Hay algo que ocurre casi automáticamente cada vez que aparece una nueva película de acción que no pertenece a una franquicia, que no es remake ni reboot y que se presenta como una propuesta original, y es la comparación con la saga de John Wick. No solo por su impacto dentro del género, sino porque con el tiempo terminó convirtiéndose en una especie de modelo a seguir, en una escuela. A partir de ahí, han surgido múltiples películas que intentan emular esa fórmula, algunas con mejores resultados que otras. Un caso relativamente positivo podría ser Nadie (Nobody, 2021), que logra canalizar esa energía de manera efectiva, aunque también existen muchos otros ejemplos donde ese intento evidencia un desgaste cada vez más visible.
A partir de eso surge una pregunta clave: ¿qué se puede hacer con esa fórmula para no caer en la repetición? ¿De qué otras influencias puede nutrirse un director para construir un relato de acción que, aun partiendo de ese modelo, logre diferenciarse? No se trata necesariamente de reinventar el género ni de alcanzar una obra maestra, sino de cumplir con lo básico y ofrecer una experiencia sólida, con algún elemento distintivo que le dé identidad. Con esa idea en mente, cuando vi por primera vez los avances de Te van a matar (They Will Kill You, 2026), la nueva película de Kirill Sokolov, la impresión inicial era la de estar ante otro intento de replicar lo hecho en las películas protagonizadas por Keanu Reeves.

La premisa encaja perfectamente en ese molde. Asia Reaves (Zazie Beetz) se infiltra en un hotel de lujo llamado El Virgil para rescatar a su hermana Maria (Myha’la), sin saber que en ese lugar se topará con un culto de satanistas que intentará cazarla para llevar a cabo un sacrificio. En realidad, eso es todo lo que hay que saber de la historia. A partir de ahí, la película se entrega por completo a su dimensión más adrenalínica, a un despliegue de violencia descontrolada que busca sostener el ritmo y la tensión.
Sin embargo, es justamente en ese punto donde la película empieza a mostrar que no se limita únicamente a replicar la fórmula. Aunque la influencia del cine de acción contemporáneo es evidente, también se perciben otras referencias que se alejan del mainstream más inmediato. Una de las más claras es la de Quentin Tarantino, particularmente en la huella de Kill Bill. No solo en la estilización de la violencia, sino en la idea de construir un espectáculo que se alimenta de distintas tradiciones cinematográficas. Sabemos que Kill Bill no es solo una historia de venganza ultraviolenta, sino también un relato atravesado por el amor, la pérdida y la búsqueda de un propósito.
Sokolov no alcanza ese nivel de complejidad, ni parece interesado en hacerlo. Su propuesta se mantiene en un terreno más directo, centrado en ofrecer un espectáculo sangriento que se divierte con sus propios excesos. Las secuencias de combate son extensas, con una clara influencia del cine asiático, mientras que la violencia se presenta de forma exagerada, con sangre brotando a borbotones y con un tono que oscila entre lo brutal y lo lúdico. En ese sentido, la película toma elementos de distintos lugares para construir algo funcional, aunque el camino que sigue es, en gran medida, seguro.

A eso se suma una sátira bastante reconocible sobre las clases altas, retratadas aquí como una élite entregada a prácticas satanistas y rituales de sacrificio. Es una idea que, aunque exagerada, dialoga con ciertas percepciones contemporáneas sobre el poder y sus excesos. La película juega con ese imaginario sin mayores pretensiones, utilizándolo como un contexto que justifica el enfrentamiento constante entre Asia y este grupo que la persigue con una absoluta falta de empatía.
Pero más allá de la acción, hay un intento por introducir una dimensión emocional que gira en torno a la relación entre Asia y Maria. La distancia que se generó entre ellas en el pasado y el impulso de rescate que mueve a la protagonista permiten articular una idea sobre el amor fraternal como una fuerza capaz de atravesar cualquier obstáculo. Es un elemento que la película plantea desde el inicio e intenta desarrollar en paralelo al caos que se desata en pantalla.
De forma complementaria, también se presenta una dinámica interna dentro del grupo antagonista, particularmente a través del personaje de Lilith (Patricia Arquette) y su relación con su esposo, donde se insinúan tensiones sobre su rol dentro del culto y su permanencia en El Virgil. Son ideas que buscan ampliar el conflicto, mostrar otras perspectivas y añadir capas al relato.

El problema es que, con el avance de la película, empieza a hacerse evidente dónde cojea la propuesta. Aunque durante buena parte del film se logra sostener la atención, gracias a la inventiva de sus secuencias violentas y a la constante escalada de situaciones cada vez más delirantes, llega un punto en que ese mismo exceso comienza a volverse repetitivo. La necesidad de llevar cada escena un paso más allá termina jugando en contra del conjunto.
Esto se vuelve particularmente notorio en el tramo final, cuando la película intenta introducir ciertas revelaciones importantes. Es ahí donde se percibe que la construcción del mundo no es lo suficientemente sólida como para sostener todo lo que se propone. Muchas de las reglas de ese universo se dan por sentadas, se mencionan sin desarrollarse, y se espera que el espectador las acepte sin cuestionarlas. Esa falta de una verosimilitud bien trabajada hace que el clímax, en lugar de potenciar la experiencia, genere una sensación de frustración.
Hay un intento claro por llevar la locura un paso más adelante, por empujar los límites del espectáculo, pero sin una base narrativa que lo respalde, ese esfuerzo termina quedándose corto. La película se apoya demasiado en la fórmula y en sus propios excesos, sin encontrar una manera realmente efectiva de explotar su dimensión más lúdica.

Aun así, no todo es negativo. Te van a matar funciona como un intento honesto de recuperar un tipo de cine de acción más visceral, más cercano a lo práctico, que remite a esa violencia sucia de antaño, donde el interés no estaba en replicar un realismo extremo, sino en jugar con las formas y con la puesta en escena. En ese sentido, hay un cierto encanto en lo que propone, en esa voluntad de ofrecer una experiencia directa, física, sin demasiadas pretensiones.
El problema es que esa experiencia se estira más de lo necesario. Llega un punto en que la acumulación de excesos se vuelve difícil de sostener, y lo que en un inicio resulta estimulante termina rozando lo cansino. A pesar de eso, si lo que se busca es una película de acción funcional, con momentos entretenidos y una dosis considerable de violencia estilizada, el resultado puede considerarse lo suficientemente decente como para pasar un buen rato. Nada más que eso.



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