No es nada nuevo lo que voy a decir, porque se trata de algo que siempre se ha discutido, pero me parece importante volver a mencionarlo. Hay películas con las que uno crece y que, con el paso del tiempo, termina abandonando. A veces las volvemos a ver ya de adultos y descubrimos que no han envejecido bien, que eran cintas dirigidas a un momento muy específico de nuestras vidas y que hoy ya no consiguen sostenerse. Eso es perfectamente normal. Sin embargo, también existen aquellas que permanecen con nosotros porque tienen motivos suficientes para hacerlo, películas que podemos seguir considerando excelentes tanto a los cinco como a los treinta años. Para mí, ese lugar lo ocupan las tres primeras entregas de Toy Story.
Si pensamos únicamente en esas tres películas de los juguetes animados de Pixar, encontramos una trilogía que, incluso con el riesgo de sonar hiperbólico, me parece perfecta. A través de momentos tan divertidos como profundamente entrañables, las películas hablan del crecimiento y de la importancia de comprender que muchas cosas en la vida cumplen un ciclo y que, tarde o temprano, también es necesario aceptar su final. Desde la primera aventura, donde Woody y el recién llegado Buzz Lightyear deben escapar del problemático Sid, hasta la tercera entrega, en la que Andy finalmente se despide de ellos para ir a la universidad, resulta evidente que estos filmes también han crecido junto a quienes los ven.

Cuando parecía que ese recorrido había encontrado un cierre definitivo, llegó Toy Story 4 (2019). Incluso después de haberla revisitado recientemente, no me parece una mala película. Aun así, no dejo de sentir que no es más que un capítulo adicional que, más allá de haber perdido el propósito tan claro que tenía la trilogía original, intenta construir un desenlace igual de emotivo sin alcanzar la misma recompensa emocional. Además de presentar a Bonnie como la nueva dueña de los juguetes, daba la impresión de que la película buscaba convertirla en un personaje con una personalidad que la distinguiera de Andy, quien en realidad nunca fue construido como un personaje con rasgos demasiado definidos, aunque esa intención terminaba quedando relegada para introducir nuevos dilemas existenciales en Woody, quien asumía su última aventura como protagonista.
Es así como llegamos a Toy Story 5, que, a mi parecer, sigue sin tener un motivo realmente vital para existir, pero cuya aparición era inevitablemente llamativa para quienes hemos acompañado esta saga durante tantos años. Lo primero que salta a la vista es que existe un esfuerzo claro por revitalizar la franquicia y encontrar una forma de conectar con los niños de hoy. Si lo pensamos bien, Toy Story ya es una saga que pertenece, sobre todo, a quienes crecieron con ella. Los intereses de la infancia han cambiado y los juguetes ya no ocupan el mismo lugar que antes. Ese desplazamiento es justamente el conflicto que la película decide explorar.

Ahora Bonnie atraviesa dificultades para socializar con otros niños, por lo que sus padres le regalan una tableta llamada Lilypad, convencidos de que así podrá vincularse mejor con sus contemporáneos. La llegada de este dispositivo transforma por completo la dinámica del cuarto y, por supuesto, también la relación de Bonnie con sus juguetes. Ellos sienten que comienzan a perder el lugar privilegiado que ocupaban dentro de su vida y terminan enfrentándose a esta nueva presencia tecnológica para intentar recuperar su atención. Paralelamente, tras la partida de Woody, el grupo pasa a estar encabezado por Jessie, quien ahora asume el liderazgo e intenta encontrar una manera de convivir con aquello que parece destinado a reemplazarlos.
La película plantea entonces un conflicto bastante evidente: cuál es el papel que ocupa hoy la tecnología. Además de los niños, también muestra cómo los adultos permanecen absorbidos por las pantallas sin prestar demasiada atención a lo que ocurre a su alrededor. Bonnie representa justamente esa situación. Al inicio todavía juega con sus juguetes y la película incluso aprovecha para diferenciar visualmente esos momentos de imaginación respecto de la realidad. Sin embargo, poco a poco comienza a dejarse absorber por lo que Lilypad le ofrece, convencida de que relacionarse mediante esa tecnología le permitirá alcanzar aquello que tanto desea: tener amigas. No obstante, la película deja claro que esa forma de interacción resulta artificial y que difícilmente puede sustituir el vínculo genuino que antes mantenía con sus juguetes.

