Tras participar como representante de la APRECI en el jurado FIPRESCI de la Tiger Competition del 55° Festival Internacional de Rotterdam, he elaborado un informe con breves reseñas sobre las 12 películas que estuvieron en competencia. El orden de las películas es el mismo que los jurados tuvimos que seguir para poder verlas:
Variations on a Theme, de Jason Jacobs y Devon Delmar (Sudáfrica, 2026)
En un pueblo rural al norte de Sudáfrica, un grupo de descendientes de veteranos de la Segunda Guerra Mundial rellenan unos formularios y pagan una tarifa para poder calificar a unas reparaciones largamente postergadas. Entre ellos está Hettie, una anciana pastora de cabras que, como otros vecinos, sueña en grande con un dinero prometido que se antoja como la solución a las dificultades y miserias de toda una vida. Uno de sus nietos, Jason Jacobs, narra y codirige la vida de Hettie y la de sus vecinos con ternura, ligera picardía y con la compasión de quién es consciente de la ineficiencia, la corrupción y la negligencia que se esconden detrás de la iniciativa de reparaciones. Junto a Devon Delmar compone una docuficción que representa la rutina de Hettie y sus vecinos como una realidad repetitiva que sin embargo incluye ligeras variaciones en el día a día como ciertas interacciones con otros habitantes y algunos elementos de realismo mágico. El filme hace honor a su nombre al estar planteado como una rutina que empieza y termina desde la perspectiva de una ventana, evocando sin querer la tradición de Hitchcock. Unas suaves notas de piano acompañan ciertas escenas que retratan el olvido y la dureza que han enfrentado y enfrentan sucesivas generaciones de sudafricanos. Los cuadros son estáticos pero la cámara encuentra formas de capturar el mayor detalle posible sobre las vidas de Hettie y sus vecinos. Es así que se producen composiciones magníficas de escenas mundanas incluyendo una que podría resumir la paradoja cultural de cualquier país del sur global: un hombre que, ante la necesidad y dejándose llevar por la ilusión, cava un hoyo en medio de su casa esperando encontrar diamantes. El filme, que afortunadamente no necesita exotizar la pobreza para mantener la intriga del espectador, tampoco deja de rescatar armonía en sus puestas en escena y sobre todo dignidad en sus protagonistas.
(Esta película fue galardonada con el Tiger Award por parte del jurado principal. Vemos un fotograma en la imagen de portada).
The Gymnast, de Charlotte Glynn (Estados Unidos, 2026)
Monica (Britney Wheeler) es una joven promesa de la gimnasia que aspira a participar en los Juegos Olímpicos de 1996. Pese a la ausencia de su madre ausente y a la crianza negligente de un padre mecánico, la adolescente de Pittsburgh no cesa de entrenar con rigor. Un repentino accidente, sin embargo, hace tambalear su futuro y su presente, dejándose llevar por el miedo, la rabia y la juerga. Su entrenadora y sobre todo su padre están llamados a salvarla de una perdición prematura. Charlotte Glynn escribe y dirige una película coming-of-age correcta que parece haber sido alquilada en un Blockbuster, no solo por su ambientación sino también por su montaje y fotografía, reivindicando el valor del plano americano. Es el tipo de (tele)filme que en su día pudo haber sido usado para concientizar sobre los peligros del alcohol y las malas juntas en hijos descarriados, pero sin recurrir al fatalismo. Lo mejor es la química entre la debutante Wheeler y su padre en la ficción, Ethan Embry. Lo peor es un final rápido y poco convincente, además del conformismo del guion respecto al origen de la enajenación entre padre e hija. Sorprende que una producción moldeada por el Instituto Sundance elija estrenarse en un certamen que tiende a premiar un cine más osado y experimental.

