Cuando se trata de conocer nuestra historia, especialmente desde una generación muy alejada del tiempo que pretende estudiar, resulta inevitable enfrentarse a un profundo desconocimiento. Muchas veces ni siquiera sabemos qué podemos encontrar y cuando aparece algún hallazgo de valor para el público, también surgen intereses que no necesariamente son los más nobles. Eso lleva a preguntarse si, a lo largo de la historia, los objetos o vestigios arqueológicos de un territorio conservan una conexión con nosotros que vaya más allá de lo tangible. ¿Qué parte de la esencia de quienes habitaron esos lugares permanece todavía allí? El cine, por supuesto, puede convertirse en una de las herramientas capaces de intentar responder esa pregunta.
Es desde esa inquietud que Nicolás Cifuentes construye Una escritura en apariencias. Como él mismo cuenta al inicio del documental, desde niño sintió una enorme fascinación por las cámaras. Recuerda incluso que le gustaba exponer los rollos de película a la luz, un gesto que terminaba destruyendo de manera irreversible las imágenes registradas. Ese recuerdo infantil deja entrever el origen de la exploración que propone aquí, porque la relación entre la luz, la memoria y la desaparición atraviesa toda la película. Su recorrido lo lleva hasta Teyuna, la llamada “Ciudad Perdida” del pueblo tayrona, uno de los sitios arqueológicos más importantes de Colombia, descubierto hace cincuenta años por buscadores de tesoros conocidos como huaqueros.

A partir de allí, se establece un diálogo constante entre distintos tiempos. Por un lado, aparece el pasado registrado en imágenes de archivo de hace cinco décadas. Por otro lado, el presente del propio Cifuentes y de quienes hoy habitan ese territorio. Mediante la reapropiación del archivo y la incorporación de nuevas imágenes filmadas por él mismo, el cineasta construye un recorrido que busca desplazarse entre el espacio y el tiempo para preguntarse cuánto de aquellas personas sigue reflejándose en quienes permanecen allí en la actualidad.
En ese sentido, inevitablemente recordé La memoria de las mariposas (2025), documental peruano de Tatiana Fuentes, que también recurría al archivo para recuperar una mirada poco conocida sobre los pueblos indígenas durante la época de la fiebre del caucho. Sin embargo, aunque ambos trabajos parten de un punto semejante, terminan recorriendo caminos opuestos. En aquella película, una búsqueda que parecía abarcar una dimensión histórica mucho mayor acababa desembocando en una exploración personal. Aquí ocurre lo contrario. Cifuentes inicia el recorrido desde una experiencia íntima, vinculada con su infancia y con un lugar que conoció gracias a sus padres, para terminar ampliando esa mirada hacia una reflexión mucho más extensa sobre el territorio y la memoria.

Ese regreso a Teyuna con una cámara en las manos le permite abrir el ya mencionado diálogo entre pasado y presente, aunque también introduce otra pregunta que termina siendo todavía más interesante. Conforme avanza el filme, el propio cineasta parece cuestionarse qué tan legítima es su presencia en ese espacio. Del mismo modo en que los huaqueros llegaron décadas atrás como personas ajenas al territorio, él también reconoce que es un extraño. Surge entonces una inquietud ética que atraviesa buena parte de la película: ¿qué tan bienvenidos son quienes llegan con la intención de registrar ese lugar? ¿Realmente desean ser filmados quienes lo habitan? ¿Y hasta qué punto la cámara deja de ser únicamente una herramienta de observación para convertirse también en una forma de intervención?
Es justamente allí donde vuelve a cobrar sentido la anécdota de los rollos de película expuestos a la luz. Si la luz era capaz de destruir las imágenes, también puede entenderse como una forma de alterar aquello que pretende registrar. Por eso aparecen constantemente esas figuras blancas, casi espectrales, como si pertenecieran a otro tiempo. Más que un simple recurso visual, terminan dialogando con la idea de la colonización y del derecho mismo a descubrir. La película comienza entonces a preguntarse si esa «Ciudad Perdida» realmente quería ser encontrada y, sobre todo, si el hecho de haberlo sido terminó beneficiando a quienes la habitaban o únicamente a quienes llegaron desde fuera.

Es probablemente en esa dimensión ética donde el documental alcanza sus momentos más interesantes. Lo que inicialmente parecía una exploración íntima termina convirtiéndose en una reflexión sobre la relación entre la memoria, el archivo y la mirada contemporánea. No obstante, también considero que el recorrido cae por momentos en algunos lugares comunes de este tipo de propuestas. La voz en off insiste reiteradamente en ideas relacionadas con la condición del propio director como hombre blanco y con la legitimidad de su presencia allí. Son reflexiones válidas, pero muchas veces verbalizan aquello que las imágenes ya habían conseguido expresar con bastante claridad.
De hecho, los mejores pasajes de Una escritura en apariencias aparecen precisamente cuando Cifuentes decide guardar silencio. Es ahí donde el archivo histórico y las imágenes actuales comienzan a dialogar por sí solos, permitiendo que sea el propio montaje el que construya ese puente entre distintos tiempos. En esos momentos, el espectador casi puede escuchar las voces del pasado resonando como un eco sobre el presente, como si el territorio todavía conservara una memoria imposible de borrar. Esa confianza en el poder de las imágenes resulta mucho más sugerente que cualquier explicación verbal.
Dentro de todo, creo que el experimento termina funcionando. Hay una búsqueda formal y conceptual coherente con las preguntas que el documental se plantea desde el inicio, y aunque en determinados momentos la necesidad de explicitar sus ideas le resta parte de la fuerza que ya poseían las imágenes, el recorrido conserva el suficiente interés como para sostener esa reflexión sobre la memoria, el archivo y la relación ética entre quien observa y aquello que decide registrar.



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