30° Festival de Lima: “Hangar rojo” (2026), entre la obediencia y la conciencia


En estos tiempos de polarización en los que vivimos, marcados por una exigencia constante de tomar partido, existe una tendencia a pensar en qué sería lo mejor y lo peor de ubicarse en determinado lado de la historia. Esa necesidad de elegir puede llevarnos a olvidar los matices que supone formar parte de cualquiera de los bandos enfrentados. Esto no significa que ambos tengan necesariamente el mismo peso moral: uno puede ocupar una posición mucho más problemática que el otro, especialmente cuando se encuentra respaldado por un poder superior en todos los sentidos. En apariencia, esa desigualdad debería facilitar cualquier decisión. La situación se vuelve mucho más complicada cuando alguien ya ha sido aceptado dentro de ese lado, ha encontrado la manera de convivir tranquilamente con quienes lo integran y, de un momento a otro, ocurre algo que lo obliga a comprometerse. A partir de entonces, incluso la acción más pequeña puede alterar por completo su destino.

Ese es el dilema que Juan Pablo Sallato plantea en Hangar rojo, película ambientada en Chile durante el 11 de septiembre de 1973, día del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende y dio inicio a la dictadura encabezada por Augusto Pinochet. El acontecimiento histórico funciona principalmente como telón de fondo, pues la película concentra su mirada en el capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate), exjefe de Inteligencia de la Fuerza Aérea que ahora enseña en la Escuela de Aviación. 

A raíz del golpe, aquello que hasta entonces había sido un espacio de formación se transforma en un centro de detención y tortura para quienes son considerados opositores al nuevo régimen. Silva, cuyo pasado despierta desconfianza entre varios de los militares que lo rodean, queda atrapado en una encrucijada que se vuelve todavía más compleja cuando reaparece el coronel Marion Jahn (Marcial Tagle), un antiguo compañero de armas a quien había traicionado. Este hombre regresa desde una posición de mayor poder y coloca al protagonista frente a una situación en la que cada decisión puede comprometerlo.

Lo fascinante comienza precisamente con ese dilema ideológico en el que Silva queda atrapado y con la manera en que la película intenta trasladarlo a sus propias decisiones formales. El blanco y negro puede entenderse como una representación de esos dos bandos entre los que el protagonista debe desplazarse, aun cuando su posición nunca pueda reducirse de manera tan sencilla a uno u otro. A ello se suman numerosos planos en los que el protagonista aparece frente a otra persona, construyendo enfrentamientos de uno contra uno donde pareciera que solamente uno puede prevalecer. El uso constante del desenfoque cumple una función semejante, obligando a establecer qué ocupa el primer término y qué queda relegado, algo que dialoga con la necesidad del protagonista de decidir a qué debe otorgarle importancia si pretende sobrevivir a un día en el que cualquier movimiento puede tener consecuencias.

A esa construcción se incorpora una imagen que aparece en distintos momentos desde el recuerdo de Silva. Habiendo sido paracaidista, rememora aquel instante en el que se lanzó desde un avión para caer en el Estadio Nacional de Chile. La película vuelve sobre ese episodio mientras distintos personajes le preguntan qué sintió al encontrarse a semejante altura y precipitarse hacia el suelo. Entre ellos está Hernández (Aron Hernández), un soldado recién llegado que encarna cierta pérdida de la inocencia al descubrir que aquella vida militar se encuentra mucho más corrompida de lo que imaginaba. La pregunta también surge de otros superiores y, sin necesidad de adelantar cuál es la respuesta de Silva, queda claro que Sallato utiliza esa caída como una forma de representar el propio desmoronamiento del personaje durante una jornada en la que las certezas que hasta entonces sostenían su vida empiezan a desaparecer.

Esa sensación se refuerza mediante los constantes desplazamientos de Silva por distintos sectores de la escuela. Un lugar que apenas la noche anterior podía representar cierta estabilidad se convierte súbitamente en una prisión. Lo conocido adquiere otra dimensión porque las condiciones que permitían al protagonista desenvolverse dentro de ese espacio han cambiado por completo. Ahora parece existir una sola forma de salir de allí, y cualquier camino implica tomar una decisión que inevitablemente tendrá un costo. Silva debe determinar qué considera correcto mientras piensa tanto en su esposa como en aquellas personas a las que alguna vez apoyó y que ahora están siendo interrogadas. Puede intentar protegerlos y asumir las consecuencias que eso supone, o atravesar la situación procurando salir bien librado y continuar adelante dentro del nuevo orden. Son alternativas radicales que convierten su permanencia en la escuela en un recorrido donde sobrevivir también significa decidir qué precio está dispuesto a pagar.

