Remotándonos a una época más sencilla pero deshaciéndose de la nostalgia exagerada que ha infectado a otros proyectos similares recientes, El final de la calle Oak funciona muy bien como una aventura llena de tensión y, por supuesto, dinosaurios plumíferos. Escrita y dirigida por David Robert Mitchell (Te sigue), la cinta nos propone algo muy distinto a cualquiera de las películas de Jurassic Park o Jurassic World, centrándose en la supervivencia de una familia ochentera común y corriente, cuyo mundo regular ha sido invadido por una atmósfera y criaturas prehistóricas.
El final de la calle Oak se lleva a cabo en 1982 en unos suburbios y tiene como protagonista a la familia Platt. La madre, Denise (Anne Hathaway), está frustrada con su matrimonio y se dedica a escribir una novela cuasi autobiográfica en secreto. El padre, Greg (Ewan McGregor), acaba de ser despedido y, en vez de confesarle la verdad a su esposa, le dice que trabaja como repartidor de pizzas para ganar un poco de dinero extra, y no porque no le quede otra. La hija mayor, Audrey (Maisy Stella, de My Old Ass), pasa los días pensando más en el trabajo de Carl Sagan y otros científicos que en sus amigas o potenciales intereses amorosos, y el hijo menor, Brian (Christian Convery, de El mono), le rompió la mano a otro niño de casualidad, y tiene miedo de que su hermano mayor lo encuentre.

Todos estos problemas, conflictos y situaciones se tornan más complicados, sin embargo, cuando unos destellos de luz invaden el vecindario una noche, haciendo que la electricidad se corte y el agua se esfume. Pero lo peor comienza el día siguiente, cuando la familia se da cuenta de que el barrio ha sido invadido por flora y fauna prehistórica. En pocas palabras: están rodeados de dinosaurios y otros animales feroces de aquella época, los cuales proceden a perseguir y asesinar a todos sus vecinos. Aterrados y preocupados, los cuatro tienen que hacer de todo para sobrevivir, mientras el joven Brian intenta encontrar a su fiel perro, Starbuck, el cual desapareció con la llegada de los dinosaurios.
El final de la calle Oak me recordó bastante a las películas que Amblin (la productora de Steven Spielberg) solía producir en los años ochenta. Mezclando un tono tanto ligero como ocasionalmente tenso con las historias de adultos y niños y una palpable sensación de aventura, la cinta se aleja de lo que Spielberg hizo con la primera Jurassic Park, para más bien entregarnos una experiencia que, felizmente, no abusa de la nostalgia. En todo caso, y a diferencia de otras producciones contemporáneas que retroceden a los años 80, Oak Street parece decirnos que no tiene sentido quedarse en el pasado, y que la obsesión por lo que vino antes no haría más que traernos problemas.
Fuera de eso, la película hace un buen trabajo desarrollando los conflictos internos de la familia central en el contexto tan excéntrico que nos presenta. Oak Street no trata solamente sobre personajes que tienen que sobrevivir a ataques jurásicos, sino también sobre una familia que tiene que volverse más unida; una madre y esposa que tiene que dejar de lado sus frustraciones para darse cuenta de lo que verdaderamente importa y un padre y esposo que debe darse cuenta de lo vital que son la honestidad y la comunicación. Siempre agradeceré que un filme como este, con raíces en el cine de serie B, igual se anime a darles un arco de personaje potente a sus protagonistas.

Como guionista, Mitchell logra construir una historia lo suficientemente interesante, que, sin embargo, comienza a decaer cuando intenta explicar por qué los dinosaurios han llegado al vecindario. La justificación es bien de ciencia ficción, y aunque tiene algo de sentido, resulta fácil encontrarle huecos lógicos e incoherencias. Adicionalmente, por más que considere que el final de Oak Street es totalmente lógico y hasta emocionalmente satisfactorio, definitivamente resulta demasiado repentino y corto. Una escena final más larga, o hasta una escena adicional como para que el espectador procese más lo que está pasando, habría ayudado a que la cinta terminara de mejor manera.
Como realizador, sin embargo, Mitchell está en terreno más seguro. Dirige con aplomo, haciendo uso de técnicas visuales bien old school, como split diopters (al parecer hay más de sesenta a lo largo de la película; ¡le ganó a Lee Cronin en La posesión de la momia!), movimientos de cámara suaves y cortes poco frecuentes. Y los efectos visuales, cortesía de Industrial Light and Magic, ayudan a que todas las criaturas luzcan absolutamente verosímiles. Además, el film hace un buen trabajo diferenciándose de la franquicia de Jurassic Park al incluir criaturas supuestamente más cercanas a las que existieron hace millones de años, llenas de plumas y más parecidas a pájaros enormes que a lagartos monstruosos.
El final de la calle Oak es el tipo de película que Hollywood debería producir con más frecuencia: un blockbuster original relativamente modesto (su presupuesto de unos ochenta millones de dólares es el vuelto del pan en comparación con lo que cuesta la película promedio de Star Wars o Marvel), similar en tono y estilo a los filmes con los que muchos crecimos hace veinte o treinta años. Pero lo mejor de la película es que, a pesar de homenajear (hasta cierto punto) al cine de Amblin, no depende de la nostalgia para funcionar (a diferencia de algo como Super 8, de J. J. Abrams). Protagonizada por unos excelentes Ewan McGregor (vulnerable, valiente) y Anne Hathaway (frustrada, aguerrida), El final de la calle Oak demuestra que la franquicia de Jurassic World no tiene por qué tener el monopolio de los dinosaurios en el cine.



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