Soñar es quizás una de las acciones más naturales para un niño y más difíciles de ejercer como adulto a conciencia. Cuando le preguntaron a Isabel Allende sobre el realismo mágico, la posibilidad de soñar en América Latina, y si no se corría el riesgo de evadirnos en la fantasía, la escritora respondía que ese soñar no evade, sino que muestra otro aspecto de la realidad que existe más allá de lo que podemos ver, medir o incluso pensar, que es la realidad de los anhelos. El origen del título de El tren fluvial (2026), de los jóvenes cineastas argentinos Lorenzo Ferro y Lucas Vignale (estrenado en el Festival de Cine de Berlín como parte de la competencia Perspectives), se encuentra en el poema «Viaje estival con Lucio», del surrealista argentino Francisco Madariaga. La provincia en la que se rodó la película también se llama Madariaga, aunque en referencia a un militar. El Madariaga de esta película es el que fue capaz de mirar por debajo de las capas visibles de lo real. Es el que apadrina a Ferro y Vignale contando el viaje de Milo, pequeño bailarín de malambo de 9 años que decide salir de la exigencia firme de su padre por las competencias de zapateo. Planea y logra su escape a la ciudad de Buenos Aires en medio del sueño profundo al que induce a su familia, para ver si encuentra los suyos.
Como en toda coming-of-age, la salida del ambiente familiar a la sociedad agitada y adulta es compleja y errática, como sucede con las historias del tránsito de lo rural a lo urbano. Milo experimenta ambas cosas en simultáneo. El tren lo deja en una ciudad de personajes intrigantes, incluso incomprensibles, pero a los que Milo se acerca desde la mirada abierta al descubrimiento que puede tener un niño. Hay también un cambio en el ritmo, de la rigurosidad cuadriculada del padre al caos citadino en el que todos intentan moverse y encontrar un espacio de valía. Convencen a Milo de pasar un casting de actuación que él supera luego de una muy singular prueba. La grabación en video que la directora teatral registra de él parece un claro guiño a la audición de Jean-Pierre Léaud para Los 400 golpes de Truffaut. Cuando Truffaut le pregunta a Léaud a qué escuela va, el chiquillo le responde que vive a 200 kilómetros de París y que llegó en tren. “Son como vacaciones”, dice Jean-Pierre con confianza. Milo Barría (nombre real del actor), con menos desvergüenza que el Léaud del casting, responde a la misma pregunta de forma casi idéntica: “Vivo a 120 kilómetros de acá, y vine en tren, así que estoy de vacaciones”. Les preguntan a ambos por sus padres, quienes no estarán muy contentos de verlos faltar así al colegio. “No pasa nada si al final estoy contento”, dice Léaud. “Solo les importa si soy feliz”, dice Milo. Y luego los caminos referenciales se separan. Léaud habla de su madre que también está en el medio artístico. Milo habla del campo, de que lo único que le gusta de allá son sus sonidos.

No es la única referencia y homenaje que se hace en El tren fluvial. Evidentemente hay una afirmación de filiación con la exploración onírica de Francisco Madariaga, pero también con el cine del también argentino Leonardo Favio, el primero al que mencionan en los créditos. Curiosamente, Favio se desligó abiertamente de la influencia de la Nouvelle Vague en Argentina como las producciones más autorales de Aries Cinematográfica, diciendo que “no tenía nada que ver con esa generación que yo llamaba ‘los amigos de Truffaut’. Ellos querían ser franceses que hablaban castellano. Y nosotros somos argentinos, guste o no”. Y si algo manifiesta la película de Ferro y Vignale es su identidad local, su admiración por ella en todos sus estados e incluso en todos sus tiempos. Lo hace con cierta melancolía, que se fortalece con la canción “Quiero vencer mi soledad” del peruano Raúl Vásquez, de quien el mismo Leonardo Favio hizo un cover en los tiempos de auge de la canción nuevaolera. La familia despierta y quizás todo fue un sueño. O tal vez, era mejor no precisarlo. “Mi soledad es como un rezo que al cielo no llegará y que se va”, dice el tema musical: la aventura de Milo también termina con un regreso al origen, en un clásico viaje del héroe que no parece llegar al clímax. Vignale, conocido por sus videoclips y trabajo con artistas como Trueno y Milo J, hace dupla con Ferro, cantante y actor además de cineasta, para entregar lo que se puede leer como una carta fílmica en la que deambulan juntos entre los parajes de la vida popular preguntándose, sin respuesta, por el viaje antes que por el destino al cual llegar.



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