Festival Al Este: “Dos fiscales” (2025), por la ruta de la corrupción


Algo que siempre me ha fascinado del cine es la manera en la que sabe retratar el lado más maligno y frío de las instituciones. Cómo estas son vistas en sus distintas formas, ya sea a través de la manera en que están compuestas, de los espacios que las conforman o de las personas que trabajan dentro de ellas. Gente que, sin un ápice de humanidad, no hace más que volverles la vida imposible a quienes se atreven a adentrarse en ese mundo. Casos hay muchos y muy diversos. 

En la historia del cine se pueden hallar ejemplos que criticaban estos distintos aspectos de la deshumanización, como ocurría en Tiempos modernos (Modern Times, 1936) de Charles Chaplin, donde se planteaba una crítica al trato recibido por los obreros. Más adelante, Jacques Tati propondría en Playtime (1967) una modernidad caótica en la que una ciudad parecía diseñada para volver loco a cualquiera. En el caso de la burocracia, yendo al plano nacional, pienso en La muralla verde (1970), de Armando Robles Godoy, donde el protagonista debía lidiar constantemente con burócratas que no hacían más que complicar su permanencia en la selva. La lista es muy extensa, y quien bien podría sumarse, sobre todo por la forma en que retrata el costado más tragicómico de lo complicado que resulta moverse dentro de estos entornos, es el cineasta bielorruso Sergei Loznitsa

Mi primer acercamiento a su cine se produjo a través de los documentales que realizó en años recientes, trabajos que mantienen una relación muy cercana tanto con el presente como con el pasado desde una perspectiva profundamente realista. Sin embargo, también se trata de un director que ha cultivado la ficción, algo que no hacía desde 2018 y a lo que ahora regresa en Dos fiscales (Zwei Staatsanwälte, 2025) para trasladarnos a la Unión Soviética de 1937. La historia sigue a Alexander Kornev, un joven fiscal que recibe la carta de un prisionero y que, a partir de ella, comienza a seguir un rastro que podría conducirlo a indicios de corrupción. En su afán por investigar aquello, termina adentrándose en el lado más turbio de la burocracia soviética, poniendo en riesgo tanto su carrera como su propia vida.

Si ya en sus documentales previos Loznitsa había abordado las consecuencias del estalinismo y la manera en que estas podían ser observadas con mayor facilidad por el ojo público, aquí decide introducirse en aquello que permanece oculto, en los mecanismos que operan lejos de la vista y que tampoco suelen comentarse. De alguna forma, toda la película se siente como una incursión en un inframundo dominado por la muerte, un espacio donde la ausencia casi total de color contribuye a reforzar una atmósfera opresiva. Incluso el uso de un aspect ratio cuadrado parece estar pensado para enfatizar esa sensación de encierro y claustrofobia que atraviesa todo el relato.

Un aspecto a destacar que me llama poderosamente la atención, sería la forma en que Loznitsa busca cansar deliberadamente al espectador. Lo hace mediante secuencias que, a simple vista, pueden parecer redundantes o incapaces de conducir a algún lugar concreto, pero que terminan formando parte esencial del recorrido de Kornev en su intento por descubrir qué es lo que está mal. Ocurre desde el momento en que llega a la prisión y solicita hablar con el encargado, solo para ser obligado a esperar o ser enviado a lugares equivocados antes de llegar al sitio correcto. A partir de ahí, y luego en cada uno de los espacios que deberá recorrer durante la investigación, Loznitsa pone constantemente a prueba nuestra paciencia. Al mismo tiempo, reserva el diálogo para momentos muy precisos, permitiendo que cuando finalmente aparece lo haga a través de extensas conversaciones que, observados con detenimiento, revelan una idea de maldad que ya ha corroído por completo las instituciones retratadas.

