Nunca antes había tenido la oportunidad de ver una película de Shōhei Imamura y esta primera experiencia no ha sido precisamente sencilla. Lo primero que me encontré fue un filme agotador, aunque no necesariamente por las razones que uno podría esperar.
Antes de entrar en aquello que me generó problemas, creo que vale la pena detenerse en lo que considero sus principales virtudes. Y es que La mujer insecto (Nippon konchūki, 1963) se sostiene, ante todo, sobre una idea bastante potente: la manera en que la modernidad puede terminar corrompiendo a quienes se acercan a ella, especialmente cuando provienen de contextos completamente ajenos a ese mundo y carecen de las herramientas necesarias para desenvolverse dentro de él.

Ese es el caso de Tome Matsuki (Sachiko Hidari), la protagonista. Desde el momento en que la conocemos, vemos a una mujer cuya vida está marcada por la adversidad. Crece en un entorno rural para posteriormente trasladarse a la ciudad, y en ninguno de esos lugares deja de estar rodeada de trabajos mal remunerados, una familia caótica y una vida afectiva atravesada por constantes frustraciones. A partir de ahí, Imamura la sigue a través de una enorme cantidad de situaciones y experiencias que le permiten abrirse camino dentro de un entorno completamente distinto. La vemos desempeñar diversos trabajos, desde cuidadora y encargada de limpieza hasta llegar a espacios mucho más complejos como un burdel. Será a través de ese recorrido que la película construye a un personaje que, poco a poco, comienza a desarrollar una capacidad cada vez mayor para tomar control sobre su propia vida.
Lo interesante es que esa transformación no surge de una posición privilegiada, sino todo lo contrario. Tome es alguien que ha sido constantemente maltratada por las circunstancias, por las personas que la rodean y por el propio contexto histórico que atraviesa. Sin embargo, a pesar de todo ello, encuentra la forma de seguir adelante. Aprende a moverse entre los restos de su tragedia personal y también entre las consecuencias de los cambios que experimenta el país a lo largo de las décadas. Es justamente ahí donde creo que puede encontrarse una posible explicación para el título de la película. Tome termina funcionando como ese pequeño insecto capaz de abrirse paso incluso en los entornos más hostiles, adaptándose constantemente para garantizar su supervivencia.

Pero sobrevivir también tiene un precio. Mientras Tome gana autonomía y aprende a desenvolverse dentro de un mundo que inicialmente le era ajeno, también comienza a perder parte de aquello que la caracterizaba al inicio. Esa capacidad de adaptación va acompañada por una transformación moral y emocional que la aleja progresivamente de cierta inocencia inicial. En ese sentido, Imamura construye un relato pesimista sobre los efectos de la modernidad y sobre la velocidad con la que los cambios sociales terminan alterando la vida de quienes se ven obligados a enfrentarlos.
Hasta ese punto, creo que la cinta resulta particularmente sólida. El problema aparece cuando esa misma sensación de aceleración comienza a trasladarse a la estructura narrativa. Constantemente se están incorporando nuevos personajes, nuevas situaciones y nuevas conexiones entre ellos. Vemos a Tome conocer personas que desaparecen durante largos tramos del relato para luego regresar más adelante, mientras la película continúa expandiendo cada vez más su universo. Evidentemente, existe una intención detrás de ello. Esa acumulación permite enfatizar el carácter cíclico de la historia y mostrar cómo muchas de las decisiones tomadas por los personajes terminan regresando para confrontarlos con las consecuencias de aquello que hicieron. También ayuda a reforzar la idea de que todo acaba cayendo bajo su propio peso, especialmente cuando se considera el costo que Tome ha debido asumir para mantenerse a flote.

Lamentablemente, el efecto que produce esa estrategia no siempre me parece favorable. Hay momentos en los que la enorme cantidad de acontecimientos, personajes y conflictos termina generando una sensación de saturación que puede resultar agotadora para el espectador. Es cierto que el cineasta intenta aliviar esa densidad mediante distintos recursos. Hay congelados de imagen que aportan cierta ligereza formal y también algunos momentos de humor que permiten respirar entre tanta acumulación de situaciones. Pero aun así, la sensación de sobrecarga permanece durante buena parte del metraje.
Es por eso que mi relación con la película termina siendo ambivalente. Por un lado, me parece admirable la manera en que Imamura construye a Tome como una figura de resistencia, como una mujer que intenta emanciparse dentro de un entorno plagado de peligros y obstáculos constantes. Asimismo, me parece interesante la forma en que el cineasta utiliza su recorrido para reflexionar sobre los cambios que atraviesa la sociedad y sobre el impacto que estos tienen en quienes se encuentran en posiciones más vulnerables.
Por otro lado, creo que sus problemas narrativos terminan limitando parte de ese potencial. La insistencia en acumular situaciones y personajes provoca que el relato pierda algo de fuerza a medida que avanza, haciendo que la experiencia resulte menos enriquecedora de lo que esperaba en un inicio. Eso no significa que considere a La mujer insecto una película fallida. Al contrario, me parece un acercamiento sumamente curioso al cine de Imamura y una obra con ideas bastante estimulantes. De todas formas, siento que el modo en que organiza y desarrolla esas ideas le termina jugando en contra de una propuesta que, para mí, resultó agotadora.



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