Uno de los aciertos de la película, similar al planteado en otro gran filme como es la argentina La larga noche de Francisco Sanctis (2016), está en que ese conflicto no necesita apoyarse en un bombardeo constante de información sobre el acontecimiento histórico ni convertir la posición de Silva en una elección sencilla. Asimismo, el protagonista tampoco aparece construido desde extremos que faciliten nuestra relación con él. No es una persona cruel, pero tampoco un mártir, término con el que incluso uno de sus superiores llega a referirse a él de manera jocosa. Algunos de sus actos podrían conducir hacia cualquiera de esas interpretaciones, aunque la película evita definirlo exclusivamente mediante ellas. En cambio, buena parte de su conflicto se expresa a través de la fisicalidad: la frialdad de su comportamiento, la dureza de sus movimientos y un rostro prácticamente inexpresivo permiten construir a alguien que exteriormente parece decir muy poco mientras internamente atraviesa un enorme torbellino racional y emocional.

Silva piensa en aquello que hizo, en lo que está haciendo y en lo que tendrá que hacer al mismo tiempo. La cinta permite comprender ese proceso sin necesidad de que verbalice constantemente sus dilemas ni de recurrir en exceso a gestos destinados a demostrar una supuesta generosidad. Es precisamente esa contención la que vuelve más interesante su ambigüedad. En un contexto donde parece exigirse que cada persona quede inmediatamente definida por el lado que ocupa, el protagonista se encuentra obligado a evaluar su propia posición mientras las circunstancias reducen cada vez más sus posibilidades. Sus decisiones no dejan de tener consecuencias y el filme tampoco pretende absolverlo de ellas, pero entiende que su conflicto puede resultar mucho más interesante si se observa aquello que ocurre entre una elección y otra, especialmente cuando ninguna parece permitirle atravesar indemne ese nuevo orden.

Eso sí, no todos los recursos empleados para reforzar esa tensión alcanzan el mismo nivel. Hay momentos en los que la película parece querer masticar demasiado aquello que ya había conseguido expresar mediante la puesta en escena y el comportamiento del protagonista. La sobrecarga de la banda sonora es uno de ellos, pues en determinados pasajes insiste en remarcar emociones que podrían sostenerse sin semejante énfasis. Algo similar ocurre con Hernández. Su presencia resulta útil para representar la pérdida de inocencia de alguien que llega con una determinada ilusión respecto a la vida militar y descubre rápidamente la podredumbre que la rodea. Aun así, esa dimensión del personaje queda planteada de una forma bastante elemental y podría haberse desarrollado mucho mejor, sobre todo considerando la relación que establece con el proceso de desmoronamiento que atraviesa Silva.

Fuera de esas limitaciones, Hangar rojo es una película muy bien filmada que consigue aproximarse a un hecho real del pasado capaz de seguir dialogando con nuestro presente sin necesidad de subrayar constantemente esa relación. Su fuerza proviene de situar al protagonista en una jornada donde las decisiones deben tomarse de inmediato y donde cada una puede modificar radicalmente aquello que sucederá después. Las elecciones difíciles aparecen expuestas con dureza, dentro de una dinámica que conduce constantemente al choque y que obliga a Silva a enfrentarse tanto con quienes lo rodean como con aquello que él mismo ha hecho. El golpe de Estado permanece como el contexto que transforma las reglas del espacio, pero la película encuentra su centro en observar qué ocurre con alguien que debe aprender a moverse dentro de ellas cuando aquello que hasta hacía unas horas parecía estable deja de serlo.

Con un tono implacable, Sallato parte de un acontecimiento histórico de enorme peso, pero encuentra una forma concreta de abordarlo mediante un personaje atrapado entre decisiones que no admiten salidas sencillas. Los recursos visuales empleados para representar esa situación (el blanco y negro, los enfrentamientos cara a cara, el desenfoque y la imagen recurrente de la caída) permiten trasladar el dilema hacia la propia forma de la película. Aunque algunos elementos, como la banda sonora o el desarrollo de Hernández, podrían haber sido tratados con mayor sutileza, el conjunto mantiene la dureza necesaria para que esa jornada se perciba como un proceso de progresivo derrumbe. 


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