Poco antes de que The Beatles se convirtiera en mi gran obsesión musical, lo fue Michael Jackson. Cuando murió, en junio de 2009, en realidad sabía muy poco sobre él, más allá de algunas menciones dentro del imaginario de la cultura popular, como ese capítulo ahora censurado de Los Simpson. No sería hasta ese momento que, todavía bastante joven, logré dimensionar lo masivo que era como artista y, sobre todo, lo increíble que era para hacer composiciones pegadizas y de alta calidad. Eso fue lo que me cautivó al instante, volviéndome alguien que escuchaba constantemente sus grandes éxitos y que, por supuesto, también consumía muchos de sus vídeos musicales.
Y es que si uno se detiene a repasarlos, es fácil darse cuenta de que, al ver nombres como John Landis o Martin Scorsese asociados a esos trabajos, no sorprendería que ahí también empezara a gestarse mi interés por el cine. Si bien, como ya dije, los “Fab Four” de Liverpool terminararon sobrepasando esa fascinación inicial, el interés por el rey del pop nunca desapareció y cada cierto tiempo volvía. Por eso, enterarme de que se iba a hacer una película biográfica sobre él reavivó ese interés, aunque sin perder de vista que estaría frente a una cinta que podía o no estar a la altura de lo que un artista como él requiere.

En otras palabras, una película que además de cumplir con lo básico para funcionar, también esté a la altura de su legado. No quiero generalizar, pero estoy seguro de que, así como yo, muchos se han encontrado en una posición complicada al momento de verla y darse cuenta de que el resultado no era el esperado. En mi caso, ya lo veía venir. Desde el momento en que se sabía que estaríamos frente a un biopic musical tradicional, completamente formulaico, con gente involucrada que trabajó en Bohemian Rhapsody (2018), una película que, por más fanático que pueda ser de Queen, me parece extremadamente fallida, era lógico que surgieran dudas.
A eso se sumaba la presencia del director Antoine Fuqua, de quien lo poco que he visto no terminaba de generar confianza. Si bien estoy refiriéndome al mismo cineasta que hizo Día de entrenamiento (Training Day, 2001), al tratarse de alguien tan icónico como Michael Jackson, parecía más pertinente que su historia fuera contada a través de una voz igualmente singular dentro del cine. Sin embargo, también se entiende por qué se optó por alguien como Fuqua, un director que ha sabido desempeñarse como un artesano en Hollywood, cumpliendo con encargos dentro de un sistema donde había demasiados intereses en juego, sobre todo considerando la cantidad de personas vinculadas al patrimonio de Jackson involucradas en la producción.

Resulta incluso curioso si se piensa en cómo, en vida, Jackson buscaba justamente lo contrario, colaboradores con una fuerte impronta autoral para plasmar su visión en el audiovisual. Con expectativas bastante bajas, entonces, lo que encuentro es una película que, sin llegar al nivel de desastre de la cinta sobre Freddie Mercury, se siente como un producto calculado al milímetro para contentar al fanático y, al mismo tiempo, no incomodar a quienes tienen algo que perder o ganar con su realización. Aun así, eso no impide que existan ciertos aciertos, aunque estos respondan más a lo elemental de una película competente que a una verdadera ambición artística.
Dentro de esta primera parte de la biografía, titulada simplemente Michael (2026), la película necesita mantener al espectador interesado sin dejar de apoyarse en el disfrute de su música. Recordemos que esta es solo una parte de la vida de Jackson (interpretado en su versión adulta por Jaafar Jackson, su sobrino), a quien conocemos primero como un niño (Juliano Krue Valdi) dentro de una familia numerosa en Gary, Indiana, dando sus primeros pasos en la industria junto a The Jackson 5 bajo la estricta tutela de su padre, Joseph Jackson (Colman Domingo), hasta llegar eventualmente a su despegue como solista y convertirse en el ícono que fue. Ese es, a grandes rasgos, el periodo que cubre la película, y no hay aquí ningún spoiler considerando que hablamos de uno de los artistas más documentados de la historia, al nivel de Elvis Presley o los propios Beatles.

Habiendo dicho eso, es momento de analizar la historia, ya que desde el inicio aparece una idea que, aunque bastante evidente, termina siendo clave: la libertad. Dicha noción, que incluso se menciona de forma explícita a lo largo del film, queda bien establecida desde sus primeros planos. Lo que vemos es a un pequeño Michael observando por la ventana cómo otros niños juegan en la calle. Ese gesto sintetiza el anhelo que lo atraviesa y que terminará guiando su camino.
Mientras tanto, la figura del padre se instala como el gran obstáculo. Joseph Jackson, con mano dura, impulsa el éxito inicial de The Jackson 5, pero a costa de una dinámica marcada por la dureza y el castigo. Aquí se percibe un primer intento de establecer el conflicto central. Este tramo pudo haberse abordado desde un lugar mucho más trágico y de una constante violencia gratuita, cercano a lo que planteaba una cinta como Preciosa (Precious, 2009), de Lee Daniels, donde se veía un abuso constante dentro del núcleo familiar.
En este caso, sería Joseph ejerciendo castigos físicos sobre sus hijos en nombre de alcanzar la gloria. Y aunque la película pudo haberse hundido completamente en una sensación solemne y cruel, Fuqua opta por otro camino. Reconoce ese dolor y le da el tiempo suficiente para que podamos entenderlo, aunque sin dejar que opaque por completo el verdadero eje del relato, Michael y ese talento que ya desde niño parecía encaminado a darle la libertad que tanto buscaba.

