El tercer largometraje animado del francés Sylvain Chomet, quince años después de El ilusionista, es un regreso triunfal y una carta de amor a Marcel Pagnol (1895-1974), pionero del cine sonoro y exponente notable del teatro y la literatura francesas. Su peculiar estilo de animación vintage encaja a la perfección con la vida de un artista que contra viento, marea y el Tercer Reich pudo labrar una carrera que contribuyó a la supervivencia de la industria francesa, especialmente en Marsella. Su utilización esporádica de extractos de las películas de Pagnol no hace más que enriquecer un metraje colorido y ambicioso que ha sido inexplicablemente ignorado por los certámenes internacionales.
Tras la petición de una revista para que comparta un artículo sobre su trayectoria, un avejentado Marcel Pagnol se dispone a reflexionar sobre su juventud en su escritorio. Ante la falta de inspiración, el fantasma de su pasado infantil aparece para hacerle recordar sus vivencias, partiendo desde una humilde pero entrañable infancia interrumpida por la prematura muerte de su madre. Desde este punto el fantasma acompaña al joven Marcel en su intento por cumplir la última promesa a su madre: convertirse en un escritor famoso. Pese al deseo de su padre de quedarse en Marsella para labrar una carrera segura como maestro, Marcel escapa a París para partir de cero como dramaturgo. Es aquí donde desarrolla un crecimiento apoteósico que pronto le lleva al cine y a fundar sus propios estudios cinematográficos en Marsella. Su mayor reto llega con la invasión alemana de Francia y su resistencia a servir la maquinaria de propaganda nazi. Tras la liberación del país, Pagnol también demuestra un férreo rechazo a la inminente influencia de Hollywood en la escena nacional.
A diferencia de su anterior filme más solemne, Chomet aquí recupera el tono lúdico de su fantástica ópera prima, Las trillizas de Belleville (2003), para retratar una Francia llena de personajes excéntricos, tanto por sus rasgos faciales como por sus voces. Pagnol pasa de ser un guionista provincial tímido que parece incompatible con el ritmo y la exigencia de París a un artista consagrado cuyas obras se vuelven influyentes en el gusto artístico de la capital. Hay pasajes de su vida afectados por el melodrama que Chomet no pasa por alto, pero también hay espacio para la comedia y la fantasía. Entre sus mejores momentos encontramos la secuencia que nos introduce a la cultura capitalina de principios del siglo XX, y aquellos instantes breves que utilizan imágenes de archivo reales como los extractos de las películas de Pagnol.
El desconocimiento de la vida y obra del cineasta en cuestión pueden afectar la conexión del espectador promedio con la trama, especialmente durante el segmento dedicado a su etapa de dramaturgo. Pero esa potencial desconexión debería desvanecerse cuando aborda su contribución al cine francés y el impacto de la invasión nazi en su vida. Puede que sus películas se sientan desfasadas y extranjeras para un público contemporáneo internacional, pero su valor histórico es innegable para cualquier cinéfilo. No es un filme recomendable para entretener a los niños de hoy pero desde luego que puede ser reconfortante para los niños de antaño. El regreso a un universo animado comparable al de Hayao Miyazaki debería suscitar más entusiasmo y admiración por parte de la cinefilia global.




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