Corpus Christi (2019), película dirigida por Jan Komasa, trata sobre un joven polaco internado en un centro de detención de menores que sueña con convertirse en sacerdote. Sin embargo, su vocación tropieza con el hecho de que cometió un crimen en el pasado y por ende no puede ser aceptado en ninguna orden. Este es el punto de partida de una historia que tiene como protagonista a Daniel, un muchacho que no puede sino pasar sus días en el correccional jugando a ser un monaguillo frustrado, asistiendo al cura de la institución.

La elección de Bartosz Bielenia como protagonista es un gran acierto porque su actuación es sublime. Él logra atravesar con sus gestos y su mirada el muro que separa la bondad del espíritu de la mediocridad y la vileza. Esto puede percibirse cuando sale del internado y un guardia, dentro de un bus, le pide que apague el cigarrillo. Ahí podemos ver cómo del susto de tener que fumar en un espacio cerrado para poder calmar los nervios pasa a desafiar a la autoridad preguntándole qué podría pasarle si no le hace caso. Esto lo logra con un leve movimiento de los labios y un cambio de tono en la mirada que hacen fiable al personaje en sus emociones. De allí en adelante, el actor logra sostener cada uno de los roles que demanda su papel. Por ejemplo, cuando debe fingir que puede dirigir una misa o absolver los pecados de los creyentes lo hace con absoluta naturalidad frente al público. También su transición de delincuente juvenil a preso reformado y finalmente a sacerdote carismático es posible porque tiene una sensibilidad que le permite trascender los estereotipos en su actuación. Por eso, como interno es cómplice de abusos, pero al mismo tiempo no duda en transformarse en ayudante estrella del cura cuando le conviene. Otro ejemplo: se muestra compungido por su incapacidad para entrar al seminario como sacerdote, pero igualmente golpea de forma salvaje a otros presos y obedece sin miedo la orden de cerrar la puerta cuando alguien quiere violar a otro.

En cuanto al guion, es notable cómo discute el tema de la masculinidad. Por un lado nos muestra a un muchacho frágil que debe salir al mundo exterior (no olvidemos que Daniel necesita drogas para hacer la transición) y luego pone a ese mismo chico en el papel de sacerdote, totalmente entregado a convertirse en el liberador de una comunidad. Igualmente, la historia muestra cómo el joven es descubierto y confrontado por uno de sus ex compañeros en el reformatorio. En este caso, el conflicto se resuelve desde la lógica de la supervivencia, pues ambos se alcoholizan y consumen estupefacientes en lugar de colocarse en la posición del otro. Es decir, ambos optan por la autodestrucción para evitar conectarse con sus necesidades personales y de esta manera cierran un círculo de culpa y opresión. El resultado predecible entonces es que el intercambio entre ambos termina por desterrarlos y llevarlos al sitio de partida: el internado. Ese lugar donde se hicieron hombres en confinamiento, un espacio donde el tiempo transcurre para todos por igual: las comidas, los momentos para el aseo personal, las actividades deportivas, entre otras, son siempre las mismas, lo cual no permite que el tiempo personal pueda ser transformado con alegría. En síntesis: un cuerpo disciplinado es un cuerpo sin intimidad, donde no hay accidentes que permitan una masculinidad segura, enraizada en el no saber. Por ende, como todos sospechamos, el temor más común en este tipo de recintos es el de la violación sexual porque implica haber bajado la guardia. 

En general, la representación de las cárceles en el cine cuentan con una iluminación tenue supuestamente para dar una sensación de temor. Pero en verdad esto no es exacto, porque el ambiente lúgubre lo que hace es dotar a la intimidad de un aire de recelo, de algo místico a lo que no se puede acceder del todo. En Corpus Christi el reformatorio tiene el velo de la oscuridad porque no aspira a describir cómo se vive supuestamente dentro de un lugar así, sino a describir lo que el director considera que es posible que se dé, porque la redención solo puede estar en el discurso del otro, en cómo él nos ve y en cómo nos llega su mensaje en la eterna huida por salir ileso de una institucionalidad que para el autor es exclusivamente una ficción.