Cuando leí la novela homónima de Albert Camus durante mi adolescencia me la imaginé como una película en blanco y negro, no solo porque hablaba de una época remota sino también por la frialdad que transmitía su narrador y protagonista. La decisión de François Ozon de adaptarla en este formato naturalmente me entusiasmó y me hizo querer revivir la extraña fascinación que tuve por la historia de Meursault. La fotografía lustrosa de Manuel Dacosse hace que la puesta en escena y los paisajes de Argel sean tan prominentes como la interpretación soberbia de Benjamin Voisin como el protagonista impasible. Lo que paradójicamente impide que esta sea la versión definitiva de El extranjero es la belleza excesiva a la que ambos componentes contribuyen. Aunque gracias a ello Ozon desarrolla una estética casi onírica, esta no parece la más apropiada para un relato amargo sobre una realidad que fue todavía más amarga. De todas formas es un filme que respeta en gran medida su texto de origen.
El filme no empieza directamente con la trama sino con un segmento de bitácora que identifica el contexto de colonización francesa de Argel, imprescindible para comprender el privilegio de su protagonista y su potencial racismo. Meursault es retratado como un trabajador diligente, un amigo y amante fiel pero sobre todo un hombre reservado y aparentemente insensible. Lo último se pone a prueba con el anuncio de la muerte de su madre que no parece removerlo en absoluto. Su falta de expresividad es consistente en sus respectivas relaciones con su amigo Raymond (Pierre Lottin) y su amante Marie (Rebecca Marder), pero no se muestra necesariamente insensible con ellos. Esta insensibilidad solo se hace explícita cuando Meursault apoya a Raymond en la humillación pública de su novia árabe, y cuando decide enfrentarse al hermano de esta que intenta vengarse de Raymond. Esto lo lleva a un juicio donde su mayor delito no es la muerte de un árabe sino su actitud impasible ante el mundo.

Además del formato en blanco y negro que refleja los extremos del comportamiento humano personificados por Meursault, Ozon acierta con la inclusión de secuencias puramente audiovisuales que complementan la narración y los díalogos de la novela de Camus. Una de las mejores corresponde al largo y silente velorio de la madre de Meursault donde este permanece impasible frente el desconsuelo del novio y de los demás compañeros del asilo de su madre. La luz de las velas convierte el cuarto de velorio en un espacio liminal donde el joven protagonista contempla a los llorosos y somnolientos ancianos que le rodean como si fuesen emisarios de su propia muerte. También hay una secuencia dentro de un cine donde los amantes ven una película de Marcel Pagnol que sirve de breve tributo al director, también recientemente homenajeado por Sylvain Chomet. Entre las escenas mejor adaptadas de la novela se encuentra la del intercambio entre un sacerdote y el protagonista en la prisión. Aquí Voisin logra sacar el lado más agresivo de Meursault, ratificando su idoneidad para el rol tras cumplir con la fachada de impávido durante el resto del filme. Los secundarios Pierre Lotin y Rebecca Marder también demuestran estar a la altura de las expectativas, siendo la cereza del pastel el camaleónico Denis Lavant en el rol del vecino amargado Salamano.

Donde Ozon peca de presumido y vicioso es en el aspecto estilístico del filme, empezando por un excesivo embellecimiento de una imagen que tendría que haber sido más sucia y hasta opaca para igualar el tono de la historia. Si bien se agradece la incorporación de composiciones excitantes en la playa o al interior del cine, estas también dan la impresión de ser usadas para comerciales frívolos de perfume francés. Son especialmente disonantes y frustrantes cuando se usan en medio de momentos clave del relato como en el enfrentamiento entre Meursault y “el árabe” donde el intercambio dramático de miradas entre ambos parece responder más a la líbido de Ozon que a la tensión de Camus. A esto hay que añadir el cuerpo esculpido del actor protagonista que rompe la ilusión de estar viendo una película ambientada en los 40 donde ni siquiera los galanes de Hollywood lucían tan fornidos. Demás está decir que es cuestionable que un arquetipo del existencialismo como Meursault cuide tanto su figura o que tenga un rostro angelical. Voisin no tiene la culpa de ser atractivo pero Ozon pudo pedirle que se compenetre más en el rol a nivel físico.
Es en la convicción de sus actuaciones, en su ritmo narrativo pausado, en su juego de luces y sombras y en su banda sonora que El extranjero de Ozon encuentra sus mejores argumentos para erigirse como un filme cautivador que invita a sus espectadores a unirse al jurado que debe decidir si el protagonista debe morir por sus acciones o por no expresar sus emociones.



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