“Mortal Kombat II” (2026): entre el fanservice y el caos


De arranque tengo que decir que mi relación con el videojuego Mortal Kombat es casi nula. Lo habré jugado un par de veces en mi vida y no voy a negar que la pasé bien haciéndolo; no obstante, más allá de eso nunca tuve un apego tan fuerte hacia ese universo de peleas ultraviolentas, personajes llenos de rasgos exagerados y frases que terminaron trascendiendo la cultura popular al punto de llegar inevitablemente al cine. Y claro, tras haberlo hecho en los años 90, en años recientes se intentó volver a llevar este mundo a la pantalla grande con la película del 2021, una adaptación que personalmente me parece bastante mediocre, sobre todo por lo mucho que intentaba tomarse en serio a sí misma.

El gran problema de esa primera entrega era cómo buscaba construir una narrativa solemne alrededor de un material que, justamente, nunca ha destacado por necesitar demasiadas explicaciones. Todo estaba orientado a desarrollar reglas, explicar poderes, aclarar cómo funcionaba el torneo y justificar cada uno de sus elementos, como si constantemente tuviera miedo de que el espectador no entendiera lo que estaba viendo. El resultado era una mezcla poco atractiva entre exposición interminable y apariciones de personajes clásicos cuya principal función parecía ser contentar al fanático mediante referencias o frases icónicas dichas casi sin contexto, como el clásico “Get over here” o el inevitable “Fatality”. Y lo peor de todo es que, pese a girar alrededor del torneo que da nombre a la saga, este nunca terminaba ocurriendo realmente.

Por eso tenía bastantes dudas respecto a qué podía ofrecer esta secuela. Sin embargo, había dos cosas dentro del avance que sí me daban cierta esperanza. La primera era la incorporación de Karl Urban como Johnny Cage, uno de los personajes más populares del juego que inexplicablemente no aparecería en la entrega anterior. La segunda era que, a diferencia del filme del 2021, esta secuela parecía mucho más interesada en abrazar el lado exagerado y hasta caricaturesco de este universo, entendiendo que quizá ahí estaba justamente su mayor encanto.

Y efectivamente, eso termina siendo lo mejor que tiene Mortal Kombat II. Desde el inicio se percibe una intención mucho más clara de no tomarse tan en serio y de acercarse más al espíritu del videojuego, tanto desde las actitudes de los personajes como desde la manera en que se aborda la acción y el humor. La historia, en realidad, sigue siendo bastante simple. Tras los acontecimientos de la primera parte, finalmente da inicio el torneo de Mortal Kombat, donde los guerreros de Earthrealm deben enfrentarse a los de Outworld para evitar la destrucción de su mundo. Por un lado está Lord Raiden (Tadanobu Asano) reuniendo nuevamente a sus peleadores, ahora con Johnny Cage incorporado al grupo. Por el otro aparece Shao Kahn (Martyn Ford) liderando a los guerreros de Outworld, entre ellos Kitana (Adeline Rudolph), hija del antiguo rey que Kahn derrocó y quien claramente guarda resentimiento hacia él.

Y es justamente a través de estos dos personajes nuevos que la película intenta construir algo parecido a un desarrollo dramático. Johnny Cage es presentado como un actor de acción venido a menos, alguien atrapado en las glorias del pasado y desesperado por demostrar que todavía puede ser relevante. El torneo aparece entonces como una oportunidad para reencontrar esa motivación perdida. Por otro lado, Kitana busca vengar a su padre y gobernar de forma pacífica. Evidentemente, uno no espera que esta sea una película llena de personajes complejos o moralmente ambiguos, pero eso no significa que no pudiera existir un intento más elaborado por hacer convivir la acción con conflictos ligeramente más interesantes.

Ahí es donde la película vuelve a tropezar. Porque, aunque efectivamente resulta mucho más disfrutable que la anterior, eso no significa necesariamente que termine siendo buena. Lo positivo es que ahora sí se siente más colorida, más exagerada y mucho más cercana a la lógica del videojuego. Los personajes abrazan mejor sus frases absurdas, sus poses y sus personalidades caricaturescas, y eso hace que, incluso estando lejos de ser tridimensionales, al menos se vuelvan más fáciles de seguir. Se nota que el director Simon McQuoid entendió parcialmente qué era lo que no funcionaba antes y ahora intenta entregar algo más entretenido tanto para el fanático del juego como para quien simplemente quiera pasar un rato viendo peleas violentas.