Es ahí donde Jessie adquiere una importancia fundamental. Al tratarse de un juguete perteneciente a otra época y después de haber pasado por dueñas como Emily, Andy y finalmente por Bonnie, carga consigo una experiencia distinta a la del resto. Gracias al inolvidable flashback de Toy Story 2 (1999) sabemos que arrastra el miedo de haber sido abandonada, y después de volver a atravesar situaciones similares comprende que no quiere repetir nuevamente esa historia. Esa negación, unida a su rechazo inicial hacia la tecnología, termina enfrentándola directamente con Lilypad.
Hay un aspecto que también me resulta particularmente interesante. En su intento por conectar con nuevas generaciones, la película parece haber optado por reinterpretar la primera Toy Story (1995). Tanto desde el punto de vista visual como temático, la llegada de Lilypad y la confrontación que mantiene con Jessie recuerdan inevitablemente al conflicto inicial entre Woody y Buzz Lightyear cuando este llega por primera vez al cuarto de Andy. No considero que esto sea necesariamente un problema. Tampoco me parece justo reducirlo a un simple calco o acusar a la película de pereza narrativa, porque sí introduce preocupaciones propias.

Mientras Woody únicamente tenía ojos para Andy y era capaz incluso de tomar decisiones cuestionables por garantizar su bienestar, Jessie enfrenta un conflicto distinto. Lo que la atormenta es la posibilidad de que su tiempo haya terminado y de que los juguetes ya no ocupen el lugar que alguna vez tuvieron. Otros personajes ya han aceptado que las pantallas llegaron para quedarse y que forman parte de la vida cotidiana, no solamente como un entretenimiento, sino como una presencia permanente. La cuestión deja entonces de ser cómo derrotarlas y pasa a convertirse en cómo convivir con ellas. Creo que esa es la idea que esta quinta entrega intenta desarrollar.
Es por esa razón que, a mi parecer, Toy Story 5 consigue hacer las cosas mejor que la cuarta película. Vuelve a recuperar esa sensación de regreso, esa necesidad de reencontrarse con alguien importante para devolver las cosas a su lugar. Antes ese papel lo ocupaba Andy; ahora corresponde a Bonnie. Por eso esta vez sí siento una preocupación legítima por Jessie, Buzz e incluso por Woody, quien después de haber dejado al grupo regresa para ayudarlos. Todos buscan demostrar que todavía pueden ser útiles para Bonnie y que aún no se han convertido en objetos completamente obsoletos.

Es entonces cuando finalmente se comprende qué era lo que se quería construir con Bonnie, otorgándole ahora sí una dimensión que antes no terminaba de encontrar. A diferencia de Andy, que funcionaba más como una idea que impulsaba las acciones de los juguetes, Bonnie recibe ahora conflictos propios. Es una niña con dificultades para relacionarse con los demás y los juguetes encuentran un propósito concreto al intentar ayudarla a superar ese problema.
Dicho esto, si bien considero que Toy Story 5 supera a su antecesora, tampoco creo que lo haga por un margen demasiado amplio. La mejor prueba de ello se ve si es que retiramos de la ecuación todo el componente relacionado con la tecnología y con las discusiones actuales sobre el uso de las pantallas. ¿Qué quedaría realmente? Tengo la impresión de que la aventura terminaría pareciéndose muchísimo a las cuatro cintas anteriores. En ese sentido, esta quinta entrega continúa contando esencialmente las mismas historias.

Por momentos llega a sentirse como un recopilatorio de grandes éxitos de Toy Story. Recupera muchas de las ideas que ya habían funcionado anteriormente e incorpora nuevos personajes mientras modifica ligeramente algunas situaciones para evitar que resulten idénticas. Por eso decía antes que no es un simple calco de la primera película. En realidad, toma elementos de todas las anteriores: desde la construcción de su antagonista y sus motivaciones hasta la escala del viaje que emprenden los protagonistas. Todo ello hace evidente que estamos frente a una secuela que, para evitar equivocarse, prefiere jugar constantemente sobre seguro.
Mientras Toy Story 4 intentó arriesgarse y, desde mi perspectiva, no terminó de encontrar aquello que buscaba, esta quinta parte opta por instalarse plenamente dentro de una zona de confort. La forma que encuentra para acercarse a los niños de 2026 consiste, precisamente, en recuperar aquello que ya había demostrado funcionar con quienes crecimos viendo la saga.

Por eso, al final, Toy Story 5 termina siendo una secuela que no destruye el enorme legado construido por sus predecesoras, lo cual no significa que consiga justificar plenamente su existencia dentro de la continuidad de este mundo ya establecido. Hay disfrute, personajes entrañables y varias ideas correctamente desarrolladas, especialmente aquellas relacionadas con el papel que ocupa hoy la tecnología en la infancia y en la sociedad.
Lamentablemente, más allá de esa actualización temática, continúa sintiéndose como una prolongación de una trilogía que ya había encontrado un cierre perfecto. Es cierto que entiende mucho mejor que la cuarta qué hizo tan especiales a las primeras películas, pero justamente por apoyarse tanto en ello nunca termina de encontrar un núcleo realmente nuevo. Eso permite seguir disfrutando de la mayoría de estos personajes, aunque también deja a varios secundarios clásicos completamente relegados y hace inevitable pensar que, después de esta, probablemente llegue una sexta entrega igual de innecesaria, prolongando todavía más una historia que ya había encontrado su cierre.



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