«Marty Supreme» (2025): en el otro juego, él siempre pierde


Marty Supreme parece la continuación razonable del cine de Josh Safdie, una filmografía entera dedicada a los antihéroes de clase trabajadora: personajes acostumbrados a los trucos de poca monta, ambiciosos por naturaleza y altamente egoístas en sus pretensiones, canallas que persiguen un sueño ante todo obstáculo y que resultan culpables de la mayoría de sus desgracias. Connie Nikas, el protagonista de Good Time (2017), es un ladrón de bajo perfil que se aprovecha de su hermano discapacitado y que se ve forzado a conseguir cuánto dinero pueda en una noche de crimen para sacarlo de la cárcel. Howard Ratner, un comerciante de joyas con clientes de la élite neoyorquina, se pasa todo Uncut Gems (2019) elaborando complejas mentiras y haciendo lo posible para creérselas. Las películas de los hermanos Safdie, intrépidas y caóticas en su estilo, suelen funcionar como una versión retorcida y ultramoderna de la comedia de errores, y, ante la potencial caída de los personajes ante el peso del sistema, como una sátira social con ciertos ecos de tragedia. Así, tiene sentido que Marty Mouser, el protagonista de Marty Supreme, replique parte de este arquetipo de granuja egocéntrico y demasiado confiado para su propio bien, excepto por una pequeña, pero crucial diferencia: a diferencia de los otros, él de veras tiene un talento extraordinario, lo que hace que sus constantes tribulaciones y caídas parezcan incluso más trágicas para la audiencia. 

Marty es un jugador de tenis de mesa profesional acostumbrado a perder, no por falta de habilidades, sino por falta de dinero: sin apoyo de sponsors, Marty tiene que ganarse la vida como vendedor en una tienda de zapatos, rogándole a su tío, el dueño del lugar, que le preste los cientos de dólares que necesita para competir en las grandes ligas. En ese sentido, Marty también pierde por falta de suerte: su tío le cobra hasta el último centavo con ayuda de la policía; Marty le gana al jugador favorito en la semifinal, pero pierde la final con un novato japonés; en su camino se cruzan empresarios embusteros, maridos violentos, gánsteres amantes de los perros y otros tantos personajes amenazantes. De todas maneras, si somos honestos, Marty suele perder no por una falta en concreto, sino por el exceso: el exceso de confianza en sí mismo, la extrema mentalidad ganadora, la creencia firme e inviolable de que para ser el mejor hay que creérselo primero. Más allá de la actitud patanesca, esta actitud lleva a Marty a meter la pata cada que puede: mantiene un affaire con una mujer casada (Odessa A’zion) y se enamora perdidamente de una actriz en decadencia (Gwyneth Paltrow) casada con un sponsor millonario; le debe dinero todo al mundo, partiendo por su tío y su madre; se gana las antipatías de la federación del tenis de mesa por su displicencia y sus caprichos; se mete en pleitos con sujetos del hampa simplemente por cobrar unos dólares extra. 

Buena parte de la tensión en Marty Supreme, más allá de los numerosos giros de guion que inserta Safdie para castigar al personaje principal, depende de la constante duda entre lo que Marty puede o no puede hacer para cambiar su destino y, por tanto, el dilema de la audiencia en torno a si seguir de su lado o no. Esta es la misma tensión que sigue a Connie y a Howard en las otras películas de canallas de los Safdie, y es el conflicto principal que puede rastrearse hasta Heaven Knows What (2014), de las primeras películas de los hermanos, la historia (autobiográfica, además) de una joven neoyorquina adicta a la heroína y forzada a sobrevivir en la calle. En las historias de los Safdie siempre se resaltan las grietas estructurales del modelo estadounidense, y estas facilitan las constantes crisis de los personajes: el acaparamiento de deuda ante la constante financiarización de los servicios básicos y el aumento del costo de vida; la violencia y represión de actores estatales como la policía; el sistema corrupto que mantienen las élites y que se alimenta de granujas que fungen como mediadores entre ellos y el bajo mundo; o la presencia incrustada del crimen organizado en toda dimensión de la vida social y en cada oportunidad de negocios. Eso sí, a la vez, el guion de Josh Safdie parece insistir en cada una de las acciones de sus personajes, por más pequeñas que sean, que se tornan pasos en falso, y que los condenan a hundirse aún más profundo. 

