Festival Al Este: “Laguna” (2025), cuando la cámara quiere sanar 


Cuando se trata de abordar, en el cine, un tema como el duelo, creo que resulta inevitable preguntarse hasta qué punto el conocimiento de ese contexto influye en nuestra valoración de la obra. Después de todo, estamos hablando de una experiencia profundamente humana con la que resulta difícil no empatizar. Precisamente por eso también cabe preguntarse cuánto de esa empatía termina sumando o restando a la hora de juzgar aquello que vemos en pantalla. Es una cuestión particularmente pertinente en el caso de Laguna, la más reciente película del cineasta lituano Šarūnas Bartas.

Hace algunos años, mientras se encontraba trabajando en un nuevo proyecto, Bartas sufrió la muerte de su hija mayor. Un acontecimiento que terminó modificando profundamente el rumbo de aquello que estaba filmando y que dio origen a esta película. En Laguna vemos al propio director junto a su hija menor viajando a una zona remota de México, alejada de cualquier imagen turística convencional, mientras ambos intentan procesar una pérdida que continúa definiendo sus vidas. Desde el inicio, lo que más llama la atención es la manera en que Bartas observa la naturaleza y convierte ese entorno en una herramienta para intentar comprender aquello que está viviendo. Los lentos movimientos de cámara, la atención prestada a los sonidos y la paciencia con la que contempla el paisaje parecen responder a una necesidad de hacer que todo se sienta vivo, como si la observación del mundo pudiera ofrecer algún tipo de respuesta frente a la muerte.

Sin embargo, la muerte también está presente de forma constante dentro de esa misma naturaleza. La película observa animales, plantas y distintos elementos del entorno, pero uno de los momentos más significativos llega con la imagen de una tortuga marina luchando por sobrevivir y regresar al mar. Es una escena que parece condensar muchas de las preocupaciones del filme y que se integra a una serie de observaciones donde la vida y la muerte aparecen constantemente entrelazadas. Paralelamente, Bartas y su hija atraviesan distintas situaciones cotidianas que eventualmente desembocan en largas conversaciones sobre la existencia, la pérdida y aquello que significa seguir adelante cuando alguien ya no está.

Es precisamente en esos momentos donde destaca con mayor fuerza la presencia de la hija menor. A pesar de no tratarse de una actriz interpretando un personaje, sino de una persona enfrentándose a una experiencia real, consigue desenvolverse frente a la cámara con una naturalidad notable. Hay una vulnerabilidad muy evidente en ella, pero también una capacidad para dialogar con su padre acerca del dolor sin que la película termine ingresando en terrenos particularmente incómodos o cuestionables. Ambos parecen intentar procesar aquello que sienten a través de la conversación y del propio acto de filmar. Y es justamente ahí donde aparece mi principal reparo.

Si bien resulta evidente que el director utiliza el cine como una forma de catarsis, también se percibe una necesidad constante de encontrar significado en todo aquello que lo rodea. Como si la cámara funcionara al mismo tiempo como refugio y como mecanismo de búsqueda errante. Esa necesidad termina llevándolo a filmar prácticamente todo lo que encuentra a su paso, cargando cada espacio, cada imagen y cada encuentro con una serie de simbolismos que, aunque comprensibles dentro del contexto emocional que atraviesa, terminan generando la sensación de que la película da vueltas una y otra vez sobre las mismas ideas. No porque carezca de cosas que decir, sino porque con frecuencia parece regresar al mismo lugar, únicamente cambiando el escenario desde el cual se formula la reflexión.

Dentro de ese recorrido también aparece el componente religioso. No es casual que la película transcurra en México, un país donde la relación con la muerte adquiere formas muy particulares a través de celebraciones como el Día de Muertos. Bartas observa cómo muchas personas convierten el recuerdo de los fallecidos en una experiencia comunitaria e incluso celebratoria, integrando esa visión a su propio proceso de búsqueda. No obstante, incluso esos momentos terminan sintiéndose como una extensión de una misma reflexión que ya venía desarrollándose desde otros lugares. La dimensión espiritual se suma al conjunto, pero no necesariamente consigue aportar una vitalidad nueva que transforme de manera significativa aquello que la película ya venía explorando.

Dicho esto, Laguna termina generándome sensaciones encontradas. Por un lado, resulta imposible no apreciar el riesgo que asume Šarūnas Bartas al exponerse de una manera tan directa y al convertir una experiencia tan dolorosa en el motor de una película. Hay algo admirable en la honestidad con la que se muestra perdido, errático y sin respuestas definitivas frente a aquello que le ha ocurrido. El problema está en que para poder encontrar verdadero valor cinematográfico en ese proceso también es necesario que la película logre sostenerse por sí misma, más allá del contexto que la rodea, siendo lo que precisamente le cuesta hallar.

Porque a pesar de que en un primer momento parecía existir la posibilidad de construir una docuficción particularmente interesante, capaz de combinar de manera más sólida los elementos documentales con aquellos más cercanos a la ficción, la película termina quedándose en un terreno algo menos consistente de lo esperado. Parte de su fuerza depende demasiado del conocimiento previo que tenemos sobre la tragedia que dio origen al proyecto. Y aunque ese contexto indudablemente influye en nuestra manera de verla, también deja la sensación de que la película se apoya en él más de lo que debería.

Por eso, aunque Laguna puede apreciarse como un ejercicio arriesgado y profundamente personal, no termino sintiendo que alcance una forma completamente redonda. Su mirada sobre el duelo posee sensibilidad y momentos genuinamente conmovedores, pero la insistencia con la que regresa a los mismos temas y la manera en que deposita parte importante de su impacto en elementos externos a la propia obra hacen que el resultado se perciba menos sólido de lo que podría haber sido. Lo que en un inicio parecía encaminado a convertirse en una docuficción especialmente poderosa termina quedándose en una experiencia valiosa desde lo humano, aunque no del todo completa desde lo cinematográfico.


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