Mientras que la contraposición entre igualdad ante la ley versus segregación racial no llega a ser maniquea (buenos vs malos), ya que el racismo (prejuicios) impregna también –en alguna medida– a los héroes de esta historia.

Fronteras diferentes

Es muy interesante hacer el paralelo entre esta película y “La mula” de Clint Eastwood. Ambas tienen como asunto el racismo y la discriminación en Estados Unidos, son road movies con situaciones que ilustran esos temas (una contra los negros y la otra contra los inmigrantes mexicanos), ofrecen enfoques que destacan la diversidad y complejidad humanas (en distinta y contrapuesta medida), sus protagonistas están fuera de la ley (uno parcial y el otro totalmente), se dan situaciones de transgresión social, y ambas combinan humor y drama.

Entre las diferencias podríamos mencionar que una transcurre en los años 60 y la otra en el presente (alrededor de 2014), pero un presente en el que las tendencias racistas del siglo pasado resurgen en el país del Norte. Otra es que el filme de Eastwood contiene provocadoras situaciones de humor políticamente incorrecto sobre negros y lesbianas, perversamente engarzados, justificados y apañados por la aparentemente inocente y apacible senilidad del protagonista; mientras que la cinta de Farrelly apenas si contiene algún “exceso” de incorrección (específicamente cuando Tony le impone a un reticente Shirley que coma el pollo-chatarra que comen los negros, reforzando presuntamente el estereotipo).

Sin embargo, hay una diferencia más importante entre ambas obras. En “Una amistad sin fronteras” la estructura dramática está subsumida casi totalmente en un cierto didactismo narrativo puesto al servicio de la ilustración de las ideas antes mencionadas, con una situación dramática acotada (inicio de una amistad) y siendo su desenlace algo complaciente y hasta previsible. En cambio, “La mula” desarrolla –en paralelo con la temática polémicamente antidiscriminatoria– una situación puramente dramática en base a la relación del protagonista con su familia directa (hija y esposa), que engloba toda una vida y lo lleva por el camino de la culpa y expiación, en el marco de un enfoque romántico y, a la vez, realista. En otras palabras, en este filme el enfoque antidiscriminatorio se enfrenta a obstáculos tan o más fuertes: la valla alta de la transgresión y el egoísmo masculino.

Dado mis propios prejuicios, enunciados al inicio de esta reseña, es lógico que prefiera el enfoque de Eastwood, sobre todo porque me parece más verosímil y alineado con la conocida frase atribuida a Albert Einstein según la cual “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”; a la vez que (me) atraen más los personajes cuya honestidad los lleva a ser fieles a sí mismos incluso en sus aspectos más negativos y son consecuentes hasta el final. Hay un fondo de escepticismo y amargura que subyace en el levemente irónico desenlace de “La mula”. A diferencia del cierre más convencional de la cinta de Farrelly.

No obstante, he dejado para el final una similitud más entre ambas películas: están basadas en hechos reales. Cierto que la obra de Eastwood se apoya solo muy vagamente en la anécdota y el personaje originales, los que son puestos al servicio de la particular visión del director. Pero lo importante es que en “Una amistad sin fronteras” sí se comprueba que tal amistad interracial es dable y que los potenciales valores interculturales que encierra esta relación –aunque quizás difíciles de lograr– son factibles en la realidad.

En consecuencia, es posible oponer al escepticismo einsteiniano una modesta ley elemental de la física, según la cual, polos opuestos se atraen. En otras palabras, ambos enfoques son perfectamente válidos, más aún en los tiempos actuales, en que requerimos de estas buenas y necesarias películas.

Green Book
EEUU, 2018, 130 min.
Dirección: Peter Farrelly
Interpretación: Viggo Mortensen (Tony Lip/Vallelonga), Mahershala Ali (Dr. Don Shirley), Linda Cardellini (Dolores), Sebastian Maniscalco (Johnny Venere), Dimiter D. Marinov (Oleg). Guion: Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie y Peter Farrelly.

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1 comentario

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