O profeta, de Ique Langa (Mozambique, 2026)
Mozambique se hace presente con una parábola que cuestiona el poder y la fe de un pastor cristiano que, ante su ansiedad por asumir el rol, recurre a la magia negra para ser influyente en su comunidad. Ique Langa recurre a la fotografía en blanco y negro y a un ritmo pausado que invita a la contemplación meticulosa de situaciones banales como la del pastor vistiéndose, botón a botón. También incluye imágenes perturbadoras de su realidad como la de un hombre enfermo con el rostro cubierto por un paño blanco o la cabeza degollada de un cerdo. Su vocación vanguardista en ese sentido es evidente, alcanzando su máxima expresión en secuencias abstractas como las pesadillas recurrentes del pastor y el ritual pagano que realiza con una bruja local. En estas últimas también se puede apreciar una excelente mezcla de sonido que amplifica la repulsión de las imágenes. En ese sentido es un filme compatible con la reputación de osadía audiovisual de Rotterdam. Al margen de contar con credenciales suficientes para sobresalir en este plano, su historia es poco más que una excusa para ser un largometraje. Las interpretaciones son correctas, empezando por el pastor de Admiro de Laura, pero el desarrollo de la trama es flojo. La ansiedad interna del pastor, por ejemplo, nunca se traslada en amenazas exteriores convincentes por parte de su mujer embarazada o miembros de su comunidad. El inicio y el final del filme representan estampas poéticas sobre la muerte y el más allá, pero la trama entre ambos se vuelve previsible y extenuante pese a su provocación religiosa.
A Fading Man, de Welf Reinhart (Alemania, 2026)
La vida apacible de Hanne (Dagmar Manzel), una escultora y maestra de primaria alemana, y de su marido Bernd (August Zirner) se ve abruptamente interrumpida por la visita de Kurt (Harald Krassnitzer), su ex marido con Alzheimer que cree que sigue casado con ella. Tras fracasar en su intento por internarlo en un centro para discapacitados y ante la insistencia de Bernd de no dejarlo a su suerte, Hanne decide hospedar a Kurt a regañadientes. La compleja convivencia entre los tres adultos mayores gradualmente se transforma en un matrimonio a dos bandas en el que Hanne empieza a encariñarse nuevamente con su ex. Aunque la trama nunca se vuelve tan ingenua como para postularse como la versión senior de Challengers, su director y coguionista parece usar la enfermedad de Kurt con malicia, haciendo que el personaje exhiba sus exabruptos físicos y verbales solo cuando el guion requiere de momentos de conflicto. Que Kurt no padezca de un Alzheimer grave no debería ser excusa para facilitar un periodo de felicidad bígama para la protagonista. Aparte de ser un filme bastante predecible que parece estrictamente concebido para el canal Hallmark, su insinuación de que una persona con discapacidad mental sería ideal para entablar una aventura romántica en la tercera edad es de mal gusto. Si se quiere plantear el potencial de los boomers de gozar un tipo de relación “moderna” lo normal sería que se proponga con adultos mentalmente capaces de consentirlo. Ojalá que Hollywood no proponga el inevitable remake con Hellen Mirren.
Unerasable! (Diary of a Hidden Fate), de Socrates Saint-Wulfstan Drakos (Bélgica, 2026)
Lo personal es político en todo el mundo, y esto lo saben bien quienes han sufrido persecución y tortura por convertirse en disidentes políticos como el protagonista de este documental. “C.P.” son las siglas que identifican a un joven vietnamita cuya vida cambia dramáticamente tras realizar un cortometraje en 2018 sobre la vida de la blogger y activista conocida como Mother Mushroom. Exiliado en Tailandia junto a otros activistas vietnamitas, C.P. ofrece su testimonio de vida a otro documentalista anónimo, para concientizar a los espectadores globales sobre el estado de alerta y vulnerabilidad perennes de un refugiado, que no está libre de ser detenido por la policía de migración solo por poseer un carné de ACNUR. El documentalista acompaña la narración de C.P. con grabaciones de su rutina diaria en Tailandia, incluyendo su aprendizaje del idioma y sus momentos de soledad, pero cubriendo su rostro para proteger su identidad. También recurre a imágenes de archivo sobre protestas y otros disidentes incluyendo el cortometraje de C.P., pero lo más interesante ocurre cuando utiliza animaciones e imágenes de películas viejas, vietnamitas e internacionales, para ilustrar las amenazas y torturas que el narrador ha sufrido por parte del régimen comunista de su país. Puede que por momentos la narración llegue a ser extenuante y que el montaje intente hacer demasiado para estimular la atención del espectador, como aplicar un innecesario filtro de celuloide sobre imágenes digitales, pero la urgencia de su argumento, sumada al coraje de los documentalistas involucrados, compensa cualquier reparo de estilo. Es un testimonio audiovisual que rebasa la individualidad de sus autores y que tendría que ser visto por quienes, tanto en la derecha y en la izquierda occidentales, no saben lo que es vivir bajo totalitarismo.