Desde pequeño, se nos muestra su talento como algo innegable, como el elemento que eventualmente le permitirá alcanzar esa libertad que tanto anhela. A partir de ahí, asistimos a su ascenso, uno que también implica renuncias. Su creciente fama lo obliga a aislarse, algo que él mismo reconoce en su deseo frustrado de tener amigos. Lo compensa con mascotas, con una habitación llena de juguetes, con pequeños universos privados que solo él disfruta. Y a pesar de tener todo eso, la presencia de Joseph sigue ahí, como una amenaza constante, como el antagonista que deberá superar para ser verdaderamente libre.
Paralelamente, la película recorre la creación de sus primeros grandes éxitos, el paso de The Jackson 5, que luego se llamaron The Jacksons al salir de Motown, el salto a su carrera solista con Off the Wall y, finalmente, el fenómeno global que fue Thriller, que lo ayudaría a salir de una vez y para siempre del yugo familiar. Aquí Fuqua busca que el espectador también quede fascinado con esa magia, con la capacidad de MJ para moverse, cantar y crear. Hay intentos, aunque intermitentes, de romper con la monotonía del biopic tradicional mediante recursos visuales que escapan del puro diálogo expositivo.
Uno de los ejemplos más claros es la forma en que se sugiere el origen de ciertas canciones. En el caso de «Thriller», por ejemplo, se establece una conexión directa entre su fascinación por el cine de terror y el modo en que esa imaginación termina traduciéndose en música e imagen. Del mismo modo, hay momentos donde se deja entrever cómo experiencias más concretas, como el contacto con la violencia urbana o los conflictos entre pandillas, terminan filtrándose en su sensibilidad artística, como ocurre con «Beat It. No es que la película profundice realmente en estos vínculos, pero al menos intenta establecer esa relación entre lo que el protagonista vive, lo que observa y lo que finalmente crea.

Es precisamente ahí donde se percibe tanto el acierto como la limitación. A pesar de que estos pasajes funcionan como destellos de una aproximación más interesante, una que entiende que su obra no nace en el vacío, sino en diálogo con su entorno y sus obsesiones, el director no termina de desarrollarlos. Se quedan en apuntes, en conexiones apenas esbozadas, cuando podrían haber sido la puerta de entrada a un análisis mucho más rico de su proceso creativo.
Sin embargo, más allá de esos destellos, la película evidencia una limitación clara en su puesta en escena. El cineasta tiene momentos de breve inspiración, como el ya mencionado uso de la ventana para simbolizar la libertad o la forma en que la cámara intenta capturar a Jackson como un artista total, resaltando su fisicalidad en secuencias musicales, conciertos o sesiones de grabación, mas no parece dispuesto a llevar esa búsqueda a otro nivel. Hay una comprensión básica de esa energía inquieta, de ese cuerpo en constante movimiento. La cámara, lamentablemente, rara vez logra contagiarse de ese impulso.
Y eso es un problema, debido a que estamos hablando de una figura cuya vida fue, en sí misma, vertiginosa. El filme necesitaba una puesta en escena más dinámica, incluso más frenética, que no se limitara a reproducir fórmulas ya vistas en otros biopics musicales. Ese es, de hecho, el mismo error en el que cayó Bohemian Rhapsody, al tener una obsesión constante por complacer al fan antes que por construir una mirada cinematográfica propia.

El contraste se vuelve evidente si se piensa en películas parecidas de años recientes. Por un lado, está Elvis (2022), de Baz Luhrmann, que toma una decisión clave al narrar la historia desde la perspectiva del coronel Tom Parker. Esa elección no solo estructura el relato de un modo distinto al que se esperaría. A su vez, permite construir una mirada crítica sobre el espectáculo y sus excesos. Luhrmann, con su estilo exacerbado, entiende perfectamente la dimensión performática de Elvis Presley, dando momentos donde el brillo es absoluto para que luego progresivamente se torne decadente, evidenciando cómo su figura fue explotada hasta el agotamiento.
Un ejemplo concreto es la escena en la que Elvis realiza por primera vez sus movimientos de cadera frente al público, transformándose en una estrella de rock. Luhrmann le otorga a ese instante el peso que merece, subrayando su impacto cultural y la reacción desbordada de los espectadores, como si estuvieran en un trance. Si comparamos eso con cómo Fuqua retrata el concierto del aniversario de Motown donde Jackson interpreta «Billie Jean» e introduce el «moonwalk», la diferencia es evidente. Ya no se transmite ese mismo magnetismo salvaje, esa sensación de evento irrepetible que altera a la audiencia.
Por otro lado, también se puede pensar en otro biopic como Better Man (2024), donde el propio Robbie Williams funge el rol de narrador de su historia. Ahí hay una honestidad distinta: se reconoce que no se trata de alguien ejemplar, sino de una persona atravesada por contradicciones y excesos que busca en todo momento recuperar esa luz que tuvo desde niño. Más allá de que el impacto cultural no sea equiparable al de Jackson, sí sirve como ejemplo de cómo un director, en este caso Michael Gracey, puede encontrar un tono más personal, incluso poético, para abordar la relación entre música, fama y experiencia vital.

