Rodrigo Prieto | Cinencuentro

Rodrigo Prieto

The Wolf of Wall Street tiene de sobra lo que no tuvo Jobs (por citar un biopic reciente sobre un personaje contemporáneo, real, desmedido y extraordinario): locura, pasión, nervio. Es lo que diferencia a uno de los autores fundamentales de los últimos 50 años del cine mundial, Martin Scorsese, de un artesano que juega simplemente a la corrección, Joshua Michael Stern.

Jordan Belfort es el típico inspirador de épicas scorsesianas, que pleno de ambición y falto de equilibrio –cuando no de escrúpulos– irrumpe en un territorio escabroso, como Jake LaMotta (Raging Bull), Henry Hill (Goodfellas), Sam Rothstein (Casino), Howard Hughes (The Aviator), James «Whitey» Bulger (The Departed) y hasta el mismísimo Jesús (The Last Temptation of Christ), se apodera de él, abraza la cumbre e implosiona luego hasta llegar a la autodestrucción y la penitencia.

Asistimos al estreno del Scorsese más Scorsese que imaginarse pueda. Un compendio de toda una carrera resumida en no poco tiempo, puesto que El lobo de Wall Street es una película larga, extensa (179 minutos, y hubo que cortar por su duración de 4 horas), discursiva, enorme, que tiene como protagonista al dios de estos tiempos, el dinero. Con humor, extrema brillantez y mucha socarronería, Martin Scorsese ha dejado bien sentado que el cine que se hace ahora mismo no es, ni de lejos, el que se hacía antes.

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