Marty Supreme está llena de momentos así, y buena parte de sus aciertos cómicos dependen del resultado de estas pequeñas acciones impulsivas y torpezas sociales. Cada una de ellas (el capricho de quedarse una suite de hotel, las relaciones carnales en un parque público, la amenaza a gritos a un empleado de una tienda, la jugarreta al dueño de un perro o las estafas a jugadores de boliche) regresan como búmeran directamente contra al personaje. Este estilo de comedia, que recuerda mucho a Seinfeld o Curb Your Enthusiasm, funciona en buena medida por el peculiar carisma del protagonista, astuto y torpe a la vez, lo que más difícil determinar el por qué sus acciones. Podría tratarse, quizás, de una suerte de atracción al peligro y las emociones extremas: películas como las de los Safdie se sienten como un juego de rol con nuevos obstáculos cada minuto, y en Marty Supreme el paralelismo entre la emoción del tenis de mesa y la adrenalina de vivir al borde es más que evidente. Podría tratarse de una cruzada moral del personaje para ser tomado en serio: un judío americano de clase trabajadora en un EE UU en plena recuperación económica y a pocos años del Holocausto. O bien podría tratarse de un capricho de juventud: Marty, como otros protagonistas en las películas de Safdie, tiene mucho que cargar siendo muy joven, y su estilo impulsivo y contraproducente puede ser, en verdad, una forma desesperada de ganarse su lugar en el mundo. 

Lo más estimulante de Marty Supreme, entonces, es la manera en que cada una de estas acciones deviene en un problema más grande y las formas creativas con las que estos se suceden (y son sorteados por Marty) en la pantalla. Josh Safdie, en su primer esfuerzo como director sin compartir crédito con su hermano, parece tomar lo más arquetípico de su estilo (las tomas rápidas y la cámara en mano, los diálogos atropellados y la música industrial, los primeros planos en los rostros sudados de los personajes) y llevarlo hasta su versión más madura y elegante: la puesta en escena parece más compacta que en anteriores películas y la comedia está mejor insertada dentro de la tensión creciente en la pantalla. Marty Supreme, eso sí, sigue siendo una experiencia particularmente estresante: Nueva York se filma desde los bordes, las calles húmedas y sucias, el cielo grisáceo, los edificios decadentes; los episodios de violencia suceden de improviso e irrumpen el timing cómico de la historia; los personajes se la pasan gritando y casi siempre al borde de una crisis nerviosa. Safdie y su equipo técnico, menos mal, manejan bien estas reacciones extremas y consiguen el balance necesario para que la película se mantenga a flote por casi dos horas y media de metraje.

Ayuda, por un lado, que el casting sea bastante creativo, desde el uso de un veterano cineasta como Abel Ferrara como el matón hasta la sorpresiva presencia dramática de Dennis O’Leary como un villano de saco y corbata. Sirve, por otro lado, que la película utilice numerosos recursos audiovisuales para hacerla una experiencia más atemporal y estimulante, como el uso de imágenes de archivo falsas, flashbacks oníricos o una poderosa banda sonora new wave fuera de época, con New Order y Tears for Fears a la cabeza. 

Con un clímax que se reparte entre el dramón familiar y la tensión competitiva del deporte, Marty Supreme resulta, al final, la película que consolida las manías temáticas y estilísticas de Josh Safdie y las torna una épica estadounidense sobre la ambición, el orgullo identitario y las continuas subidas y bajadas de la clase trabajadora emergente. Si por momentos la puesta de escena de Safdie puede parecer un poco disociada emocionalmente, y podría pensarse que el alma le queda corta, no hay duda de que le sobra corazón, un corazón apasionado, que bombea a máxima potencia, en estado constante de presión y premura.

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