Escrita y dirigida por el boliviano Álvaro Olmos Torrico, La hija cóndor narra una fábula andina que aborda el recurrente tópico del abandono de la comunidad y las costumbres del campo por la independencia y las tentaciones de la ciudad. Su innovación radica en abordarlo desde la perspectiva de una joven que sueña con convertirse en estrella de música antes que seguir el legado de su madre como partera tradicional. El personaje de su madre también se desmarca de la pasividad y asume la misión de adentrarse en la ciudad para recuperar a su hija. Condecorada con dos Biznagas de Plata en el Festival de Málaga 2026, esta coproducción entre Bolivia, Perú y Uruguay no se limita a explorar las diferencias culturales de siempre y más bien se atreve a revelar el excesivo conservadurismo quechua pero también a reivindicar sus prácticas ancestrales.
Todo empieza con un milagroso parto asistido por Ana (María Magdalena Sanizo) y su hija adoptiva Clara (Marisol Vallejos Montaño), las últimas parteras de su comunidad rural. Como recompensa, Clara recibe una vieja radio portátil que se convierte en su pequeña ventana al mundo exterior. Su curiosidad por este se incrementa cuando su amiga rebelde Flora (Alisson Jiménez) le comenta que quiere escapar a Cochabamba con su novio. También se entusiasma cuando miembros de un grupo musical le auguran un futuro como cantante por su voz. Tras presenciar el castigo público de otra joven de la comunidad por desobedecer sus estrictas normas, y ante la indiferencia de Ana por este abuso, Clara decide fugarse con Flora. Una serie de sucesos trágicos en la comunidad harán que Ana se desplace a Cochabamba para hacer que vuelva.

A diferencia de otras películas donde es un hijo varón el que abandona su hogar rural por la ciudad, aquí es una mujer la que decide desafiar la expectativa de sumisión cultural de su comunidad andina. A diferencia de Flora, Clara no decide huir por amor o los placeres superfluos de la ciudad sino por cumplir un sueño de vida. Lo más significativo es que su comunidad no pierde a cualquier mujer sino a una profesional clave para su preservación colectiva. El guion de Olmos Torrico en ese sentido cuestiona de forma inteligente el machismo que hasta hoy perdura entre las poblaciones quechuas y que ha subestimado y limitado el potencial de sus mujeres. También acierta en identificar la paradoja de que las propias mujeres veteranas son cómplices de un patriarcado asfixiante como se constata en la escena del castigo colectivo de una adolescente. La normalización de este machismo también se aprecia en pequeños momentos como el lamento de una madre al recibir a su bebé mujer de brazos de la partera que la ayudó.
Un reparto predominantemente femenino y amateur representa el mejor complemento de la reivindicación feminista del filme. La cantante Marisol Vallejos Montaño logra transmitir inocencia y obediencia como una Clara que gradualmente se vuelve consciente del abuso machista perpetrado por la comunidad y por su propia madre adoptiva. María Magdalena Sanizo por su parte demuestra severidad pero también serenidad y determinación como una Ana que encapsula la sabiduría ancestral de las parteras pero también el silencio de muchas mujeres andinas ante la desigualdad de género. Su notable interpretación es digna de la Biznaga de Plata a Mejor Actriz de Reparto. La peruana Nely Huayta también aporta un personaje secundario simpático que ayuda a Ana a recorrer Cochabamba en busca de Clara. Además de las parteras, el universo femenino del filme comprende la escena musical andina que ha logrado encumbrar a mujeres exitosas como la actriz protagonista. Lo único decepcionante es que la trama apenas ofrece un par de escenas relacionadas con este mundo.

La fotografía del peruano Nicolás Wong Diaz también contribuye significativamente en el aspecto general de la película, logrando que las escenas interiores y nocturnas, iluminadas con velas o luces de neón morado, luzcan tan imponentes como los paisajes de la sierra boliviana. La banda sonora de Cergio Prudencio y Marcelo Guerrero, los otros galardonados en Málaga, también sorprende por no recurrir a las melodías típicas del mundo andino para concebir un carácter distintivo que refleja la propuesta narrativa fresca del filme. La hija cóndor es, desde luego, una experiencia que nos invita a aproximarnos al mundo andino con otros ojos, no solo para cuestionar su patriarcado dañino sino también para revalorizar el aporte de sus mujeres a la cultura, a la salud y a la vida.


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