Tras la muerte de su madre, la vida de Sophie (Natalie Shershow) ha experimentado un punto de inflexión. En una escena significativa, la adolescente parece decidir qué es aquello que la “ayudará” a sobrellevar ese dolor. Luego de unos segundos de meditación, ella opta por deshacerse de todo un arsenal de somníferos. Sophie Jones (2020) a primera vista podría interpretarse como un testimonio más del descubrimiento sexual en una adolescente, pero el hecho que esta etapa se inaugure posterior a un duelo perfila a esta manifestación no como un acto de madurez, sino de depuración. Para Sophie, el sexo se convierte en un canal de desfogue emocional, un medio que tiene la función de un placebo, el cual la mantiene “sedada”, entretenida, al punto que ha perdido vínculo alguno con el goce, razón por la cual se extraña cuando su amiga le comenta ese tema. El descubrimiento sexual de Sophie se ha despertado en el peor momento, y es que su estado pesaroso le impide transitar al placer. El único efecto que le deviene a Sophie después del acto sexual es el displacer.

Desde una lectura psicoanalítica, la adolescente reconoce al sexo como un acto tanático, aquello que desea alcanzar y que cuando esto sucede solo le genera autodestrucción. Pasa que todo acercamiento de Sophie hacia algún hombre trae como consecuencia un atentado contra ella, sea en un plano físico o social. Desde una marca en el cuello hasta una “mala fama” que comienza a expandirse a su alrededor van modelando a una Sophie muy opuesta a lo que fue antes de su desgracia familiar. Sophie Jones es un drama que se escapa de los síntomas convencionales o inmediatos al preferir darle una dimensión más hermética que se evalúa desde una experiencia adolescente, etapa ensimismada y confusa por excelencia. La directora Jessie Barr aprovecha ese ciclo efervescente por el descubrimiento no solo sexual, sino también sentimental, ese otro placer al que también Sophie desea tomar distancia. Hasta cierto punto, es una película melodramática, a propósito del acto de resistencia del querer, interpretado además como una necesidad de preservar el dolor.