Tatsuya Nakadai

Antes que cualquiera de sus otros registros, para Kurosawa, la figura de Toshirô Mifune siempre debe haber sido la ideal para representar su versión orientalizada del maverick westerniano, ese personaje indomable, lleno de secretos, pero que en algún momento podía delatar los signos de la eterna búsqueda de la justicia y el honor, tal cual los seguidores de las consignas del Bushidō.

Algo que me llamó la atención al respecto desde la primera vez que vi Rashomon o Los siete samuráis fue precisamente que en medio de los súbditos semi rapados de ese Japón antiguo recreado por la Toho, Mifune aparecía siempre desafiante con el gesto y la presencia toda de quienes suelen morir en su ley, íntima e indescifrable.

Casi parece mentira el hecho de que hoy martes 23 de marzo estemos recordando que el tenno japonés del cine nació ya hace un siglo, pues su influencia se sigue sintiendo muy cercana, atemporal, clásica y muy contemporánea al mismo tiempo. Akira Kurosawa descendía lejanamente de un linaje de samurais, dato que tal vez no sería tan relevante si no fuera porque, aparte de que estos personajes se popularizaron a nivel mundial por sus películas, al director le tocó sobrellevar experiencias vinculadas al dolor y pruebas a un código personal de honor que contrastan visiblemente con la impresión que tenemos mayoritariamente de su exitosa trayectoria.

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