Yellow Cake, de Tiago Melo (Brasil, 2026)
Que al óxido de uranio también se le denomine como torta amarilla es un dato curioso, pero que Brasil sea una de sus principales fuentes, al punto de haber facilitado el uranio usado para las bombas de Hiroshima y Nagasaki, es el aporte histórico más significativo que he obtenido de este filme de género imponente, osado pero en última instancia accidentado. Tiago Melo imagina una aventura apocalíptica donde un grupo de científicos estadounidenses experimentan con óxido de uranio del noreste brasileño con el fin de erradicar el dengue. La impulsividad de uno de estos, sin embargo, produce el resultado contrario, convirtiendo a los bichos en propagadores de radiación. La científica brasileña Rúbia (Rejane Faria) y un grupo de mineros aficionados se unen para intentar salvar a la población local y deshacer el desastre ecológico de los gringos. La trama desde un inicio se antoja como un potencial blockbuster donde por una vez la acción sucede fuera de Estados Unidos y los héroes no vienen desde Hollywood. Si bien hay humor, gore y buenos efectos visuales, Melo desaprovecha esta oportunidad de uranio para el cine brasileño con un guion que pasa por alto la lógica científica del experimento fallido pero también la motivación errática de sus personajes, y que sigue de largo sin una dirección clara y sin detenerse a explicar otras situaciones arbitrarias como la aparente inmunidad de Rita (Tânia Maria). El abuso de los planos de seguimiento de los mosquitos y de sus respectivos zumbidos hacen que uno empiece a sentir los estragos de una experiencia audiovisual desafortunada.
La belle année, de Angelica Ruffier (Suecia, 2026)

La directora y protagonista de este documental íntimo y ensayístico experimenta una crisis existencial tras la muerte de su padre, un hombre del que se apartó en la adolescencia por su comportamiento abusivo hacia su madre. Junto a su hermano menor se encargan de vaciar la casa del padre y de prepararla para su venta. En este proceso Angelica se topa con diarios de la secundaria que le recuerdan el amor platónico que tuvo hacia una profesora. Se sumerge así en un estado de añoranza por su adolescencia pero también sufre depresión por la soledad y la muerte que la rodean. Sus vivencias van acompañadas de la narración en off de la propia Angelica, algunas grabaciones caseras de su infancia y una fotografía cálida que acentúa la belleza del entorno rural francés. Las emociones y pensamientos personales que la directora comparte son válidas y probablemente más de un espectador se identifique con ellas, pero considero que son insuficientes para la extensión de un largometraje. También da la sensación de que se trata de un proyecto de vanidad personal teniendo en cuenta que no invita a su hermano menor o a su madre a compartir sus propios traumas y añoranzas, y que extrañamente insiste en preservar una cuarta pared de ficción cuando ella tiene el control de la narración y es obvio que hay un tercero grabándola.
(Esta película recibió una mención especial por parte del jurado principal).
