No se necesita ser demasiado cinéfilo para notar cuándo una película se encuentra fuertemente influenciada por otras, sobre todo cuando apela a recursos similares y apenas introduce algunas variaciones para diferenciarse. Por supuesto, esto tampoco tiene por qué convertirse automáticamente en una queja destinada a demeritarla. Después de todo, gran parte del cine se construye a partir de influencias y reformulaciones. Sin embargo, cuando una obra se apoya demasiado en referentes evidentes y no encuentra una base lo suficientemente sólida para que otros elementos destaquen por cuenta propia, resulta inevitable traer el tema a discusión. Y eso es precisamente lo que me ocurre con Leviticus: ritual de sangre (Leviticus, 2026), del australiano Adrian Chiarella.
La cercanía con Está detrás de ti (It Follows, 2014), la película de terror de David Robert Mitchell, resulta particularmente evidente. En aquella, una especie de maldición transmitida a través del contacto sexual provocaba que los afectados fueran perseguidos por una presencia diabólica que jamás dejaba de seguirlos, obligándolos a transmitirla a otra persona para evitar convertirse en su próxima víctima. Posteriormente, Sonríe (Smile, 2022), de Parker Finn, así como su secuela, retomaría parte de esa premisa, pero encontraría una manera distinta de desarrollarla y construir una identidad propia que no dependiera exclusivamente de ese punto de partida. Si bien compartía ciertos elementos de base, conseguía desviarse lo suficiente como para justificar su existencia desde una perspectiva diferente. Con Leviticus: ritual de sangre, en cambio, la sensación termina siendo distinta.

La historia transcurre en una pequeña ciudad de Australia y sigue a Naim (Joe Bird), un joven que acaba de llegar junto a su madre y que mantiene una estrecha relación con la iglesia local. En su intento por encajar dentro de esa comunidad conoce a Ryan (Stacy Clausen), un muchacho que inicialmente parece distante, pero con quien termina desarrollando un breve vínculo romántico clandestino. Eso causaría que, en momentos diferentes, sean sometidos a un ritual que desencadena la aparición de una entidad maligna con la apariencia de la persona que aman y que buscará acabar con sus vidas. A partir de ahí, la película introduce su componente sobrenatural desde una perspectiva ligada a la religión, llevando al extremo la idea de las nefastas terapias de conversión, ese método barbárico al que muchas personas pertenecientes a la comunidad LGBTQ+ han sido sometidas bajo la falsa premisa de ser “curadas” de algo que ciertos sectores religiosos consideran una enfermedad.
A partir de ahí Chiarella comienza trazando un camino con bastante potencial. La relación entre Naim y Ryan se construye como un vínculo que constantemente intenta ser destruido por la fuerza, al ser percibido como algo indebido, impuro o incompatible con los valores que esa comunidad busca preservar. El amor entre ambos es visto como una amenaza para un determinado statu quo y, por lo tanto, como algo que no debería existir. La película deja esto bastante claro no solo a través de la historia, sino también mediante la manera en que construye visualmente sus espacios. Hay varios planos generales donde el entorno industrial adquiere una presencia importante, acompañado por columnas de humo que parecen sugerir que esa supuesta idea de paraíso o salvación esconde en realidad algo mucho más cercano a un infierno. Un lugar donde quienes se resisten a ser reformados están condenados a vivir bajo una vigilancia constante y bajo una persecución que nunca desaparece. Desde ese punto de vista, sí existe una intención clara de denunciar un puritanismo que continúa vigente en muchos lugares y de exponer su costado más cruel y diabólico.

Además, la cinta mantiene siempre la idea de que si el mal busca separar, entonces debe ser la unión aquello que pueda enfrentarlo. La presencia sobrenatural aparece precisamente cuando cualquiera de los dos chicos permanecen solos, convirtiéndose así en una manera de reforzar que el amor, independientemente de dónde provenga, debería ser aquello que prevalezca. El problema es que, a pesar de partir de una idea que claramente posee potencial para crecer y desarrollarse de formas muy interesantes, el filme nunca termina de encontrar aquello que le permitiría abandonar una zona más elemental del género. Y no porque necesite ofrecer una representación más realista de las terapias de conversión o porque requiera un rigor religioso particular. No se trata de eso. El problema radica en que la película parece poco interesada en construir un verosímil suficientemente sólido para que su propia amenaza adquiera una identidad convincente.
Creo que habría sido necesario encontrar una manera más consistente de sostener esta idea de un mal que busca separar a quienes desean permanecer unidos. De haberlo logrado, la crítica a la religión y a sus manifestaciones más nocivas habría ganado todavía más fuerza. También habría evitado esa sensación constante de estar observando una variación de una película anterior que ya había trabajado mecanismos similares de manera más efectiva. Dicho esto, regreso a la referencia a Está detrás de ti, ya que una de sus virtudes era que, sin necesidad de explicarse demasiado, dejaba muy claro cómo operaba el mal que proponía y cuáles eran sus reglas. En la película eso nunca termina de ocurrir por completo, y esa falta de definición termina debilitando buena parte de la experiencia.

Aun así, y ya para concluir, creo que la cinta no termina de derrumbarse porque nunca pierde de vista aquello que verdaderamente le interesa. Más allá de sus problemas para construir la amenaza sobrenatural, la historia sigue insistiendo en la importancia de la unión y en la necesidad de que esta prevalezca por encima del odio, los prejuicios y ciertas creencias que buscan imponer la exclusión. El vínculo entre los protagonistas necesita atravesar una suerte de purificación para dejar de existir como algo oculto y convertirse finalmente en algo genuino. Será ese aspecto, trabajado con bastante mayor convicción que el resto de elementos, lo que termina sosteniendo la película.
Por eso considero que Leviticus: ritual de sangre es, en última instancia, una propuesta pasable dentro de todo. Sus principales defectos impiden que alcance el nivel de otras obras similares y hacen que palidezca frente a películas que logran desarrollar sus ideas con mayor precisión. No obstante, la claridad con la que mantiene su mirada sobre el amor, la aceptación y la resistencia frente a quienes buscan reprimirlos evita que el resultado se vuelva completamente irrelevante. Quizá no consiga escapar de las nociones más elementales del terror ni independizarse del todo de sus influencias más evidentes, pero al menos encuentra un núcleo temático lo suficientemente sólido como para mantenerse a flote.



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