Para operar bajo los parámetros de una clásica película de terror, donde vemos a un grupo que se adentra en un lugar al que no debería haber ido y enfrenta una amenaza que excede su comprensión, El descenso (The Descent, 2005), como toda gran cinta del género, se las ingenia para ir más allá de esa estructura básica. Esto no implica restarle mérito a lo bien trabajada que está en materia de sustos, porque funciona con notable eficacia en ese primer nivel. De hecho, lo más pertinente es comenzar por ahí, entendiendo por qué resulta efectiva y qué la vuelve particularmente fascinante en una segunda lectura.
Uno de los aspectos centrales es el uso de la pérdida como motor dramático. En este caso, Sarah (Shauna Macdonald), la protagonista, carga con el trauma de haber perdido a su familia tras un accidente. Antes de que se manifieste cualquier mal externo, el personaje ya se encuentra atravesado por un conflicto interno que la consume progresivamente. La incursión en la cueva junto a sus amigas, realizada un año después de la tragedia, no hace más que intensificar esa fractura previa. La amenaza física que emerge bajo tierra funciona como una extensión de un deterioro psicológico ya instalado, reforzando la idea de que el horror no proviene únicamente del exterior.

A partir de esa premisa, el director Neil Marshall despliega un manejo del terror sumamente eficaz, demostrando que, para haber transcurrido veintiún años desde su estreno, la película ha envejecido bastante bien. Una vez que el descenso literal hacia las profundidades de la cueva se produce y conocemos la naturaleza de la amenaza, el espectador es sumergido en una experiencia dominada por la oscuridad. El filme explota con inteligencia la sugestión que produce la falta de luz, apelando a la capacidad de la imaginación para proyectar temores. Aunque aquí el horror trasciende la sugestión y se materializa en criaturas concretas, la construcción de los espacios, a veces amplios y a veces claustrofóbicos, se vuelve particularmente perturbadora debido al deterioro visual que impone la penumbra.
Si algo intensifica esa sensación de peligro son justamente estas criaturas, adaptadas a la vida subterránea y guiadas principalmente por el oído. Su presencia vuelve inevitable la comparación con una cinta posterior como Un lugar en silencio (A Quiet Place, 2018). Sin embargo, aquí el recurso se articula dentro de una experiencia mucho más opresiva que la propuesta por John Krasinski, quien, más allá de esa similitud, encuentra sus propias virtudes. Resulta además fascinante observar cómo Marshall evita explicaciones detalladas sobre el origen de la amenaza o posibles soluciones claras. Esa ausencia de certezas coloca al espectador en una posición similar a la de las protagonistas. Al quedar desarmados, se nos obliga a especular, mientras escenarios plagados de huesos y ríos de sangre refuerzan esa dimensión visceral del horror.

El título sugiere también un segundo significado, tal como se anticipaba al inicio de esta crítica. Más allá del descenso físico, la película articula un descenso metafórico hacia la locura, la desconfianza y la paranoia. La relación entre Sarah y Juno (Natalie Mendoza) adquiere aquí un peso decisivo. A través de diálogos y pequeños detalles narrativos, se construye un terreno psicológico donde la especulación vuelve a operar con fuerza. El filme dialoga además con el tema de la maternidad truncada, planteando interrogantes sobre el proceso de duelo y cuestionando si es posible dejar atrás el pasado por completo o si aquello reprimido permanece latente, emergiendo en circunstancias extremas.
Esa dimensión psicológica constituye uno de los mayores logros de la cinta. No obstante, a nivel formal, pueden señalarse ciertas irregularidades. El manejo de la oscuridad, aunque justificable dentro de la propuesta, por momentos parece excesivo. Sumado a un montaje que abusa de cortes rápidos en las secuencias más frenéticas, algunas escenas pueden dificultar la lectura espacial o incluso debilitar la tensión construida. Asimismo, la incorporación de texturas visuales como las grabaciones digitales, un recurso entonces novedoso, podría haberse explotado con mayor consistencia, aunque en los momentos en que aparece, particularmente en la presentación de las criaturas, el efecto resulta sumamente eficaz.
A pesar de estas limitaciones, el balance general sigue siendo ampliamente positivo. El descenso se mantiene como una gran película de terror a la que vale la pena regresar. Se trata de una obra profundamente sensorial, cuya experiencia se potencia significativamente en las mejores condiciones de visionado, especialmente en una gran pantalla y con un sistema de sonido adecuado. Más aún considerando su reciente reestreno, esta es, sin duda, una película que confirma su vigencia dentro del género.



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