Meu semba, de Hugo Salvaterra (Angola, 2026)
Desde Angola llega la historia de X (Euclides Teixeira), un chico albino que compone versos sobre la falta de oportunidades, el abuso de poder y la desigualdad económica que enfrentan los miembros de su generación y de la clase trabajadora de su país. Guiados por la esperanza y la integridad moral inculcada por el padre Jonas (Clemente Chimuco), X y sus hermanos del orfanato buscan salir adelante sin recurrir al dinero fácil de la delincuencia. Es por ello que cuando el padre sufre un paro cardíaco, los jóvenes deciden participar de un concurso de talentos para obtener el dinero que cubra su tratamiento médico. Sin llegar a ser un musical estricto, el filme se compone de varias escenas en la que X y sus amigos se dejan llevar por un rap poético a través del cual expresan sus miedos, frustraciones y anhelos. La fotografía nocturna por momentos hace recordar a la filmografía de Wong Kar-Wai, capturando la efervescencia y el peligro de la vida urbana. La trama eventualmente pierde su audacia e imprevisibilidad, y la actuación final en el set de televisión no ofrece el clímax que promete al inicio. De todas formas es una película segura de sí misma y de los valores cristianos que promueve. Puede que este mensaje religioso resulte pesado para audiencias no cristianas, pero eso no impide apreciar el esfuerzo de Hugo Salvaterra y su equipo por ofrecer un espectáculo armonioso y una representación contundente de una sociedad poco conocida.
A Messy Tribute to Motherly Love, de Dan Geesin (Países Bajos, 2026)
En el universo paralelo concebido por Dan Gessin, la vida empieza y termina de dos formas bastante grotescas: los bebés se “cocinan” en una olla con pedazos de carne de sus padres, y los adultos mueren estallando como bombas humanas cuando sufren un ataque de ansiedad. Samuel (Juda Goslinga) intenta tener un hijo pero la fuerte presión hace que su pareja estalle. Ante el temor de que Samuel también estalle, su madre cocinera (Frieda Pittoors) no duda en entrometerse en su vida con tal de encontrarle una nueva pareja. Lo que se vislumbra como una variante prometedora de La langosta de Lanthimos termina revelándose en poco tiempo como una estrepitosa decepción que no tiene más que ofrecer en su guion que una magra sátira sobre la presión social de tener hijos (que sorprende en un contexto cultural europeo). También incluye un personaje chino basado en estereotipos flojos e indecorosos que en ningún momento son subvertidos. La poca gracia y pavor que genera se hubieran aprovechado mejor en un cortometraje. Su inclusión en la competencia resulta bastante desconcertante.
Nangong Cheng, de Shao Pan (China, 2026)
El héroe epónimo de esta historia es un obrero cojo de mal aspecto y peor estado de salud que es en realidad un maestro de artes marciales sanadoras. Tras ser visitado por un desconocido que sufre de una fractura que solo él es capaz de curar, Nangong Cheng decide acompañarlo de vuelta a su hogar en un país extranjero para ayudarlo a vengarse de una secta poderosa. Si bien el subtítulo indica que es “un filme wuxia contemporáneo”, este título no ofrece un espectáculo instantáneo ni una aventura de proporciones épicas. El director, productor, guionista y actor protagónico Shao Pan en realidad desarrolla a fuego lento una historia de intriga con acción y humor esporádicos en un contexto relativamente moderno. El suyo es un filme más bien anticlimático comparado con las películas de artes marciales clásicas, pero aún así es capaz de mantener el interés a lo largo de 197 minutos. Nangong Cheng pasa la mayor parte de la película adolorido o convaleciente, se resiste a recurrir a la violencia innecesaria, y no es exactamente el hombre más astuto para destapar una organización criminal. Pero el hecho de que sea un personaje que tiene todas las de perder lo hace mucho más valioso. Los personajes secundarios y los villanos también están bien planteados. La ausencia de primeros planos y de una banda sonora estridente son consecuentes con el estilo más bien retraído del guion. Es una propuesta extrañamente estimulante que desafía la pesadez de su duración.
