El mundo está lleno de caos y de un miedo constante a dejar asuntos inconclusos, y aunque no todo pueda resolverse de la manera que uno quisiera, a veces solo queda confiar. Confiar en que quienes nos rodean puedan, tal vez, completar aquello que iniciamos. Confiar en que el trabajo realizado, los esfuerzos invertidos y las responsabilidades asumidas encontrarán continuidad cuando ya no estemos para llevarlos adelante. Esa necesidad de encontrar un equilibrio y de cumplir con aquello que se espera de nosotros es una de las ideas que siento que Shōhei Imamura explora en La balada de Narayama (Narayama bushikō, 1983), una película que parte de una tradición ancestral para construir una reflexión mucho más amplia sobre la vida, la muerte y la supervivencia.
El punto de partida es la práctica legendaria del ubasute, según la cual una persona, al llegar a los setenta años, debe ascender la montaña del dios Narayama para abandonar definitivamente este plano terrenal. Es así como conocemos a Orin (Sumiko Sakamoto), una anciana que vive en una pequeña villa japonesa y que, mientras se aproxima a esa edad, debe convivir con los múltiples problemas que la rodean. Entre ellos se encuentran sus propios hijos, cuyas conductas suelen generar conflictos constantes, así como las tensiones que mantiene la comunidad con una aldea vecina. Sin embargo, antes de profundizar en esos conflictos, Imamura dedica buena parte de la primera hora a introducirnos en ese mundo y en la forma en que funciona.

Lo hace a través de una aproximación que por momentos adquiere un carácter documentalístico. Desde el inicio aparecen largos planos de la naturaleza que nos transportan hacia el lugar donde transcurrirá la historia. Una vez allí, la narración se detiene constantemente para observar el entorno. Imamura interrumpe el avance de los acontecimientos para mostrarnos cómo la naturaleza sigue su curso, indiferente a las preocupaciones humanas. Esa observación termina siendo fundamental porque convierte al paisaje en una manifestación directa de los mismos ciclos que gobiernan la existencia de los personajes. La vida y la muerte no aparecen como conceptos abstractos, sino como procesos inevitables que forman parte de un orden mucho más amplio.
Por eso no resulta extraño que los habitantes de la villa hablen constantemente sobre el momento en que deberán abandonar este mundo. Al hacerlo vuelven a la muerte una realidad incorporada a la vida cotidiana, con Orin, que actualmente tiene sesenta y nueve años, asumiendo esa realidad con una serenidad particular. Incluso llega a considerar la posibilidad de adelantar el cumplimiento del ritual para evitar convertirse en una carga para su familia. Esa aceptación termina convirtiéndose en uno de los aspectos más interesantes de la película, porque la muerte deja de presentarse como una tragedia individual y pasa a integrarse dentro de una lógica colectiva que estructura la vida de toda la comunidad.

Paralelamente, el cineasta aprovecha ese contexto para construir un contundente comentario social sobre la supervivencia. La rivalidad con la villa vecina, los juicios constantes hacia quienes poseen menos recursos, las burlas dirigidas a quienes son considerados diferentes, e incluso las críticas relacionadas con el desempeño sexual de ciertos personajes revelan una dimensión profundamente primitiva de las relaciones humanas. La película muestra cómo, en contextos marcados por la escasez, las personas pueden retroceder hacia comportamientos dominados por la necesidad más básica de sobrevivir. Constantemente se habla de la importancia de contar con lo necesario para no morir de hambre, y esa preocupación termina determinando buena parte de las relaciones que se establecen dentro de la comunidad.
Lo interesante es que, aunque todo esto ocurre en una villa perteneciente al pasado, la película consigue que esas dinámicas resuenen más allá de su contexto inmediato. La lucha por los recursos, la exclusión de quienes son percibidos como débiles y la necesidad permanente de demostrar fortaleza aparecen como comportamientos que siguen reproduciéndose de distintas formas. A partir de ahí surgen numerosas situaciones que resultan especialmente reveladoras sobre la manera en que funciona esta comunidad. Y como Imamura las presenta con absoluta naturalidad, muchas veces terminan rozando una brutalidad sorprendente. Hay actos de enorme violencia que son asumidos por los personajes como algo cotidiano, como si formaran parte inevitable del orden establecido.

Sin embargo, una vez que la película ha dedicado suficiente tiempo a mostrarnos estas dinámicas, comienza a desplazarse hacia otro terreno. Poco a poco deja atrás ese juego de cuerpos, impulsos y comportamientos que parecen responder a las mismas leyes de la naturaleza para acercarse a preguntas mucho más abstractas y profundamente humanas. Es ahí donde, al menos para mí, Imamura encuentra la mayor fuerza de la película. Porque La balada de Narayama termina convirtiéndose en una exploración que no busca ofrecer respuestas evidentes ni establecer paralelismos demasiado explícitos con el mundo moderno.
Por el contrario, existe una notable sutileza en la manera en que el cineasta articula sus ideas. El comentario sobre la supervivencia continúa presente, pero nunca se transforma en una alegoría insistente. Lo que realmente parece interesarle es reflexionar sobre la necesidad de encontrar un orden dentro de la vida y aceptar aquello que inevitablemente debe ocurrir. Con eso en cuenta, la cinta parece sugerir que no todo puede detenerse por el simple hecho de que existan asuntos pendientes. La vida continúa avanzando, los ciclos siguen su curso y las tradiciones terminan cumpliéndose.
En conclusión, si algo nos deja La balada de Narayama es que la confianza de la que hablaba al inicio regresa bajo una nueva forma. Ya no se trata únicamente de confiar en otras personas, sino también de confiar en que existe un orden que seguirá funcionando incluso cuando nosotros ya no estemos. Que aquello que iniciamos encontrará continuidad. Que el mundo seguirá moviéndose. Y que, eventualmente, si cada cosa sigue el curso que le corresponde, aquello que la tradición, la comunidad y la propia vida demandan terminará cumpliéndose.



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