Se trata de una maldad que parece formar parte de un mecanismo mucho más grande, uno donde nunca llegamos a saber con claridad quién dicta realmente el destino de los personajes. En cambio, lo que encontramos son pequeñas figuras que acechan constantemente a Kornev. Ya sea desde un escritorio o desde el asiento opuesto de un tren, estos individuos funcionan como emisarios de un poder superior. Poco a poco se van acumulando hasta conformar un gran monstruo que podría parecer invisible, pero que en realidad siempre está presente. Lo vemos en la arquitectura claustrofóbica que rodea al protagonista y que constantemente lo reduce dentro del encuadre. Mientras él aparece empequeñecido por los espacios que habita, quienes se encuentran al otro lado suelen recibir un tratamiento visual distinto, con rostros que adquieren una presencia mucho más dominante. La sensación es clara: una vez que Kornev decide ingresar en ese mundo, ya no existe posibilidad de escapar.

En ese sentido, muchas de las figuras con las que se cruza terminan funcionando como representaciones de Joseph Stalin sin necesidad de que este aparezca directamente. Son extensiones de un poder que parece haber adquirido la capacidad de alterar la verdad misma, manipularla a voluntad y utilizarla para silenciar tanto a los opositores como a quienes intentan desempeñar su trabajo con honestidad y rigurosidad. Kornev pertenece justamente a este último grupo, y es durante su investigación que terminará encontrándose con aquello que lo obliga a enfrentarse a una bifurcación decisiva. De hecho, esa podría ser una de las posibles interpretaciones del propio título, especialmente porque el sistema que la película retrata nunca parece haber tenido una verdadera intención de corregirse o limpiarse a sí mismo.

Creo que es ahí donde la película encuentra una tesis bastante simple, al igual que la propia historia. Si uno se detiene a pensarla, realmente no estamos ante una trama especialmente elaborada ni ante una sucesión de acontecimientos diseñados para abrir nuevas perspectivas constantemente. La idea central es una sola y la película se dedica a desarrollarla una y otra vez. Va creciendo de manera progresiva, como una bola de nieve cuyo verdadero impacto solo comprendemos cuando ya es demasiado tarde. Porque esto nunca se presenta como una gesta heroica ni como un relato interesado únicamente en afirmar que la corrupción es algo negativo.

Es cierto que esa misma simpleza a veces puede jugarle en contra. La determinación con la que se mueve el protagonista no siempre encuentra una contraparte igual de compleja en quienes se oponen a él, lo que en determinados momentos puede volver algunos elementos algo más unidimensionales de lo deseable. Si bien esto funciona dentro del conjunto y nunca termina desarticulando la propuesta, quizá habría permitido obtener todavía más matices, especialmente considerando el tiempo que la película dedica a desarrollar estas dinámicas.

Aun así, me parece que Dos fiscales es una propuesta más que llamativa por lo retadora que resulta. Si uno está dispuesto a aceptar dicho reto y a dejarse perder dentro de este ejercicio malévolo de burocracia y grandes laberintos sin salida, la experiencia puede terminar siendo profundamente gratificante. Sobre todo porque no se trata de un cine interesado en ofrecer respuestas claras. Por el contrario, es una película que busca provocar conversación incluso con la poca información que decide entregar. Desde el simple hecho de preguntarse por qué lleva el título que lleva, considerando que aparentemente solo seguimos a un fiscal durante todo el relato, hasta intentar determinar en qué momento exacto la suerte del protagonista ya estaba echada. Quizá la respuesta parezca evidente, pero la película deja pequeñas pistas dispersas a lo largo de su recorrido que permiten pensar distintas posibilidades.

Y es precisamente ahí donde encuentro uno de sus aspectos más estimulantes. En ese juego que aparenta ser lineal cuando en realidad posee algo profundamente cíclico. Un movimiento constante que nos hace creer que avanzamos hacia un lugar específico para luego revelar que todo forma parte de una estructura mucho más cerrada. Es en esa transformación progresiva donde la película encuentra buena parte de su fuerza y donde termina consolidando una experiencia tan exigente como inquietante.


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