Supporting Role, de Ana Urushadze (Georgia, 2026)

Gratificante sorpresa la de este metafilme georgiano donde un afamado actor veterano, Niaz Ninua (Dato Bakhtadze), decide realizar una audición para una directora novel (Elene Maisuradze) con un guion inconcluso que en realidad son varias hojas sueltas de un storyboard que pronto se pierden con el viento. Al igual que estas, Niaz se deja llevar por circunstancias arbitrarias en su camino, desde ir a cenar a un restaurante con la familia de una admiradora hasta escapar del velorio de una amiga para no saludar al actor protagónico de la película en la que él solo será un secundario. En medio de este recorrido surrealista e impredecible en el que se cruza con personas significativas de su vida, Niaz intenta encontrar su legado como artista pero también como persona, y en concreto como padre de un hijo distanciado. Como Fellini o Sorrentino, Ana Urushadze se divierte subvirtiendo un arquetipo de celebridad, desnudando su ego al punto de que llegue a cambiar de piel. Los espacios urbanos que recorre Niaz parecen sacados de un sueño, como la panadería debajo de su edificio o el restaurante de varias plantas, y la fotografía nocturna acentúa el encanto de los caminos por los que se desplaza. Dato Bakhtadze aprovecha su aspecto tosco y corpulento como una fachada intimidante que progresivamente revela una personalidad carismática y vulnerable. Este es el tipo de cine que uno espera de Rotterdam por desafiar convenciones, reflexionar sobre el propio arte, y ofrecer una ventana hacia universos inesperados.
(Esta película fue galardonada con el Premio FIPRESCI y recibió una mención especial por parte del jurado principal).
Roid, de Mejbaur Rahman Sumon (Bangladesh, 2026)
En una aldea remota de Bangladesh, Sadhu (Mostafizur Noor Imran) se casa con una mujer desconocida (Nazifa Tushi) por medio de un matrimonio arreglado. No pasa ni un día antes de darse cuenta de que su nueva pareja tiene un serio problema de comportamiento que le impide desempeñarse como ama de casa y que provoca peleas con los vecinos. La frustración personal y la humillación pública hacen que Sadhu la abandone a su suerte en un lugar remoto, pero al poco tiempo esta logra regresar contra todo pronóstico. Una serie de eventos desafortunados pronto le hacen ver a Sadhu que, detrás de su trastorno emocional y psicológico, hay una mujer honesta y fiel a la que no le ha preguntado ni siquiera su nombre. Hasta cierto punto el filme puede entenderse como una parábola sobre el matrimonio, con un protagonista cegado al amor de su mujer por su intolerancia y vergüenza. Aunque puede tener nobles intenciones, la trama eventualmente las deshace con una debilidad por imágenes y situaciones de alto impacto relacionadas a la pobreza e ignorancia de sus personajes. Toda su tercera parte resulta especialmente grotesca, vendiendo el dolor emocional y físico de sus protagonistas y de sus animales como estampas exóticas de un sur global infernal. Un derroche de buenas actuaciones, fotografía y valores de producción para un guion miserabilista y machista.
** Quiero reiterar mi agradecimiento a la APRECI por la oportunidad para poder participar del jurado FIPRESCI. **
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Bonus track: (N.E.) La coproducción peruana The Hummingbird Paints Fragrant Songs (El picaflor pinta canciones aromáticas), ganó un premio en la sección de industria IFFR Pro. La película obtuvo el premio de postproducción Filmmore Work-in-progress, el jurado de esa sección sustentó así su decisión: «The Hummingbird Paints Fragrant Songs nos cautivó con su alcance y compromiso, una película que trasciende la narración para convertirse en un acto de propósito. Nos sentimos honrados de apoyar un trabajo que se siente menos como un proyecto y más como una vocación»:
Filmmore Work-in-progress Post-production Award
WINNER: The Hummingbird Paints Fragrant Songs by Èlia Gasull Balada and Matteo Norzi, produced by Shipibo Conibo Center (Peru, United States, Spain, Chile)
Jury statement: “The Hummingbird Paints Fragrant Songs captivated us with its scope and commitment – a film that transcends storytelling to become an act of purpose. We are honoured to support a work that feels less like a project and more like a calling”.

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