Eso es justamente lo que aquí se echa en falta, una exploración más profunda del proceso creativo de Jackson. No basta con mostrar los resultados, los éxitos, los conciertos o los vídeos musicales, sino que habría sido mucho más interesante adentrarse en su mente, en ese mundo interno desde el cual surgía una obra tan desbordante de imaginación. Entender qué significaba cada canción, cómo se conectaba con su experiencia, cómo se traducía en imágenes. Ese nivel de aproximación habría hecho mucha más justicia a lo que su música representa.
En cambio, Michael opta por un recorrido que, si bien efectivo en términos básicos, termina siendo superficial. Cuando uno menos lo espera, llega a su fin de una manera abrupta, como si simplemente hubiera cumplido con su objetivo de repasar, de forma bastante general, esta primera etapa de su vida. Todo se siente apresurado y, sobre todo, poco humano.
La película está claramente enamorada del ícono, pero le presta muy poca atención a la persona. Construye a Jackson como una figura inmaculada cuyas dudas solo aparecen cuando él mismo las verbaliza. La empatía que genera no nace tanto de lo que la película construye, sino del conocimiento previo que el espectador ya tiene sobre su vida. Por eso, propongo un ejercicio: intentar ver al personaje como si no conociéramos a Michael Jackson, como si fuera una figura completamente ficticia. Bajo esa mirada, se vuelve evidente que la película queda en deuda en términos de profundidad.

Por eso regreso a Better Man, donde, incluso dentro de los lugares comunes del género, se exploraban distintas aristas de la fama y sus demonios. Y es que cualquiera que conozca mínimamente la vida de Jackson sabe que esos demonios existían, probablemente amplificados. Pero aquí se opta por lo seguro. Los productores, muchos de ellos ligados directamente a la familia Jackson, así como presencias como la de John Branca (Miles Teller), su abogado que en la vida real es productor ejecutivo del proyecto al ser una de las cabezas de su patrimonio, construyen un relato donde todos, salvo Joseph, funcionan como aliados, como figuras que validan constantemente al protagonista.
Esto genera una estructura donde hay un único enemigo claro, simplificando el conflicto en términos bastante convencionales. A nivel superficial funciona, porque responde a una lógica clásica de construcción narrativa. Pero si uno analiza con mayor detalle las motivaciones y el desarrollo de los personajes, se hacen evidentes las carencias. Se entiende por qué se optó por esta vía, pero también se siente la falta de interés por explorar las dificultades de alguien que, en todos los sentidos, fue profundamente complejo.
Y esto va más allá de cualquier controversia mediática. Se trata de no reducir al personaje a una figura idealizada, sino de entenderlo desde múltiples perspectivas, incluyendo las de quienes lo rodeaban. De construir un retrato que tenga tanto de mito como de humanidad. Eso es justamente lo que la película no termina de ofrecer.

Al final, lo que Michael propone es una celebración del ícono, del mito. Y sí, un fan como yo, alguien que creció escuchando su música, que fue llevado por sus padres a ver Michael Jackson: esto es todo (Michael Jackson’s This Is It, 2009) en el cine el día de su estreno, que compró sus discos y consumió sus videoclips sin descanso, puede salir satisfecho en un primer momento. Pero una vez que ese entusiasmo inicial se desvanece, queda la sensación de que la película no ofrece mucho más.
Lo que hay es un retrato hecho a base de puros trazos gruesos que, para entenderse, no trasciende y mucho menos construye un perfil verdaderamente tridimensional. Y aquí es importante no confundir complejidad con sensacionalismo. La complejidad implica ir más allá de la leyenda, integrar distintas miradas y construir un personaje que sea tan humano como mítico. Eso es lo que alguien como Michael Jackson necesitaba y lo que esta película no logra.
En última instancia, queda como un ejercicio de celebración que no termina de ser algo más que eso. Funciona para el fan, sí, pero no se sostiene como una gran historia. Falta ese elemento que, una vez terminada la película, invite a seguir pensando en ella. Solo espero que Sam Mendes haya visto esta película con mucho detalle, porque si eso hicieron con el rey del pop, no me quiero ni imaginar lo que podría salir de sus cuatro películas sobre The Beatles que se lanzarán a partir del 2028. Sin poner las manos al fuego, de verdad espero que esas sí sepan plasmar en pantalla lo que faltó acá.



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