Interesante la última película de la peruana Claudia Llosa, no solo por lo significativo que representa la orientación narrativa que le otorga a su relato, sino también porque esta marca un cambio dentro de su filmografía dominada por una aguda sensibilidad hacia lo simbólico. Distancia de rescate (2021) nos cuenta una convivencia entre dos mujeres y sus respectivos hijos dentro de un escenario en retiro. ¿Qué significa el tránsito de la ciudad al campo? Las dos protagonistas, en principio, representan las dos caras de la moneda, dos perspectivas contrarias a lo que figura la vida en el campo. Estamos hablando pues de una convergencia entre la apacibilidad y el caos dentro de un mismo entorno. Esto, definitivamente, se estimula también a partir del efecto que genera el retiro o encierro y las relaciones humanas. Ahí están películas de Ingmar Bergman, como El silencio (1963) o Persona (1966), así como tantas más de Roman Polanski, caso Repulsión (1965) o Cul-de-sac (1966). Estos son escenarios en donde las mujeres —también predominantes en la película de Llosa que describe a hombres manteniéndose al margen— son víctimas de los nervios producto de un territorio que las limita a escapar de los efectos propios del entorno o de los mismos habitantes de este, con quienes hasta cierto punto comienza a crear una pugna, desatándose así un combate de emociones.

Pero Distancia de rescate no es un filme empeñado en enfocarse en el drama de dos mujeres en crisis, sino más bien en la existencia de un agente que indirectamente suscita y hasta empuja a las protagonistas al estado de desorientación. Aquí es importante el estilo de narración que la directora peruana le diseña a su historia, formalidad que despista en cierta manera la presencia de ese “monstruo” que se extiende en el hábitat rural. “Los detalles son importantes”; repite continuamente uno de los personajes de esta trama. Sin darse cuenta, estas mujeres están siendo arrimadas poco a poco a la orilla de un acantilado. Entrar a ese foso es la perdición. No hay salida ni deus ex machina que pueda salvarlas, no al menos dentro de este estado en retiro. ¿Cómo luchar entonces contra ese peligro invisible? Es tal vez una de las grandes preguntas que formula Llosa al final de la experiencia. Obviamente, su historia no pretende responder, sino tan solo ver las incidencias, los síntomas y la consumación de las cosas. Es como ver Tiburón (1975), pero sin las escenas mar adentro. Me refiero a una película que también nos estimula a la desorientación, nuevamente, alentada por el discurso de narración que continuamente salta los tiempos, vemos repetir escenas u observamos la misma, pero con una perspectiva cambiada. Es una película ligeramente compleja, pero que retorna para que el espectador mire esos detalles.

Ahora, ¿qué pasa cuando no comprendemos la naturaleza de algo? Nos enfrentamos a algo desconocido. ¿Y qué sucede cuando comienza a gestarse un peligro o a concretarse una agresión que viene de esa naturaleza incomprensible? Entonces estamos a la merced del terror. Distancia de rescate no está lejos del género de terror. Es, posiblemente, esa película que M. Night Shyamalan le hubiera gustado hacer. Llosa gestiona el suspenso de principio a fin a raíz de la ignorancia, la miopía o la falta de concientización de sus personajes, estos inmersos en sus egoísmos o simplemente resignados a las circunstancias, esos hechos inexplicables que se han asumido como parte del orden del entorno. Es la aceptación del monstruo, mito o enfermedad que se hizo más grande y con el que hay que convivir. Es un acto de resignación síntoma del alejamiento con el exterior, tanto físico como humanitario. Distancia de rescate es de interés porque es una película comprometida que toma la forma de un relato con un perfil de thriller o película de terror sostenido por un lenguaje de narración no convencional. Hay pues un consenso de orientaciones fílmicas empeñadas en tocar un tema actual y urgente para la coyuntura. Basta reflexionar el final de la película para poder entender qué tan crítica es esta situación que nos está empujando al pie del acantilado.