Y considerando que, fuera de estas dos películas, el cineasta prácticamente no tiene experiencia dirigiendo otra cosa, se agradece que al menos exista un esfuerzo por corregir algunos errores previos. La secuela entiende que este mundo funciona mejor cuando abraza el exceso y deja de intentar justificarse constantemente. El problema es que, cuando uno quiere mirarla desde un lugar un poco más exigente, empiezan a aparecer una gran cantidad de oportunidades desperdiciadas.

Creo que uno de los ejemplos más claros está en una escena donde Johnny Cage conversa en un bar con un fanático que le dice que disfrutaba de sus películas antiguas, a lo que él responde que ese tipo de cine de acción ya no conecta igual con el público actual. Ahí incluso se menciona directamente algo como la saga John Wick y la figura de Keanu Reeves como representación del cine de acción moderno. Y sinceramente me parece que ahí había una posibilidad interesantísima para reflexionar sobre cómo el género ha evolucionado con los años.

Porque si bien el cine de acción moderno claramente ha elevado muchísimo su nivel técnico, también pareciera haber perdido parte de ese espíritu más lúdico y luminoso que tenían muchas de sus viejas glorias. Y justamente un universo como el de Mortal Kombat, con sus escenarios imposibles, sus luces de neón, sus criaturas absurdas y esa mezcla permanente entre fantasía y violencia extrema, parecía el lugar perfecto para jugar con esa idea. Más aún considerando que la película constantemente intenta replicar la sensación de estar viendo los escenarios clásicos de los videojuegos antes de una pelea. Sin embargo, cuando parece que el filme va a profundizar en eso, termina abandonándolo rápidamente porque necesita seguir avanzando hacia el siguiente combate.

Algo parecido ocurre con Kitana y su conflicto con Shao Kahn. Aunque inicialmente parece que su deseo de venganza podría darle cierto peso emocional a la historia, la película constantemente deja esas ideas de lado porque hay demasiados personajes secundarios entrando y saliendo todo el tiempo. Todos tienen que pelear, todos tienen que dar información, todos tienen que lanzar frases icónicas, y eventualmente todo se convierte en una masa caótica de exposición y combates donde las ideas empiezan a perderse.

Y creo que ahí está justamente el gran problema de Mortal Kombat II. Por un lado, valoro muchísimo más esta secuela que la película anterior porque al menos entiende que este universo necesita ser divertido, exagerado y ridículo. El fanservice funciona mejor, la violencia se siente más acorde al material original y ya no existe esa obsesión tan marcada por intentar explicar absolutamente todo. Incluso alguien que no tiene una relación demasiado cercana con los videojuegos, como yo, puede encontrar momentos genuinamente entretenidos.

Lamentablemente, esos momentos son muy pocos y demasiado breves. Fuera de ellos, seguimos estando frente a una película tremendamente desordenada, que descuida bastante a su elenco y que constantemente introduce personajes sin realmente saber qué hacer con ellos. Y eso se vuelve todavía más evidente cuando pareciera que ni siquiera existe una verdadera preocupación por las consecuencias de lo que ocurre, especialmente en relación con quién vive o muere. Claro, al tratarse de un videojuego donde siempre existen maneras fáciles de traer personajes de vuelta, el guion termina recurriendo a soluciones extremadamente convenientes que hacen que muchas cosas pierdan peso rápidamente.

Aun así, mientras exista alguien como Karl Urban que sea capaz de sostener parte de la película gracias a su carisma y de vez en cuando aparezcan peleas capaces de ofrecer uno que otro momento de diversión genuina, supongo que es difícil rechazar completamente algo como esto. Evidentemente no estamos frente a lo mejor del cine de acción contemporáneo, ni mucho menos, pero dentro de todo se agradece que al menos esta secuela haya entendido que intentar convertir Mortal Kombat en algo solemne era probablemente el peor camino posible.

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