“Toy Story 4” (2019): el final después del final


Creo que el principal problema de Toy Story 4 reside en que deja de apuntar a un objetivo claro. Si revisamos las tres películas anteriores, todas compartían una misma meta: regresar con Andy. Esa meta podía tomar distintas formas, ya fuera estar con él durante la mudanza, reunirse con él cuando regresara del campamento o acompañarlo por última vez antes de que partiera a la universidad. Siempre había un objetivo muy concreto que guiaba toda la historia.

Aquí, en cambio, eso no ocurre. Más bien, lo que en un inicio parece plantearse, que es la dificultad de Bonnie para adaptarse al colegio, termina desechándose muy rápidamente para desviar la historia hacia el escenario de la feria. Es ahí donde se intenta introducir un nuevo dilema existencial para Woody: preguntarse si su propósito como juguete debe limitarse a hacer feliz a un solo niño o si también puede hacer felices a muchos otros. No obstante, siento que el filme hace muy poco para construir ese cuestionamiento. La única justificación real termina siendo que Woody empieza a sentirse desplazado por Bonnie durante un tiempo y, al reencontrarse con Bo Peep, descubre una forma distinta de vivir como juguete, mucho más independiente, donde también existe un sentido de comunidad y la posibilidad de ir haciendo felices a distintos niños.

Esa idea también busca reforzarse con Gabby Gabby, a quien yo consideraría una falsa antagonista. Al final, su función no es realmente oponerse al ansiado objetivo, sino terminar de demostrar el punto que la película quiere defender, como una excusa para reforzar su mensaje. Por eso nunca llega a convertirse en una fuerza que desafíe verdaderamente los ideales de Woody y los demás, quedando como una versión mucho más suavizada de Lotso, quien sí poseía convicciones mucho más firmes y claramente opuestas a las de los protagonistas. Creo que por eso esta entrega nunca alcanza el mismo peso dramático que las anteriores.

Lo que queda, entonces, es una aventura correcta. Los personajes siguen conservando su carisma y el desarrollo suficiente para que uno no termine insatisfecho con lo que ve. Lamentablemente, incluso la despedida final, que debería ser el momento más conmovedor de toda la película, nunca termina de generar ese impacto. Y si no me provoca prácticamente nada es porque la película anterior ya había construido una despedida mucho más emotiva, no solo por cerrar aquella aventura, sino también por cargar con el peso emocional de dos películas anteriores que nos habían preparado para ese momento durante años. Aquí eso no sucede. La despedida simplemente ocurre y cada uno sigue su camino sin que se sienta realmente trascendente.

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