Cuando se busca hablar de los monstruos en el cine y se quiere escapar de su imagen más clásica, resulta inevitable mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos qué puede hacer monstruosa a una persona. Si uno lo piensa, la ambición puede conducir por ese camino. Incluso cuando nace de algo que en apariencia parece mínimo, como el simple deseo de encajar, encontrar un lugar en el mundo o conseguir cierta agencia sobre la propia vida. El problema aparece cuando esa necesidad lleva a hacer cosas que normalmente no se harían: engañar, dañar a otros o aplastarlos para ya no solo pertenecer, sino también para dominar.
Esa es la mirada que Markus Schleinzer propone en Rose. La película nos traslada al siglo XVII para seguir a una mujer (Sandra Hüller) que se hace pasar por hombre para ir a la guerra y que, tras la muerte de uno de sus compañeros en combate, decide adoptar su identidad. Después de quedarse con su herencia, y una vez terminado el conflicto, se asienta en una villa ubicada en medio del bosque, donde poco a poco comienza a tener el control del lugar y a adueñarse de él.

La historia se presenta como si fuera un cuento. La protagonista lleva una evidente cicatriz de guerra en el rostro que deja entrever ese costado monstruoso asociado a la ambición. A partir de ahí la vemos realizar acciones que podrían entenderse como beneficiosas para quienes viven en la villa, como deshacerse de un oso que amenaza a la comunidad o establecer distintos acuerdos con otras personas en busca de una idea de bienestar. Sin embargo, todo aquello sigue sosteniéndose sobre una gran mentira y conforme avanza el relato vemos las consecuencias que esa mentira le trae consigo.
Algunas de esas consecuencias incluso tienen un giro fantástico por lo inexplicables que resultan. Más que una unión genuina, el matrimonio funciona como una forma de acallar las sospechas respecto a su género. Basta con observar las distintas maniobras que realiza para evitar lo evidente donde la película encuentra uno de sus aspectos más interesantes.

Ahí aparece un costado particularmente perverso del ser humano. Rose no necesita matar o cometer otro tipo actos atroces para sacar a relucir lo peor de sí misma. Basta con verla ejercer el poder de una manera completamente vertical y en perjuicio de quienes la rodean. Lo que inicialmente parecía una forma de ayuda termina convirtiéndose en algo que expone su faceta más oscura. De esa manera, la película termina mostrando la monstruosidad planteada desde el comienzo.
Schleinzer construye todo esto de una forma atractiva. El trabajo en blanco y negro resulta bastante efectivo, al igual que la manera en que filma los rostros de sus personajes. Ya sea observando a la propia Rose, a Suzanna (Caro Braun) —la joven con la que es obligada a casarse— o a los demás habitantes de la villa, la película encuentra constantemente formas de mostrar el deterioro de los personajes a través de sus expresiones. Aun así, creo que no logra evitar algunos elementos facilistas que hacen que ciertas cosas se sientan más esquemáticas de lo que deberían.

Pienso sobre todo en el uso excesivo e innecesario de la voz en off. Como sabemos, se trata de un recurso que siempre ha sido cuestionado y que exige mucho cuidado para no convertirse simplemente en una guía sobre lo que el espectador debe ver o sentir. Y creo que ese es el error en el que cae la película. Tenemos un narrador omnisciente que va contando aquello que ocurre, cuya presencia, debido a la calidad de cuento que parece tener el filme, puede entenderse hasta cierto punto. El problema es que la información que añade se reduce, en buena parte, a reflexiones bastante evidentes, mientras que muchas veces simplemente describe lo que ya estamos viendo en pantalla.
Eso hace que las diversas interpretaciones posibles terminen reduciéndose a una sola lectura: la que el propio cineasta parece dar por sentada al filmar determinadas situaciones. Eso me parece una pena, porque hay momentos donde da la impresión de que se subestima al espectador. Dicho esto, no considero que esto arruine la experiencia. Gracias a sus personajes, al buen manejo técnico y a la forma en que las ideas principales logran sostenerse, la voz en off no termina por echar abajo la película. Sin embargo, sí me hace pensar que, si la duración del film fuera más extenso y tanto esa narración como los monólogos de Rose hubieran seguido repitiéndose, probablemente mi valoración sería distinta.

Por esa razón, y ya para concluir, aunque Rose me parece una película correcta, también la encuentro interesante como retrato de la monstruosidad y de la manera en que esta puede utilizarse para hablar sobre las ganas de encajar. Vivimos en un mundo muy guiado por las apariencias y que muchas veces busca ejercer control sobre los demás a través de una falsa idea de simpatía. Ver una película como esta lleva a pensar hasta qué punto esas dinámicas se han perpetuado con el tiempo.
Aunque siento que en su tramo final la película le resta parte de la complejidad que había construido alrededor de su protagonista, subrayando un poco más ciertas ideas relacionadas con su agencia y con el papel que ocupaba como mujer dentro de ese contexto, prefiero quedarme con sus aciertos. Pese a sus errores elementales, sigue siendo un filme envolvente, con cierta dosis de relevancia y que, cuando parece acercarse al trazo grueso, consigue apartarse de él en el momento preciso. Considerando los problemas que arrastraba, eso termina siendo un logro considerable.


![[Crítica] «La Odisea» (2026), de Christopher Nolan: rompiendo la Ley de Zeus](https://www.cinencuentro.com/wp-content/uploads/2026/07/La-Odisea-8-950x534.jpg)
Deja una respuesta