[Crítica] «El faro», con Willem Dafoe y Robert Pattinson

“El faro” es una de las experiencias más intensas que haya tenido en el cine en un buen tiempo. La segunda película del director Robert Eggers —luego de la excelente “La bruja”— es una perturbadora exploración de la masculinidad tradicional, un descenso a la locura y a la confusión, vista desde la perspectiva de un personaje en el que no siempre podemos confiar. Visualmente espectacular, y protagonizada por dos grandes actores en sus mejores momentos, se trata de una de las más gratas experiencias cinematográficas que se puede tener por estos días. Es una verdadera pena que el “El faro” (The Lighthouse) no tenga una fecha de estreno confirmada para el Perú. Habrá que seguir cruzando los dedos.

¿Qué pasa cuando dejas varados a dos hombres en una isla dominada por una estructura fálica, durante varias semanas? ¿Y qué pasa si los aíslas del mundo, rodeados por una tormenta aparentemente interminable? Esas son algunas de las preguntas que “El faro” pretende contestar —y aunque las respuestas que le termina dando al espectador no son del todo claras, uno puede estar seguro que la experiencia de ver esta película resonará de manera muy potente en la mayoría de espectadores. No se trata de un thriller ni de una película de “terror” convencional; más bien, y al igual que con “La bruja”, lo que Eggers trata de hacer es desarrollar una palpable atmósfera de tensión y suspenso a través de imágenes verdaderamente perturbadoras, y a través de las interacciones —cada vez más erráticas— de sus dos protagonistas. No busquen jump scares ni una narrativa convencional. Lo que “El faro” ofrece es algo un poco más complejo, pero a la larga, bastante más satisfactorio.

“El faro”  se lleva a cabo a principios del siglo 19. Nuestros protagonistas son Ephraim Winslow (Robert Pattinson) y Thomas Wake (Willem Dafoe). El primero ha sido enviado a trabajar a un faro en medio de una isla por cuatro semanas, bajo las órdenes del segundo, un ex marinero que le tiene mucho recelo a la edificación que comanda. De hecho, él es el único que se encarga de ir a la cima del faro; todo lo que hace Ephraim es limpiar la casa, meter carbón en el motor del faro, y en general, mantener el lugar el orden. Y como Ephraim, un hombre más bien callado y reservado, no parece llevarse muy bien con el alcohólico y expresivo Thomas, sus primeras interacciones no terminan siendo del todo amistosas. Pero poco a poco, y mientras los días van pasando, los dos hombres se van haciendo más cercanos, desarrollando una amistad aparentemente real… hasta que un evento en particular —relacionado a una fastidiosa gaviota— parece desencadenar una serie de sucesos cada vez más extraños y peligrosos.

Nuevamente, Eggers demuestra estar obsesionado con la verosimilitud de las películas que dirige. “El faro” está presentada en un formato 1.19:1, casi cuadrado, como el que se usaba en las primeras películas con sonido de principios del siglo pasado, y fue filmada en blanco y negro, con celuloide y lentes de la misma época, para otorgarle una estética anticuada a la película. Esto, junto con el excelente diseño de sonido —la sirena del faro, así como el sonido de las olas y de las gaviotas, y por qué no, las flatulencias de Thomas, están siempre presentes—, ayudan a sumergir al espectador en el mundo de “El faro”. Adicionalmente, todo el diálogo, inspirado en antiguos cuentos de marineros y la investigación realizada por Eggers, hace uso de frases y palabras de la época, lo cual termina por otorgarle un nivel de realismo visto con poca frecuencia en producciones de este tipo.

Porque “El faro” no es una cinta convencional en lo absoluto. Interesado más en psicología de sus personajes y en la manera en que la percepción de los eventos se distorsionan mientras Thomas y Ephraim van perdiendo la cabeza, “El faro” introduce muchas imágenes increíblemente simbólicas, las cuales hacen que el espectador confunda la “realidad” con la fantasía. ¿Qué fue lo que pasó de verdad con el bote que Ephraim trató de robar? ¿De verdad duró tanto la tormenta? ¿Cuánto tiempo estuvieron ambos hombres atrapados en la isla? ¿Y qué es lo que verdaderamente hay en el último piso del faro? El filme introduce muchas interrogantes, y como la mayoría de eventos son vistos desde la perspectiva de un “narrador poco confiable”, es casi imposible saber cuáles son las respuestas.

Lo cual, al final del día, no importa demasiado. Parte del “encanto” (por así llamarlo) de “El faro” está en la sensación de confusión y repulsión que genera en el espectador; en las imágenes grotescas que presenta —digamos que uno llega a ver prácticamente todos los fluidos que los cuerpos de Ephraim y Thomas podrían expulsar—, y en la simbología que introduce para representar la locura de ambos. No se trata de una película para cualquiera —consideren, sino, la secuencia en la que la cámara explora la anatomía entera de una sirena (Valeriia Karaman); las frecuentes escenas de masturbación, o el plano final de la película, el cual, evidentemente, no pienso revelar aquí. “El faro” no es una película optimista ni mucho menos; es una historia sobre arrogancia y arrepentimiento, sobre dos almas que son castigadas y que, aparentemente, son parte de un eterno ciclo de muerte y sufrimiento. (Saber algo sobre el mito griego de Prometeo podría ayudar a entender mejor la película).

Tanto Willem Dafoe como Robert Pattison dan magníficas actuaciones. El primero es casi una parodia del marinero rudo de antaño; pura barba y bigote, pedos y alcohol chorreándose por su mentón. Dafoe tiene algunos de los monólogos más memorables de la cinta, y convierte a su personaje en una figura misteriosa, la cual trata de engañar a Ephraim, desorientándolo y confundiéndolo. Agréguenle a eso el hecho de que muchas veces lo vemos desde la perspectiva de Ephraim, y Thomas se convierte en un personaje muy complicado de interpretar. Por su parte, Pattinson maneja una energía más apagada como Ephraim (al menos al inicio), lo cual ayuda a desarrollar su lento descenso a la locura de manera más creíble. Sus ojos se van haciendo más grandes; sus actitudes más alocadas y sus reacciones más imprevisibles. Quienes lo consideren todavía como “El Vampiro Brilloso de Crepúsculo” deberían darse cuenta, con esta actuación, que Pattinson ya superó dicho rol hace bastante tiempo. Me muero de curiosidad por ver lo que hará con Batman en la película de Matt Reeves.

“El faro” es una de las varias películas que, desgraciadamente, han sido prácticamente ignoradas por premiaciones como las del Oscar. Sí, su nominación a Mejor Dirección de Fotografía está muy bien merecida —el uso de las sombras, así como de los planos cerrados y los ambientes claustrofóbicos, ayudan a transmitir la atmósfera de desesperación—, pero también debió ser nominada, al menos, a Mejor Director, y Mejor Actor (para Dafoe, Pattinson, o ambos). Se trata de un filme hecho con dedicación, en el que ningún plano falta ni sobra, y en donde Eggers demuestra ser un maestro de la verosimilitud, la tensión y el simbolismo. Espero que alguna distribuidora se anime a estrenar “El faro” en el Perú —es una película que, estoy seguro, atraería a un público muy apasionado, y que merece ser vista en la pantalla grande. Tiene demasiadas imágenes —potentes, inquietantes— que se quedarán grabadas en mi mente por un buen tiempo.

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